El mundo civilizado, después de muchísimas pruebas con otros sistemas, llegó a la conclusión de que la democracia era una forma apropiada de gobierno. Muchos países la emplean y aunque algunos aún conservan la antigua figura representativa del emperador, el rey o reina, en la práctica también lo son.

La democracia parte de la idea de que el poder reside en los ciudadanos que comparten una Constitución, que incluye la formación de instituciones a las cuales se les delega temporalmente ese poder. Las instituciones generalmente son tres, una dedicada la ejecución de las tareas (el poder ejecutivo), otra dedicada a la creación de las reglas (el poder legislativo) y otra dedicada a resolver los conflictos (el poder judicial). La democracia permite la propiedad privada, la libre expresión, la libertad de los medios de comunicación, el derecho a votar y ser votado, la libertad de asociación, la libertad económica, la existencia de partidos políticos y la vigencia de los derechos humanos.

Pero como todo asunto terreno, la democracia, por su esencia de libertad y tolerancia, está expuesta a los individuos y organizaciones que prefieren otras formas de gobierno. En mayor o menor grado todo sistema democrático está siempre amenazado a ser reemplazado por otro.

Un sistema democrático debe demostrar permanentemente su utilidad. No solo se trata de tener los privilegios de la libertad, sino que deben existir oportunidades de mejora en la calidad de vida de las personas. Esto no es fácil pues las empresas quieren aumentar sus ganancias, los ciudadanos quieren mejores ingresos y ninguna de estas cosas es posible sin avances tecnológicos y el aumento en la producción de bienes y servicios.  Por su parte los ciudadanos y empresas, a través de impuestos acordados, hacen un “pote” de dinero para que el gobierno funcione en su necesaria burocracia y ejecute y mantenga la infraestructura común y algunos servicios públicos.

De manera que la democracia posee las tensiones propias entre sus actores y que, además, son acicateadas por los partidos políticos en su lucha por conquistar el poder. Los gobiernos tratan de mostrar que su ejecución es buena y los opositores políticos destacan los errores. También los medios de comunicación son propensos a las noticias de crítica, recogiendo las opiniones desfavorables que denuncian los ciudadanos.

La democracia es pues un sistema complejo y, cual cristal, de su ejecutoria depende su permanencia. Aquí el desarrollo económico juega un papel fundamental por lo que muchos gobiernos prefieren manejar directamente las empresas más importantes y generalmente, por falta de una gerencia profesional, fracasan. De manera que hacerlo bien es muy importante. La buena ejecutoria, además de cumplir con las tareas asignadas, incluye a la honestidad en el manejo de los dineros que aportan los ciudadanos y las empresas. Si no hay bienestar económico o si el gobierno lo hace mal la democracia puede fracturarse, pero existen, además, otras amenazas.

En América pareciera, más que en otros lugares, están actuando grupos cuyo deseo es reemplazar el sistema democrático por otro de corte totalitario e instalar regímenes con el de Cuba y Venezuela. En algunos países de la región el método que han empleado es la de organizar protestas violentas impulsadas por activistas profesionales, pero también, cuando aparece la oportunidad, usan la vía electoral como en los casos de Colombia y Perú hoy seriamente amenazados por personajes antidemocráticos.

De manera que no basta tener un buen gobierno, no basta tener un crecimiento económico sostenido, para mantener el sistema democrático hay que añadir planes y ejecutorias reales que impidan que los movimientos de antidemocracia, en general populistas y prometedores de alivio a la pobreza, se cuelen y destruyan al sistema de libertades. Es notorio que estos radicales fanáticos eliminan la libertad de prensa y expresión, obstaculizan la libre empresa, eliminan a los partidos políticos y convierten a los votos en inútiles expresiones de la voluntad de los ciudadanos.

El cómo hacer para proteger la democracia de los que quieren otra cosa es lo que está por discutir. Combinar la educación formal y la propaganda alertando a los ciudadanos de estos peligros es una opción, aumentar la velocidad en eliminar la pobreza, otra. Seguramente habrá muchas ideas, pero la necesidad de blindar nuestra democracia de cristal contra estos bandidos “tira piedra” sin escrúpulos es indiscutible.

Cuando salgamos de Maduro y su combo que no se nos olvide hacer lo necesario, usando métodos democráticos, para que jamás vuelvan al poder.

 

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