Verdades y Rumores| Diario Digital de Interpretación y Opinion

DE INTERÉS

ENDER ARENAS|Roland Carreño

¡ELECCIONES USA! En #Contrastes, Darwin Chávez conversa con Jesús Sánchez Meleán

CAIGA QUIEN CAIGA|Leopoldo no lo dirá, pero lo hará

VERDADES Y RUMORES|Las lecturas y dudas que deja la huida de Leopoldo López

LUIS RÍOS|Eutanasia y suicidio asistido en enfermos psiquiátricos

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on email
Email
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on telegram
Telegram

El tema de la eutanasia en general de por sí es difícil de digerir por el mundo moderno, entendida esta como el “derecho” de los enfermos terminales y sin perspectivas de recuperación de rehusarse a la aplicación sobre su cuerpo de cualquier procedimiento extraordinario que le alargue inútilmente su dolor y penosa existencia. Esta idea básica, a la vez que polémica, para ponerle punto final a la vida, normalmente la asociamos con un paciente geriátrico que agobiado por el sufrimiento pide que lo dejen morir o lo ayuden a acabar con su vida debido a lo insoportable de su padecimiento.

Sin embargo, el tema adquiere “dimensiones apocalípticas” y afecta desproporcionadamente la susceptibilidad de los seres humanos, cuando se trata de niños recién nacidos o no, adolescentes, personas con discapacidades severas, personas en estados vegetativos, de mínima consciencia o conectados a máquinas que los mantienen artificialmente con vida, entre otros. En esas situaciones cargadas de sensibilidad optamos, porque es más fácil, no discutirlo, obviarlo, darle la espalda, ignorarlo e incluso no pensar en ello, no obstante el punto nodal es que este es un problema que el hombre debe enfrentar para darle respuestas humanistas adecuadas y oportunas por muy doloroso que sea.

La gente sigue muriendo diariamente muchas veces en soledad, sin atención, utilizando mecanismos inhumanos, provocándose su propia muerte de diversas formas y todo por la terquedad del hombre de no comprender la verdadera dimensión de su dignidad.

La primera falla con respecto a este asunto, es que si bien se defiende y respeta el derecho a la vida también deberíamos defender y respetar el derecho a la muerte; pero la realidad es que la eutanasia y el suicidio asistido no están contemplados en el catálogo universal de los derechos humanos y creo que falta mucho tiempo para que sea incorporado en el mismo, además de que son muy pocos los países en el orbe que los han legalizado o si lo han hecho ha sido con profundas deficiencias producto del temor de enfrentarla.

Solo imaginen lo perturbador que debe ser para esas mentes conservadoras discutir o aprobar una ley o un protocolo que regule la eutanasia y el suicidio asistido en pacientes psiquiátricos. Sin embargo Holanda ya lo considera viable y aunque los casos son menores en proporción a los de personas con padecimientos físicos terminales, la han consentido en pacientes con problemas mentalmente graves e irreversibles. Por ejemplo, de las 6.585 muertes por eutanasia y suicidio asistido registradas en ese país en el año 2017, 83 personas fueron sometidas por razones de sufrimiento psiquiátrico.      

Ahora bien, voy a referirme a dos casos ocurridos también en Holanda, que sin lugar a dudas ocasionaron y seguirán provocando enormes controversias e indignación sobre este escabroso tema en este tipo de pacientes.

El primer caso sucedió en enero de 2018, en la institución médica Levenseindekliniek o la clínica del “fin de la vida”, en La Haya, cuando una joven atormentada de 29 años llamada Aurelia Brouwers, acabó con su vida por medio de un suicidio médicamente asistido debido a irremediables problemas mentales que le ocasionaban un gran sufrimiento. Con una dilatada historia de dolencias psiquiátricas desde los 12 años, fue diagnosticada en primer término con un trastorno límite de la personalidad y, posteriormente con trastorno de apego, depresión crónica, tendencias suicidas crónicas, ansiedad, psicosis además de escuchar voces. De hecho, durante su vida intentó suicidarse según recuerda en no menos de 20 ocasiones y declaró en un reportaje para la televisión holandesa: “Estoy atrapada en mi propio cuerpo, en mi propia cabeza, y solo quiero ser libre” además de que “nunca he sido feliz, no conozco el concepto de felicidad”.

El segundo caso aconteció en junio de 2019, cuando Noa Pothoven de 17 años quien de niña fuera brutalmente violada y sufriera varios abusos sexuales, decidió suicidarse al dejar voluntariamente de consumir alimentos y líquidos por lo que su familia y los médicos resolvieron atenderla hasta la muerte en su casa de Arnhem al este del país, procurándole cuidados paliativos con la finalidad de evitarle un mayor sufrimiento. Ella padeció durante años depresión, anorexia, trastorno de estrés postraumático e ingresó en diversos centros de salud; incluso por orden judicial durante meses fue inmovilizada y aislada para que no se hiciera daño, y aunque presentó una solicitud en la mencionada institución médica Levenseindekliniek para que la ayudaran a acabar con su vida, esta le fue denegada.

Creo firmemente que muchos de los problemas que enfrenta la humanidad no se deben a que existan demasiadas posturas, creencias o convicciones religiosas, económicas, políticas, tradicionales, culturales o hasta deportivas, sino a los fundamentalismos, a la intransigencia de los grupos que respaldan las mismas y a la necesidad que tienen, muchas veces apoyados en el poder que detentan por variadas circunstancias sobre comunidades o países, a homogeneizar e imponer de manera incuestionable sus puntos de vista, a suprimir la diversidad, el pensamiento libre y a creer que el mundo sería mucho mejor si se siguieran sus postulados de manera obligatoria, pues consideran que son la solución para todo y para todos.

Según el contador de población mundial, de la asociación sin ánimos de lucro Population Matters con sede en el Reino Unido, en este momento la cifra aproximada en el mundo, la cual aumenta de forma continua, constante e implacable, es de 7.730 millones de personas, que pensamos, sentimos, actuamos, tomamos decisiones acertadas o no, procesamos información y construimos valores. Todos estamos equipados y protegidos por un cúmulo de derechos, con personalidad, voluntad propia, objetivos, autonomía y con una versión muy personal de lo que debe ser una buena vida; por lo tanto, es imposible tratar de reducir una realidad tan compleja cargada de interacciones, emociones e ideas a una sola corriente del pensamiento. La vida está llena de tantos matices que nunca podremos abarcarlos pues se renuevan y florecen constantemente.

Si bien respeto la posición moral y política de los defensores a ultranza del derecho humano a la vida cualesquiera que sean las circunstancias, no la comparto, debido a que el mundo no es perfecto y dentro de tan vasta cantidad de personas que poblamos el globo terráqueo las situaciones adversas son prácticamente infinitas, y aunque sea muy duro de aceptar o muy cruel, siempre van a existir y existen en este instante personas que por condiciones extremas, irremediables e insoportables desean no permanecer más en el mundo de los vivos, por lo que, resulta apremiante darles una salida digna, una respuesta, una opción.  

Es una verdad incontestable, que no todas las enfermedades mentales limitan o afectan la consciencia, la responsabilidad, la autonomía y autodeterminación inherentes a la condición de un ser humano; además son muchos los enfermos que permanecen dentro de los límites racionales de sus facultades psíquicas completamente aptos para evaluar y tomar decisiones. Es por eso, que hay pacientes que cuando solicitan la eutanasia o el suicidio asistido por motivos psiquiátricos, ya decidieron irreversiblemente quitarse la vida de no conseguir la ayuda necesaria en ese sentido, por lo que en esos casos el trastorno puede llegar a considerarse como una enfermedad terminal o equipararse a ella.

Así le sucedió a la joven del segundo caso reseñado Noa Pothoven, quien al serle negada la solicitud por los médicos de la institución sanitaria Levenseindekliniek, con el argumento de que probara otras opciones, decidió suicidarse dejando de alimentarse e hidratarse, lo cual pudo evitarse de haberle dado una salida adecuada a su sufrimiento. De hecho, legalmente por la edad podía tomar esa decisión así como debían respetarla, por lo que solo le dieron los cuidados paliativos necesarios para evitarle molestias hasta su deceso. Ahora, ¿qué respuesta le hubieran dado aquellos que defienden la vida por encima de cualquier circunstancia a esa joven ante su desgracia? Y ante tal designio personal ¿la hubieran obstinadamente mantenido con vida suministrándole alimento y líquidos incluso en contra de la voluntad de ella?   

Si bien, Holanda es un país increíblemente emparejado con el aspecto liberal del mundo moderno, distinguido por el respeto a la diversidad de opiniones y juicios de las personas y que ha admitido tanto la eutanasia como el suicidio asistido por razones psiquiátricas, solo se aprueban anualmente el 10% de las solicitudes presentadas, además de que el riguroso proceso como tal puede durar bastante tiempo. Por eso, no se puede considerar que exista una matanza indiscriminada de pacientes con problemas mentales.

Resulta reprochable que grupos en el mundo, ONG, partidos políticos, orientaciones religiosas, entre otros, rechacen fuertemente todo lo relacionado con la eutanasia o el suicidio asistido de personas que lo necesitan, así como lo requieran consciente y voluntariamente en ejercicio de su autodeterminación y autonomía, por infinidad de motivos que son válidos, ante una vida oprobiosa, infeliz, disminuida, cargada de dolor y tormentosa, solo porque hay que privilegiar a todo trance la vida. Lamentablemente, aunque todos quisiéramos tener una vida maravillosa, placentera y feliz hasta bien avanzada nuestra edad, la realidad que nos explota en la cara es otra, y estos casos seguirán ocurriendo muy a pesar de que nos disguste o le demos la espalda; por tanto, hay que ofrecerles una muerte apropiada o buena, y no esperar a que tomen una decisión más dramática que pueda incluso dañar a otras personas, sobre todo en un mundo tan volátil, incierto, complejo, variopinto, en donde el cambio es una constante.

En conclusión, la vida no es un derecho absoluto, ni sagrado, ni tampoco es un deber para nadie continuarla, y el hecho que sin miedo ni prejuicios inútiles se legalice la eutanasia y el suicidio asistido como un derecho humano, no implica la obligación de aplicarla indiscriminadamente en todos los casos; pero sí se le debe permitir a quien lo desee que se le reconozca y respete ese derecho de decidir libremente sobre su muerte, cuando sea la única forma posible de eludir el sufrimiento tormentoso e inexorable de la existencia.

 

Abogado|@luisriosescribe|luisriosescribe.wordpress.com

 

¡SUSCRÍBETE! En tiempos de gran incertidumbre la información clave es esencial…

ACEPTAR TODAS LAS COOKIES    Más información
Privacidad