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Es tan hermosa la palabra libertad. No es un mito encerrado entre cuatro paredes o una consigna vacía para la motivación. No puede usarse para la discreción ni distingue el peso de los bolsillos. Es un canto con eco, un verso esgrimido con soltura. Una verdad que calla a los fortachones y arrincona al tirano. Es poder soñar con la almohada limpia y te enseña a vivir con la respiración profunda. La reconozco con certeza, en las metas formidables que ansío para Venezuela.

La consulta popular sobrepasó lo esperado. Pese a las incógnitas y al ronroneo detestable de los pesimistas, se hizo realidad en todas sus posibilidades. El pueblo no se resistió a votar y poco le importó el sufragio inservible que se inventó la usurpación días antes. La misma comunidad internacional dio la espalda a las petulancias de Miraflores y mostró al mismo tiempo, una postura firme a este manifiesto sincero y favorable para las siguientes etapas.

¿Vale la pena creer en quienes la atisban como herramienta para los acontecimientos venideros? Nuestro país es una cárcel de papel, constituido por el quebranto de solo acatar los caprichos del dictador e incapaz de reaccionar ante la tortura.

La consulta es un camino. Con todo y sus dudas congénitas, heredadas de tantos fracasos anteriores. Nunca es demasiado tarde y más, cuando pese a tener el suelo anegadizo, pesado para las ideas y difícil para andar en la política, no se ha abandonado la posibilidad de recobrar el sentido de lucha y las esperanzas que se hallaban silenciadas.

El mundo sabe de nuestro padecimiento. Cerca de 50 naciones desconocieron los resultados de la caricatura electora del seis de diciembre, por falta de legitimidad. El Consejo Permanente de la OEA aprobó a su vez una resolución, rechazando las elecciones parlamentarias, pues solo consolidan a la nación como dictadura. Asimismo, Reino Unido no se lo pensó mucho para sancionar a tres jefes militares venezolanos por violaciones a los derechos humanos.

No podemos repudiar los intentos. No creo en talismanes, promesas esotéricas o en cartas que determinen un futuro infalible. Es verdad que nos han acostumbrado a la misma valija temeraria, que nos ofrece la solución inquebrantable y terminamos con la misma desilusión amarga.

Estos tiempos son distintos. Lo presiento en el movimiento del planeta y en la convicción determinante a no hacerse secuaz de los malhechores del poder. Los países tienen mayor compromiso en nuestros propios intentos por quitarnos las cadenas oxidadas. Se ha andado, tomado decisiones precisas y hasta hemos logrado que una elección parlamentaria sea rechazada sin contemplaciones por el ámbito mundial.

Ahora toca resolver con la consulta y erigir un manifiesto poco convencional. Es la irreverencia para no dejarnos amilanar en el intento de devolver el Estado de Derecho a nuestro territorio. Sabemos de los cómplices insufribles. Muchos ya se quitaron la corbata y se sentaron al lado del tirano. Otros la tienen puesta como un disfraz, camuflados en su traición y capaces de emitir el discurso más estremecedor a favor de la oposición. Todo se descubrirá formalmente a su tiempo. Los sacaremos de su trinchera falsa y los haremos pagar con la ley, su deslealtad descomunal.

Hoy estoy convencido que podemos hacer algo distinto. Resulta peor, desgastarnos en descalificar la iniciativa, a procurar que se haga valer como una operación fabulosa para encaminar los cambios. Seamos reformistas de vista amplia. La intensión del régimen es que nos hagamos de la vista gorda a estas propuestas. Resistirnos es perder antes de empezar. Instaurar una nueva república es tarea de todos.

 La libertad sigue primera en mi lista. La justicia le secunda, sin arrebatos ni poses endiabladas, sino como medida para hacer prevalecer la ley. Después vendrá la reconciliación, los buenos deseos y la instauración de los valores fundamentales para generar una democracia veraz y duradera. Queda un sendero todavía de mucho trecho, pero necesita de nuestra osadía, tenacidad y empeño para no quebrar la meta. Depende de nosotros no ceder, para restituirle la sonrisa al país más hermoso del mundo.

 

 

José Luis Zambrano Padauy|[email protected]|@Joseluis5571

 

 

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