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Siempre me he negado a creer en pretextos y en casualidades sorpresivas. Tampoco creo en frases alarmantes y en racionamientos efímeros. Para eso existen las bases de la lógica y los hechos sustentados en la legalidad, complicada o no. En Venezuela se perdió la normalidad del Estado de Derecho, las proclamas estremecedoras y las esperas festivas. Nuestras alegrías de antaño las cambiamos para vivir en la jungla de lo inaudito.

No éramos felices antes. Es falsa esa premisa, como lo es también que el sistema era de bonanza. En los setenta nos atiborramos de ingresos por el oro negro. Se nacionalizó el petróleo, el mercado mejoró y todo se multiplicó de la noche a la mañana. Llovían dólares y se complacieron casi todos los caprichos. Pero a las vacas gordas también les da cáncer. Se enferman por la ignorancia política, por el derroche sin miramientos y después llegan los balbuceos de la carencia.

Nos acomodamos en el diván. Solo disfrutamos y no invertimos con intuición. Los letrados nos advirtieron con sabiduría intensa, sobre la necesidad de diversificar la economía. En ese tiempo, Arturo Uslar Pietri soltó una frase certera e inolvidable: “hay que sembrar el petróleo”. Pensamos que era la ocurrencia de un intelectual. Otra ingeniosidad para guardarla en la biblioteca del olvido y no para ponerla en práctica. No la entendimos o nos hicimos unos ignorantes sin remedio.

Entonces llegó el desplome, las secuelas de la corrupción, los estragos de la marea ancha y la política para los sordos. Subió el dólar y llegó el viernes negro. Por la desesperación lo vimos más oscuro. Y no asumimos los paliativos. Los gobiernos siguieron en sus andanzas, mostrándose como el súper Estado que lo resuelve todo. Siguió siendo incapaz, utilizando siempre la visión del disfrute del momento. Sin estamina mental. Sin la responsabilidad del cargo ejemplar.

Por eso creímos después en el caudillo falso y aplaudimos hasta esa intentona de golpe de estado. Y queríamos más. Que continuara en su intento por sacar al presidente legal. Que demoliera la democracia que ya no nos gustaba. Que zanjara la deuda de nuestra inconformidad.

Tuvimos en el pasado, presidentes irresponsables, preocupados en el peculio propio y en tener poder para repartir riquezas a sus anchas. Pero cambió con Chávez. El dinero sería para otra cosa. Invertir en el exterior para comprar conciencias. El pueblo debía conformarse con el regalo pequeño, con la minucia, con las sobras que caían de su mesa atestada de abusos.

Nos trajo un modelo sustentado en aniquilar lo que funciona y en sembrar odio entre todos, mientras hacía añicos las posibilidades. Miseria para todos. Dominar enteramente al país para callarlo. Y nos inmovilizó. Nos hizo casi conformes. Le agradecimos la bofetada. Nos enseñó a aceptar la dificultad como algo cotidiano. Le entregamos los instrumentos para cambiar hasta el nombre de la nación, la visión del caballo del escudo y las estrellas de nuestra bandera ondeante.

Las consecuencias sobrepasaron nuestras fronteras. El reconocimiento del engaño total en Venezuela ya se entiende por fin en los continentes. Se hizo esperar. Es cierto. Costó el convencimiento. La emigración incomoda y las historias asombrosas de lo ilegal se escuchan ahora con detenimiento en los noticieros del mundo. El teatro maquiavélico perdió su arte en el exterior. Ya son pocos los gobiernos que apoyan semejante descalabro.

Mucha tela se ha cortado en el último año. Las sanciones, el valor de la cabeza de los usurpadores, el informe de la ONU y hasta la caza de los testaferros. La OEA esta semana resolvió no avalar, con la venia de sus miembros, las elecciones fraudulentas del seis de diciembre. Las razones esgrimidas son las lógicas: la dictadura socava el sistema democrático y la separación de poderes; no hay condiciones necesarias de libertad, justicia, imparcialidad y transparencia.

No me preocupan los comicios próximos. No son legales y punto. Tampoco lo es el mandato de quien usurpa actualmente Miraflores. Todo está en la cuerda floja del escarnio público internacional. Lo fundamental realmente son las acciones; la acometida verdadera para detener nuestra miseria de una vez por todas. El esfuerzo para recobrar los buenos oficios de una vida legítima. Entender que adentro todo se complica y el resuello popular no tiene calibre ni energía para transformar la historia.

El régimen nos ha regalado la ilegalidad en bandeja oxidada. Se ha vuelto común que nos mienta; que nos enseñe que se puede estar peor y se digiera la mentira feroz con el zarpazo cotidiano. Aun así, los mecanismos están abiertos para alcanzar nuevos rumbos. Porque así son las definiciones. Los miserables pueden perder los comestibles del banquete, cuando el pueblo cuenta con el apoyo de su propia determinación. Hoy el planeta sabe de nuestros trasnochos y no vendrá a salvarnos hasta que no demos el primer paso.

 

 

José Luis Zambrano Padauy|[email protected]|@Joseluis5571

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