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En este artículo no me referiré a dónde, cómo y por qué se originó el Covid-19; pienso que ese tema ha sido profusamente tratado tanto por especialistas como por opinadores que proyectan posturas tendenciosas e interesadas.

Prefiero referirme a realidades que, producto de la pandemia, desnudaron dramáticamente la manera cómo hemos vivido hasta este momento. Hoy estamos más cerca que antes de comprender la fragilidad del ser humano, la insuficiencia de la riqueza económica y la debilidad del poder político, por fuerte que parezca. Es momento de reflexionar acerca de un cambio en la visión del mundo global e individual, preguntándonos lo que hemos hecho mal y cómo podemos corregirlo, aunque ello signifique romper paradigmas que contribuyen con un mundo que hoy parece que camina al revés o está patas arriba.

No hizo falta que brillantes estrategas inventaran una guerra comercial para desequilibrar a la economía mundial, el Covid-19 lo logró. Estamos frente a una crisis colosal que aún desconocemos las implicaciones que traerá y cómo terminará. En lo que sí hay mayor certeza, es que las economías de las naciones van a contraerse de manera preocupante, inclusive las más prósperas del planeta.

No bastaron las armas nucleares, la inversión de miles de millones de dólares en armamentos sofisticados y la capacitación de ejércitos profesionales para impedir el avance del Covid-19. Sigue avanzando alarmantemente sin que pueda ser detenido por la fuerza militar. ¿Quién pudo imaginar siquiera que un virus obligaría a cerrar las fronteras de los países del mundo, sin que existiese la amenaza de un ejército enemigo? El poderío bélico de las grandes potencias resultó inútil frente al potente virus planetario.

La salud del mundo y, también, la de los líderes políticos y empresariales está amenazada por un virus que se metió entre el círculo de guardaespaldas blindados, sin que se dieran cuenta. Ese virus se ha convertido en el dolor de cabeza de gobernantes que, sin tenerlo planificado, deben tomar decisiones audaces en todos los órdenes de la vida de sus naciones, para hacerle frente a la contingencia y al futuro próximo, corriendo el riesgo de ser rechazados por los ciudadanos, e incluso perder el poder.

A nivel mundial, el poder político, la riqueza económica y la fuerza militar de grandes y pequeñas naciones, resultaron inservibles frente a la devastación letal de un virus que llegó sin ser esperado. Llegó por la puerta trasera y nadie se dio cuenta.

En el plano social, el Covid-19 superó con creces a las nuevas tecnologías en la percepción del tema de la aldea global. Ahora, más que informarnos en tiempo real de lo que acontece en el mundo, a través de las redes sociales, sin importar las distancias, estamos enfrentando simultáneamente un mismo patrón de vida, más allá de la geografía y las diferencias culturales. En estos momentos, los ciudadanos del mundo estamos experimentando idénticos comportamientos: miedo, paranoia colectiva, confinamiento, desolación y la amenaza de la muerte rondando entre nosotros; acompañado de compras de pánico con su correspondiente desabastecimiento en algunos alimentos y medicamentos, así como una serie de preguntas, sin respuestas, acerca de cómo será el futuro que se avecina. Analistas y pensadores ya hablan que el mundo no será igual después del Covid-19.

Creo que, después de la II Guerra Mundial, el mundo no había vivido una amenaza de tal magnitud, con el agravante que las afectaciones más grandes durante la II Guerra Mundial se concentraron en Europa, epicentro de ese evento bélico. Hoy, por el contrario, todas las naciones del mundo estarán afectadas, de una u otra forma, por las consecuencias del Covid-19 que aún no terminamos de descifrar, tanto en el plano político, económico, social y cultural.

Hago estas reflexiones en circunstancias en la que los seres humanos deberíamos estar más conscientes de nuestra propia fragilidad. Es cierto que, frente a otras catástrofes, el hombre ha logrado vencer las dificultades, a través de la inteligencia y la capacidad de adaptación, en esta oportunidad pienso que no será la excepción; pero también es cierto que hemos abusado en demasía de un poder que no tenemos; hemos hecho gala de un excesivo ego, de la vanidad que corroe y de un permanente desafío a Dios para ver quién puede más. Los hombres nos hemos apartado del buen camino para transitar por el egoísmo y por una vida frívola y banal que nos aleja de los valores humanos para construir una mejor sociedad en la que la justicia, la honestidad y la solidaridad sean pilares de esa felicidad que todos los seremos humanos deseamos alcanzar. Ojalá el cambio sea para mejor.

 

@EfrainRincon17|Profesor Titular Emeritus de LUZ (Venezuela)

 

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