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ENDER ARENAS|Maracaibo en la tarde

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Cuando niño, hace ya mucho tiempo, iba, unas veces con mi abuela materna y otras con mi tío al centro de la ciudad. Íbamos al mercado. Había de todo. Tanto había, que mi abuela  conoció allí a quien sería su último marido, un talabartero llamado Domingo, que no la hizo precisamente feliz. Me gustaba, la ciudad estaba llena de símbolos, de edificios bellísimos.

Cuando me hice mayor, justo a los 18, y Salí de la tutela de mi abuelo paterno y de la calle donde vivía bajo su autoridad de hierro (nunca olvidaré  esa calle, se llamaba, creo que aún se llama, Callejón “Mi Cabaña”, era como una pequeña aldea, nadie tenía vida privada, todo el mundo conocía hasta el último rincón de todas las casas, toda la gente tenía la nevera y el tv en la sala, quizás la única diferencia es que yo era el único que no había nacido en ella y los muchachos de mi edad me miraban con cierta ojeriza) descubrí la avenida “Bella Vista”. Que belleza, todavía a ratos, en ataques imprevistos de melancolía, me viene a la nariz el agradable olor del pan recién salido del horno de la Panadería “Bella Vista”. Entonces iba descubriendo cada rincón de la ciudad y hasta el cielo sobre ella me parecía el más hermoso del mundo.

Todas las canciones, todas las gaitas y poemas que le cantaban a la ciudad no hacían más que dar cuenta perfecta de ella.

En los 70, en los 80 y aún en los 90, cuando nos alcanzó el declive d la renta petrolera la ciudad seguía siendo una ciudad con su personalidad intacta y seguía siendo una ciudad bella.

Pero, entonces llegaron ellos y la ciudad fue perdiendo su brillo y la gente, antigua habladora, chistosa y risueña se tornó un poco taciturna, como si una epidemia de infinita tristeza la hubiese asolado y de aquellos atardeceres solo quede una oscurana que se va haciéndose sólida en la medida que anochece.

Nadie sabe si fue por incompetencia, por pura ineptitud ejecutiva o por pura maldad y odio hacia la ciudad y a su gente, pero lo cierto es que, como si hubiera formado parte de un plan perfectamente concebido, la ciudad se fue muriendo, mejor, la ciudad la fueron matando poco a poco.

Una ciudad fantasmal,  solo los alrededores de las estaciones de servicios expresan vida donde la gente espera con paciencia poner 30 litros de gasolina a su carro. El resto es un enorme vacío. La avenida Bella Vista, los alrededores de la Plaza La República, una parte de la av.72 que eran los centros neurálgicos de reuniones en los cafés hoy nos muestran otros aires y uno no sale del asombro. 

Ayer mismo, experimenté esa sensación de la soledad de la ciudad, eran las 6 de la tarde, tal vez, un poco menos. En compañía de mi mujer me dije: voy a comerme un buen sándwich de pan rústico, con jamón de pavo, aceite de oliva, tomate y orégano con un buen café con leche que vende Dolssisimo que es buenísimo, pero a esa hora, la hora pico como quien dice, estaba cerrado. Bueno, le dije a mi mujer, vamos Jeffrey, mala decisión, pues también estaba cerrado. El reloj marcaba las 6 y 15 minutos cuando me dirigí a Fine Café, que es el café nuestro de cada día, pero hace tiempo, que solo abre hasta las 4 de la tarde y a mi se me había olvidado ese detalle, eran las 6 y 30 minutos y fui hasta Pergamino un cafecito en la 72, pero nada, como si hubiesen anunciado un desvío catastrófico del huracán Dorian, también estaba cerrado. Eran ya las 6 y 50 minutos y lo que era una ciudad pujante con esos cafés emblemáticos donde uno se reunía a construir y destruir el país revelaban los signos de una ciudad que se muere todos los días.

Ah! Maracaibo, los recuerdos que de ella todavía tenemos son un verdadero asidero que nos sostiene la esperanza de volver a recuperarla. De hecho nos negamos a que esos recuerdos sean solo una congelación del pasado, pues añoramos que a la Maracaibo que viene incorporemos las enseñanzas de esta menguada hora, para que nunca más repitamos esta horrible experiencia.

 

@RojasyArenas

 

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