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“Tenía miedo de que te fueras y te fuiste. Un miedo menos…” 

Andrés Ixtepan

La frase con la que titulo este artículo la extraje del libro “Cierra los ojos y lánzate”, del muy controversial y ya fallecido líder espiritual de la India conocido como Osho, quien como dijera el autor Tom Robbins, fue “el hombre más peligroso desde Jesucristo”. Él consideraba que cuando asumimos la postura de querer vencer el miedo, hemos aceptado su existencia y reconocido el poder que tiene sobre nosotros, lo cual es la actitud propia de un combatiente y no de una persona que se abstrae para recapacitar o reflexionar con sabiduría.

Este sutil cambio de perspectiva sobre el miedo en cuanto a dejar de pensar en “vencerlo” para “entenderlo”, le quita una gran carga emocional y hace que este sentimiento sea más humano o terrenal; y lo hace tan dócil, que nos permite abrazarlo con compasión como parte de nuestras vidas para asimilarlo sin angustias de una manera más relajada. 

Existe un arraigado sistema de creencias en la sociedad que nos induce a aceptar que todo logro, independientemente del tipo que sea: dinero, familia, relaciones personales o amorosas, trabajo, entre otros, se consiguen sobre la base de una lucha constante. En otras palabras, que si libramos bien la “batalla de la vida” siendo los más fuertes, mejores o desenfrenadamente competitivos, tendremos bienestar, plenitud y triunfaremos. Esta visión del desarrollo vital es perjudicial para nosotros, además de que seguramente en el camino también dañaremos a otros.

La misma convicción se ha instalado en la consciencia colectiva con relación a la sensación de angustia que nos provoca un peligro sea verdadero, ficticio o imaginario, cual es el miedo; y aunque no me gustan las generalizaciones, creo que todos lo hemos sentido en mayor o menor grado en algún momento de nuestras vidas.

Él forma parte como mecanismo natural de defensa de nuestra complexión emocional y produce cambios físicos inmediatos que pueden favorecer el enfrentamiento, la paralización o provocar la huida. Ante este estímulo, el cuerpo reacciona vertiendo un torrente de adrenalina en la sangre que acelera el bombeo del corazón, con lo que esta sustancia llega casi instantáneamente a todos los rincones del organismo, provocando que se dilaten las pupilas, se reseque la boca, comiencen los temblores, la sudoración, el deseo incontenible de ir al baño, entre otras tantas emociones.          

Todos estos síntomas suceden igualmente ante cualquier tipo de miedo lo que facilita la respuesta del individuo ante el peligro.  El detonante puede ser la evocación de un acontecimiento pasado, un evento que esté sucediendo en el instante o una circunstancia futura e incierta. En muchas ocasiones, tememos más a lo que producimos divagando con nuestros pensamientos o al miedo imaginario que a algo real. Las situaciones más comunes se dan cuando la persona tiene miedo a ser rechazado o a hacer el ridículo; de allí nace el temor y a veces el terror que sentimos por ejemplo cuando de hablar en público se trata.

No pretendo dármelas de psicólogo, psiquiatra o especialista en el tema del miedo porque no lo he estudiado científicamente, solo lo conozco debido a que lo he vivido bastantes veces, creo que más de las que me hubiera gustado; sin embargo, pienso que siempre ese sentimiento va a acompañarnos en todo el discurrir de nuestra existencia y hasta sano es que permanezca a nuestro lado. Él forma parte indisolublemente de nuestras vidas.

Además de ser un sentimiento, emoción o sensación, que es inherente a la condición de estar vivo, el miedo es básicamente una energía imposible de destruir que fluye constantemente ante la multiplicidad de estímulos externos o internos en el ser humano, que al reprimirla permanecerá oculta en las sombras de la mente acechando a la espera del momento propicio para erupcionar. Asimismo, podemos llegar a controlar la energía del miedo utilizando diversas técnicas incluso farmacológicas, pero igual permanecerá escondido profundamente en el depósito psíquico para brotar tempestuosamente cuando las condiciones lo favorezcan.   

Ahora bien el punto nodal es, no permitir que nos controle de tal forma que nos provoque una parálisis. La novedad es que podemos evitar que nos controle entendiéndolo a él. Podemos hacer del miedo un aliado para que obre a nuestro favor. Esta frase de Bethany Hamilton, quien es una surfista muy conocida como superviviente de un ataque de tiburón en el que perdió el brazo izquierdo, resume de una forma extraordinaria lo que les comento: “El valor no significa que no tienes miedo. El valor significa no dejar que el miedo te detenga”.

No me considero el dueño de la verdad, ni el mejor ejemplo a seguir, pero pienso que si ejecutamos estas pautas que a continuación expongo, podremos sentir esta emoción de una manera distinta para así poder disfrutar más de la vida. Por esa razón reconozcamos que:

1.- El miedo es una realidad. Está allí siempre, es nuestro compañero en este viaje terrenal, así que hay que aceptar que se hospeda en cada rincón de la mente. De nada vale evitarlo o ignorarlo pues se nos cruzará impetuoso en cualquier momento en el camino; por lo tanto hay que reconocerlo y entender que ocupa con firmeza, decisión y perseverancia un lugar desde el que puede ayudar, dominar o destruir nuestras vidas y que solo va a depender del trato que le demos para que sirva o no a nuestros propósitos.

Sabiendo el sitial preponderante que mantiene en nuestro espectro vital, debemos renunciar a cualquier reproche personal, autocrítica condenatoria o castigo, pues además de ser injusto para con nosotros, es imposible, además de sumamente doloroso, exigirnos eliminar una parte importante, necesaria e inalterable de la estructura humana.  

2.- El miedo es una energía que podemos transformar. Así como el amor, la rabia, la alegría o la tristeza, el miedo es una energía que podemos metamorfosear una vez comprendida. La comprensión es un excelente filtro que podemos usar para transformar el miedo e impregnarlo de colores vivos y de una vibración exultante, antes de canalizarlo hacia el campo corporal y exteriorizarlo. Si permitimos que este sentimiento (como energía) aflore en nosotros con distorsiones y de forma tosca, basta o primitiva, sin dudas va a causar reacciones dolorosas pues todo nuestro cuerpo y mente se defenderán desordenadamente ante tal ataque.

Igual sufrimiento nos infligiríamos si pensamos en iniciar una batalla en su contra para derrotarlo definitivamente, pues es imposible destruir un pedazo de nuestra esencia ya que esta nunca desaparecerá, solo podremos cambiarla. Una mente educada en la comprensión de tal sensación energética nos predispone a celebrar su transformación. Ahora bien, una vez investigado, identificado y comprendido el temor, debemos comenzar el proceso para su transformación y la gran pregunta es: ¿cómo lo hacemos?

3.- Representar vívida e intensamente lo deseado. Estos cambios no son instantáneos aunque si alguien lo consigue con solo decidirlo, pues enhorabuena. Por medio de los poderosos ejercicios de visualización, podemos abstraernos de manera continua y en cualquier momento para crear de forma preliminar  la realidad que deseamos en nuestras vidas con respecto a determinado miedo. Ya no se trata de detenernos a pensar en el temor al cual estamos encadenados, sino en cómo queremos vernos, sentirnos y comportarnos llegado el evento disparador del mismo. En otras palabras, es recrear positivamente en la pantalla mental la persona que queremos ser construyendo distintos escenarios, situaciones y respuestas siempre beneficiosas, para mejorar nuestra estima y confianza.

También es un artilugio poderoso durante la visualización y posterior a ella, realizar afirmaciones positivas, que no son más que palabras o frases expresadas con convencimiento sobre el estado ideal que queremos alcanzar y permanecer. Para elaborarlas no hay reglas específicas, pues deben responder a las necesidades de cada quien, sin embargo deben ser constructivas o provechosas y nunca negativas.

4.- Exponerse gradualmente a la situación temida. Ningún resultado obtendremos si solo investigamos, identificamos, comprendemos el temor y hacemos constantemente la representación mental intensa de la conducta transformada, junto con las afirmaciones, si no pasamos a la acción. Es indispensable que confrontemos paulatinamente la situación temida durante el tiempo que sea necesario, para ir poco a poco habituándonos al hecho o hechos generadores de tal disconformidad; además, es de manifiesta utilidad y podría considerarse que indispensable en esta etapa del proceso, asistirse de terapeutas especializados y bien formados puesto que implica enfrentarse a un considerable y angustioso sufrimiento.

Con estos estímulos progresivos a largo plazo y repetidos en forma gradual, comenzando por situaciones sencillas para evitar la huída hasta escalar a los niveles más altos y dramáticos, se busca que la persona evolucione en cuanto a su comportamiento reactivo e irreflexivo ante el incidente o incidentes desencadenantes, hasta lograr que se adapte y organice su conducta.

Si bien el miedo es propio de la naturaleza de todo ser viviente, depende de nosotros permitir o no que nos atrape en su disparatada y nociva dinámica. Es bueno recordar, que tanto en un hombre cobarde como en un hombre valiente siempre va a existir el miedo, lo que los diferencia es que mientras el cobarde se detiene, el valiente sigue adelante a pesar de él.

 

Abogado|@luisriosescribe|luisriosescribe.wordpress.com

 

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