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Cuando observamos las atrocidades cometidas por los personeros de la dictadura chavista-madurista en contra de millones de venezolanos, podríamos suponer que sólo unos monstruos son capaces de semejante comportamiento. Pero releyendo a la teórica política Hannah Arendt, autora de la tesis de la banalidad del mal, podemos admitir que el mal no es excepcional, puede encontrarse en cualquier parte y ser ejecutado por cualquier persona, sin sentir escrúpulo alguno por el delito cometido.

Ello nos lleva a pensar que no hace falta una conducta retorcida o el padecimiento de una enfermedad mental, para que un ser humano cometa delitos perversos; sólo sus apetencias para escalar posiciones, o la sumisión abyecta a un líder (“comandante supremo”), son razones suficientes para delinquir, convencidos que sólo por esta vía pueden alcanzar sus objetivos personales o la satisfacción plena del jefe por su impecable trabajo.

Después de veinte años ininterrumpidos de destrucción, siempre pensé que a los dirigentes chavistas los atormentaba su conciencia y no podían ver a los ojos a sus familias; hoy estoy convencido que, por el contrario, duermen plácidamente y sus familias (esposos, hijos, padres y hermanos), disfrutan y presumen, sin ningún tipo de remordimientos, las riquezas obtenidas a costa del hambre, la pobreza y la muerte de millones de venezolanos.

Cuando oíamos decir a Chávez que “no importa andar desnudos, tener hambre o estar desempleados, porque lo importante es defender la revolución”, estábamos oyendo a un individuo que no tuvo jamás conciencia del bien o del mal; que actúo conforme a los postulados de su ideología; capaz de hacer todo cuanto fuese necesario hasta lograr su cometido. Éste es el verdadero peligro de la banalidad del mal, su capacidad infinita de destrucción sin sentir acaso la mínima vergüenza por su perversidad.  

Cuando observamos las excentricidades de Hugo Chávez y su clan familiar; las de Maduro, Cilia y Nicolasito; las de Diosdado Cabello y otros conspicuos líderes de la revolución, basadas en el más espantoso saqueo que experimentó jamás Venezuela, resulta fácil entender, bajo la óptica de la banalidad del mal, que son seres humanos que no los invade la pena por el país al que destruyeron, y seguirán haciendo el mal hasta tanto logren mantenerse en el poder. Sus apetencias personales son ilimitadas, nada los satisface. El poder y la riqueza que disfrutan les exigen más riqueza y más poder.

Con las intentonas golpistas del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992, que provocaron la muerte de cientos de venezolanos inocentes, se inició el mal del chavismo, que con el transcurrir del tiempo se acrecentaría y permearía el alma de su dirigencia. Desde el mismo momento en que Chávez llegó al poder, el chavismo provocó muertes y desolación en el país; han asesinado a mansalva a jóvenes estudiantes que protestaban por legítimas razones; han matado a niños, a pacientes con enfermedades crónicas y a ancianos porque se robaron el dinero destinado a la asistencia médica y a la compra de medicamentos.

La maldad chavista ha encarcelado a cientos de civiles y militares, violando flagrantemente sus derechos y sometiéndolos a tratos inhumanos; esa maldad, en complicidad con la cubana, han implementado torturas inéditas en nuestra larga historia de tiranía; ningún régimen anterior a la revolución chavista, ha producido mayor dolor y sufrimientos a las familias de los venezolanos que les han arrebatado su libertad.

Debido a la maldad practicada por esta élite criminal, Venezuela se convirtió en uno de los países más pobres de la región; la destrucción de la economía, la pulverización de los salarios y del empleo productivo, han generado la peor crisis económica, social y humanitaria del país, obligando a emigrar a casi 5 millones de venezolanos.

El mal chavista es fiel practicante del odio, la división y el resentimiento social, haciendo añicos los valores y las costumbres que nos distinguieron como una sociedad solidaria y hermanada. Ese mal dañó gravemente el tejido social de Venezuela, lo que complica la reconstrucción integral del país.

La banalidad del mal no sólo fue realidad en el nazismo alemán, también echó raíces en Cuba, Nicaragua y en Venezuela. Tengamos presente, entonces, que los chavistas al no tener un concepto absoluto del mal, seguirán practicándolo, no importa la tragedia que dejen a su paso. En definitiva, dentro de sus mentes, todo cuanto se haga para mantenerse en el poder y acrecentar sus fortunas personales está permitido, inclusive la muerte definitiva de un país llamado Venezuela.

 

@EfrainRincon17|Profesor Titular Emeritus de LUZ (Venezuela)

 

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