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La pandemia del Covid-19 ha puesto a prueba la capacidad de los gobiernos del mundo para combatir un virus que ha paralizado al planeta, dejando consecuencias y nuevas perspectivas que requerirán especial atención por parte de los gobernantes y de la sociedad en general. Durante la emergencia sanitaria, ciertos gobiernos han sobresalido por su eficiente desempeño para contener la propagación del virus y evitar lamentables pérdidas humanas, como son los de Taiwán, Alemania, Nueva Zelanda, Dinamarca, Noruega, entre los más relevantes, coincidencialmente todos gobernados por mujeres. Otros, por el contrario, han desafiado los efectos de la pandemia, cometiendo errores que sus países probablemente vayan a pagar muy caro.

En estos momentos, las gestiones gubernamentales  están centradas básicamente en la difusión de intensas campañas informativas para impedir el avance del virus; ampliar y equipar instalaciones hospitalarias con insumos médicos y con la tecnología requerida para combatir la enfermedad; y, distribuir apoyos económicos (bonos contra el desempleo, alimentos, exoneraciones de pagos de servicios esenciales, créditos con cero intereses, etc.) a los sectores más vulnerables o a los más afectados por la pandemia.

Los gobiernos que están actuando responsablemente durante esta contingencia están siendo reconocidos por la opinión pública y por los ciudadanos-electores; lamentablemente, este reconocimiento tendrá una duración efímera en la mente colectiva. Los gobernantes que piensen que su correcta gestión durante la emergencia sanitaria, es suficiente aval para mantener la popularidad y granjearse el apoyo de los electores, están lejos de la realidad. Apenas regrese la “nueva normalidad”, los problemas generados por la pandemia se agravarán, dando inicio a la etapa más difícil para los gobiernos, su verdadera prueba de fuego. De la actuación post-pandemia dependerá, en gran medida, el éxito o el fracaso de gobiernos sometidos a una realidad inédita que demandan cambios y políticas efectivas, novedosas y suficientemente equilibradas para satisfacer la mayor cantidad posible de las demandas que aflorarán como hierba.

En los próximos meses, con circunstancias donde la prioridad es cómo sobrevivir en una crisis con pronósticos catastróficos, sólo dolerán los muertos propios porque los ajenos serán sólo un mal recuerdo del pasado. Atrás quedarán los esfuerzos para combatir el coronavirus; ahora lo realmente importante para  los ciudadanos-electores, es cómo el gobierno puede potenciar la economía para crear nuevos empleos y recuperar los que se perdieron; cómo hacer para no aumentar los impuestos; y, cómo frenar escenarios de inflación, escasez y devaluación, que van a afectar directamente el bolsillo de los electores. Ese es el gran reto que deben enfrentar los gobiernos en los próximos meses; el gobierno que no lo haga afrontará serios problemas.

Ello explica, por ejemplo, la insistencia del presidente Trump de reactivar cuanto antes la economía norteamericana, a pesar de las recomendaciones de expertos epidemiológicos; porque él sabe que de ello depende en gran parte su reelección en noviembre de este año. Antes de la pandemia, pocos ponían en duda la reelección de Donald Trump; existían suficientes razones para apostar por su victoria: una economía en franco crecimiento, con la menor tasa de desempleo en los últimos 50 años, la percepción generalizada del regreso de la grandeza americana y, para completar el panorama, los demócratas divididos y con actuaciones muy erráticas. Las cosas han podido cambiar; por ello, el gran reto que tiene Trump por delante es reactivar la economía o, cuando menos, vender la esperanza que él tiene más capacidad que el oponente demócrata para salir airoso de una crisis que, por los momentos, ha dejado a más de 26 millones de desempleados, la cifra más alta desde la gran depresión de 1930. Si Trump orienta su campaña en esa dirección, la probabilidad que se reelija será mayor.

La era post-covid-19 es una encrucijada que exige sabiduría de los gobernantes y paciencia de los ciudadanos. Los gobiernos tendrán que tomar decisiones audaces que requieren el mayor consenso político posible para que produzcan los resultados esperados por los ciudadanos; ello supone que los gobernantes que pretendan ser exitosos tendrán que dejar atrás actitudes autoritarias, ideologías sectarias y caprichos personales que obstaculicen la necesaria participación de los diferentes sectores nacionales, tanto en el diseño como en la implementación de un plan de reactivación económica y de protección social de las poblaciones más vulnerables.

El gobernante que crea, además, ser un superhéroe para solucionar la crisis de su país a través de su infalible capacidad, perdió el sentido común y, con seguridad, arrastrará a sus conciudadanos a una tragedia peor. En momentos cruciales como los que vive la humanidad, los gobiernos están en la obligación de convocar la unidad nacional para que los planes de emergencia aseguren la viabilidad requerida, en el entendido que las ganancias a las que aspiran unos conllevarán pérdidas para otros. Es el momento de hacer la política comprometida con los verdaderos intereses de los ciudadanos y del país, como aquella que hicieron los líderes de la segunda postguerra mundial.

 

@EfrainRincon17|Profesor Titular Emeritus de LUZ (Venezuela)

 

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