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Bajo el pretexto del asesinato de George Floyd, ocurrido el 25 de mayo en Minneapolis, Minnesota, miles de ciudadanos han salido a las calles en varias ciudades de Estados Unidos, para protestar contra la discriminación racial practicada por los cuerpos policiales. Protestar contra la discriminación de cualquier tipo, es un asunto absolutamente legítimo por el que deben luchar los ciudadanos dentro de una sociedad democrática. Pero, en esta oportunidad, la exigencia de justicia fue rebasada  por actos violentos, saqueos y atrocidades cometidas por manifestantes que actuaron deliberadamente con un propósito diferente al que los llevó a protestar. A todas luces, puede apreciarse la intervención de “una mano peluda” que pretende desestabilizar a Estados Unidos en plena pandemia del covid-19 y, precisamente, seis meses antes de las elecciones presidenciales del 4 de noviembre próximo, en las que el presidente Trump podría reelegirse.

Atrás quedaron las lecciones que nos dejaron las manifestaciones cívicas y pacíficas protagonizadas por el reverendo Martin Luther King, a favor de los derechos de los afroamericanos; protestas, en las que sin duda hubo prepotencia y excesos por parte de los cuerpos policiales, pero los manifestantes tenían como único propósito exigir justicia a favor de una minoría segregada históricamente por el establishment norteamericano. Nunca perdieron el foco estratégico, hasta alcanzar en 1964 la aprobación de la ley de los Derechos Civiles (Civil Rigths Act), con lo cual la paz y la civilidad vencieron a la violencia racial.  

La barbarie pretende ahora debilitar a la institucionalidad democrática norteamericana, pero no podrán. Las alarmas están encendidas; el plan desestabilizador de la izquierda para acceder al poder a través del caos está develado. Es el mismo guion que se repite una y otra vez, en Ecuador, Chile y ahora en Estados Unidos, con la complicidad de la narcotiranía venezolana, el castrocomunismo cubano y la izquierda progre norteamericana y europea. Resentidos y fracasados que nos quieren hacer creer que luchan por la libertad y la justicia, cuando la verdad de sus pretensiones es la creación de un “nuevo” orden que permita la instauración del comunismo en el Occidente.

Las fuerzas demoníacas del comunismo están sueltas en el mundo; la libertad y la democracia están amenazadas. El germen del comunismo ya está plantado y cuenta con recursos suficientes, sólo esperan el momento para actuar definitivamente; por ahora, están probando, a través de ensayo y error, la reciedumbre de las instituciones democráticas y el apoyo de ciudadanos incautos y manipulables para dar el golpe que anhelan desde hace mucho tiempo.

Los ciudadanos que amamos la libertad como supremo derecho del ser humano y defendemos la democracia como un sistema político perfectible, estamos en la obligación de actuar contra el virus del comunismo, a veces disfrazado de “democracia progresista”. No perdamos más tiempo.

En circunstancias como las que hoy vive Estados Unidos, el conflicto venezolano cobra mayor relevancia, pues, queda demostrada una vez más la amenaza que representa la narcotiranía venezolana para la democracia y la seguridad del continente, no por Maduro sino por lo que está detrás. Como lo hemos repetido innumerables veces, el régimen de Maduro es una combinación peligrosa de tiranía, narcotráfico, terrorismo, guerrilla y paramilitarismo, en alianza perfecta con gobiernos, movimientos y líderes del comunismo y la ultraizquierda del mundo. Con semejante perfil, resulta obvia la intervención de la narcotiranía en los últimos episodios desestabilizadores que han sufrido varios países de la región, incluido Estados Unidos.

La narcotiranía chavista-madurista aun cuenta con recursos para financiar movimientos que se infiltran en las naciones para provocar el caos, a través de protestas alineadas con su proyecto para desestabilizar gobiernos democráticos opuestos al régimen. En el caso de Colombia, por ejemplo, la estrategia de desestabilización operada por la narcotiranía es más sutil pero igualmente peligrosa. Se trata del financiamiento de un proyecto comunicacional, en alianza con el exguerrillero Gustavo Petro, para enlodar la imagen de Uribe Vélez y desarticular el gobierno del presidente Duque. Petro jamás ha escondido su aspiración de gobernar a Colombia e implantar el comunismo que no pudo lograr con el M-19. Él trabaja sin descanso para alcanzar el objetivo, ojalá que por el bien de Colombia y de Venezuela no se materialice.

Sin ánimo de jugar a los extremismos, la amenaza de la narcotiranía venezolana es real. Se está agotando el tiempo de los comunicados diplomáticos y de las presiones internacionales. Es hora de defender con firmeza y contundencia la libertad y la democracia en América Latina y, ello tiene como condición sine cua non, la salida del régimen usurpador de Maduro. Líderes democráticos del mundo y de Latinoamérica, ustedes tienen la palabra, actúen a tiempo antes de que sea muy tarde.

 

@EfrainRincon17|Profesor Titular Emeritus de LUZ (Venezuela)

 

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