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De niño estaba convencido que la estrella de Belén existía y trazaba el recorrido glorioso hacia el pesebre. Que emprendía su operación valerosa de posarse y recibir la luz de Jesús. Por eso era tan brillante. Ese niño incandescente le llenaba de energía para cumplir con su misión de iluminar derredor y más allá. Tamaña proeza. Ya no habría reyes magos confundidos, sin brújulas para la época, pero con una guía sincera en el cielo.

Es que la natividad del Señor va más allá de los imposibles. Se rio de los naufragios de Herodes. Desenmarañó la madeja de si era propicio tener al hijo de Dios entre nosotros. Hasta nos dio una lección de humildad; de que se puede ser el más grandioso de la humanidad y nacer en un establo. Por eso creo en Dios hasta las últimas consecuencias.

La Navidad siempre ha logrado amainar las angustias. Las festividades decembrinas han sido irremplazables, categóricas e inmemoriales. Siempre llega ese aire fresco, una pizca de felicidad ininteligible. Puede haber contrariedad y una mesa insatisfecha. Pero ese amor invisible, ineludible, tan notable y complejo, se encuentra con nosotros.

Es una rutina desempolvar el árbol y los adornos. Remendar con pegamento las piezas del pesebre y escuchar los añosos villancicos de los abuelos. Cantar una gaita a tres voces y soñar que siempre estará allí. Una tradición irresistible para ser felices. A todos se nos endereza el humor y hasta desaparecen por algunas horas las rencillas con los amigos indiscretos.

Soy un creyente obstinado y para esta época me olvido de los inciertos. Las dudas las extravío adrede y cumplo sin desmayos con las costumbres nacionales. Por eso ese aire decembrino no desaparece. Se encuentra conmigo en cualquier rincón o a horas indefensas. Siempre arriba. Todos los años me susurra cuando más taciturno me hallo. Y me devuelve una sonrisa, con una paz determinante, de que todo irá mejor.  

Los recuerdos los mido por metro cúbico. Me salpican en la conciencia y a veces aguanto un sollozo que se cuela entre líneas. Porque siempre hemos sido felices para estas fechas y ese debería de ser un dictamen existencial, el no permitir perder ese encanto.

Por eso tendemos a dejar para final de año la necesidad de rememorar, el verificar que estamos vivos y de que sobran los motivos para compartir. Es el momento para olvidarnos de la fatalidad, del pesimismo desgañitado y de las ofensas políticas. El alma debe poseer un aspecto distinguido.

La Navidad es una fortaleza, por eso se escribe con letra mayúscula y con emoción suprema. No podemos perder el fervor. No se necesitan frases enciclopédicas para creer, ni un mentor experto en autoayuda. Solo se requiere hurgar con tesón en las convicciones y en los sentimientos verdaderos. Por eso soy tan severo en mis argumentos y los defiendo aunque existan rostros agudos.

Mi hermano menor me decía que una vez vio al niño Jesús escapar por un escondrijo de la pared, difuminándose, tras dejar el regalo navideño debajo de la cama. Le creí el cuento y sigo convencido que fue verdad. No era la ilusión de infante, esperando su obsequio. Era esa fe ciega en su existencia y en su amor por mantenernos contentos. Y esa sensación sigue estando en mis sueños repetidos y en cada meta tozuda.

La fe es un arma para los logros. La herramienta perfecta para los cometidos imprevistos y las guerras perdidas. Tan frágil que se desliza y se pierde en la memoria. Se olvida en los momentos de precariedad. Pero todo es posible, aunque se caiga el obelisco y la tierra se desvanezca. El grano de mostaza puede verse inmenso en nuestras resoluciones sinceras; el nunca abandonar la lucha, pese a los escamoteos y la turbulencia.

Ese niño, que se atrevió a retozar en un pesebre discreto, sin mayores posesiones que la misión encomendada, nos enseñó a todos que existen los milagros y que está en cada uno, para compartirlos con una fuerza desmesurada y total.

Son tiempos para reconciliarnos con nosotros mismos. Esbozar planes, combatir a los taimados con bondad y repeler la mala senda con una meta justa. La Navidad sirve para tantas cosas, que es pecado estar triste. Nuestro país renacerá. No tengo dudas al respecto. De ahí yace la fe, pese a las dificultades.  

 

José Luis Zambrano Padauy|[email protected]|@Joseluis5571

 

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