Como nunca antes había sucedido, las pasadas elecciones presidenciales norteamericanas despertaron un inusitado interés entre los venezolanos. Muchos pensaron que el destino de Venezuela se estaba jugando el 3 de noviembre. Con razón o sin razón, las expectativas que generó Donald Trump acerca de la liberación de Venezuela de las garras de la dictadura, generaron actitudes radicales entre los venezolanos que desembocaron en una polarización similar a la que, por más de 20 años, hemos vivido en el país. La emocionalidad le ganó la partida a la racionalidad, en un proceso en el que éramos simples espectadores, con la respectiva frustración para quienes no vieron alcanzados los objetivos.

Se abre un nuevo episodio bajo el liderazgo del presidente Biden, quien ha reafirmado el reconocimiento al presidente interino Juan Guaidó y a la Asamblea Nacional elegida en 2015. ¿Qué podemos esperar los venezolanos de la administración del presidente Biden? Ante todo, debemos aprender de las experiencias anteriores y mantener un optimismo prudente y racional frente a la nueva administración, pues, ha quedado suficientemente claro que los norteamericanos no nos liberarán de la peor tragedia humana vivida por país alguno en América Latina, Ciertamente, Estados Unidos ha sido un aliado muy importante que debemos mantener y cuya influencia en una futura negociación es clave, pero la primerísima responsabilidad nos corresponde a los venezolanos unidos alrededor de un propósito común.

Seguramente, el presidente Biden acometerá cambios en su política hacia Venezuela, pero no será de inmediato. Primero debe ordenar su casa; hacerle frente a un país polarizado, dividido y fuertemente impactado por la pandemia y la consecuente crisis económica. Le corresponde crear las condiciones necesarias para garantizar el éxito de su gobierno y consolidar la legitimidad que el pueblo norteamericano le otorgó el 3 de noviembre.

Estimo que, por lo menos durante los primeros 100 días de su gobierno, el presidente Biden no tendrá a Venezuela dentro de sus prioridades; ese tiempo lo dedicará a aplacar el vendaval político que afecta a su país. Después podría orientar su política hacia Venezuela a través de un proceso de negociación multilateral en búsqueda de elecciones libres que den como resultado un nuevo gobierno en Venezuela. Dentro del proceso de negociación, la Unión Europea tendría una participación más activa que hasta el momento y, muy probablemente, se incorporaría Cuba, junto al Grupo de Lima y, por supuesto, Estados Unidos, quien tratará de distribuir el protagonismo internacional que en otrora pretendió concentrar Trump. La cercanía del partido demócrata con la Unión Europea y la relación directa que mantuvo Biden con Cuba, como Vice-Presidente de Obama, son aspectos con suficiente peso para pensar en su incorporación en la futura estrategia liderada por Estados Unidos.

En tal sentido, parece lógico que Biden apostará por la negociación directa entre el régimen de Maduro y los factores de oposición, bajo la coordinación de un equipo de facilitadores internacionales confiables, en vez de la política dura de sanciones implementadas por Trump. Cabría preguntarnos, entonces, ¿acaso las sanciones fueron inútiles? Si consideramos exclusivamente el propósito por el que fueron implantadas, debemos admitir que no cumplieron el objetivo, pues, el régimen de Maduro se mantiene en el poder y el gobierno de transición tan sólo fue un deseo bien intencionado. Sin embargo, las sanciones dejaron al descubierto ante el mundo la naturaleza mafiosa y criminal de la dictadura, acrecentando su deslegitimidad nacional e internacional.

Es prematuro plantear cuál es el tratamiento que la administración Biden le dará a las sanciones contra el régimen madurista; lo que parece ser lógico, es que la negociación traería consigo la eliminación o flexibilización de las mismas, abriendo espacios para una futura negociación que resulte atractiva para el régimen y logre el consenso suficiente entre los negociadores de la oposición. Este proceso supondría, aunque no les guste a los radicales, ofrecer garantías aceptables a los principales líderes de la dictadura y preservar la vida política del chavismo en la competencia electoral.

Lo que pretendo destacar es que, en esta nueva etapa, los responsables de la destrucción de la República se sentarán en la mesa de negociaciones junto con la oposición, tratando de alcanzar un acuerdo que desemboque en elecciones libres, competitivas y un árbitro electoral absolutamente institucional. Ello implicaría el nombramiento de un nuevo CNE, revisión y actualización del Registro Electoral, calendario electoral, legalización de los partidos a quienes les han usurpado su identidad, liberación de presos políticos y normas que efectivamente garanticen que las elecciones sean fiel reflejo de la opinión mayoritaria de los venezolanos.

El proceso de negociación debe establecer firmemente que la opción electoral no es sólo votar, tal como hasta ahora lo ha practicado el régimen, sino elegir. Con condiciones institucionales, estoy convencido que los venezolanos volveremos a confiar en el poder del voto para lograr los cambios. Sólo espero sabiduría, prudencia y grandeza por parte de los factores de oposición para ir unidos en este nuevo escenario, pues, la intervención militar y las salidas mágicas sólo existen en algunas mentes desubicadas.

 

 

@EfrainRincon17|Profesor Titular Emeritus de LUZ (Venezuela)

 

 

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