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Definitivamente la vida se nos ha convertido en un tango. En una nostalgia de cuando nos alcanzaba la plata para todo. Para comprar casa, carro, la comida sobraba en las mesas de los venezolanos. Lo que era casi un regalo para matar el hambre de antes, ahora es algo inalcanzable.

Nos hemos ido acostumbrando a medio vivir con una esperanza postergada a la espera  de mejores días. Mientras tanto, hay que aguantar la pela. Hoy, en esta tierra a la buena de Dios, cualquier cosa cuesta más que un salario mínimo. Es un verdadero misterio del universo, ver como alguien con familia puede llegar a sobrevivir con esa migajita en un lugar, donde la inflación se lleva por los cachos, hasta al mismísimo dólar.

Claro. Sobreviviendo en un país, donde las ciencias económicas se han trastocado en una especie de ” maraña institucionalizada”, una bachaquealizacion colectiva de nuestra cotidianidad. Hasta el momento que escribo este artículo (tengo que aclararlo porque con esta inflación puedo hacer el ridículo con ustedes), un trabajador dignificado, necesita 41 salarios mínimos para alimentar a una familia promedio. Eso sí todavía al gran plátano amarillo no se le ha ocurrido la innovadora idea de aumentar el salario. Cosa increíble, que un aumento de sueldo nos termine saliendo más caro aún.                               

Ante esta situación insostenible, Donde no nos alcanza ni para los pasajes para ir a trabajar, mi mente, siempre al servicio de las causas maquiavélicas, quiere hacer un humilde aporte al levantamiento anímico de nuestra masa trabajadora (que no sea la masa  de la harina de ese capitalista imperialista explotador de la masa).                He aquí algunas sugerencias, que si bien no van a servir para sacarlo de abajo, pueden contribuir al engrandecimiento de su autoestima, así sea por un ratico.

Vaya a un supermercado, agarre un carrito y empiece a poner en el todo lo que se le ocurra (con los productos importados queda mejor), que el cerro se vea encima del carrito.   Asuma un aire de superioridad despreocupada para que la gente lo confunda con un enchufado. De muchas vueltas en los pasillos para que lo vea la mayor gente posible. Al final dejé el carrito, mirando el reloj, como si no le vaya a dar tiempo de pagar en la caja y salga, como salía Pérez Pirela, en el canal 8. Cayendo y corriendo.                                                                                                              

Vaya al aeropuerto de Maiquetía con su familia con varias maletas. Como no tiene plata para irse, haga un simulacro de despedida en el área rayada de nuestro querido Cruz Diez. Eso sí mucho realismo. Lágrimas y abrazos que suenen como tamboras. Mucha emoción. Pueden hacerlo también como si fuera un regreso, pero por los momentos, esa es poco creíble.  Es una catarsis que me agradecerán profundamente.                                            

Vaya a una tienda de ropa  y mídase los trajes y vestidos más costosos.  Pruébese todo lo que se quiera poner. El que le atiende también se entretiene porque no hay quien compré ropa en estos días. Al final puede decirle que mejor no, porque se la va a comprar en su próximo viaje al extranjero.    Prepárese y ensaye su propia conferencia de como hace para sobrevivir todo el mes con su infrasalario. Estudie la oratoria de los vendedores de chucherías en los vagones del metro para mejorar su técnica. Si llega a contárselo a la persona correcta en el momento justo, podría terminar nombrado como ministro de economía. Recuerde que vivimos en un lugar donde puede pasar cualquier cosa.                                                     

En un país donde todos los motores están encima de cuatro bloques, mi capacidad de asombro es inagotable, ante el ingenio de la gente  para sobrellevar la vida. Algún día cuando pase el temblor quizás lleguemos a tener un salario que nos quiera…  Y nos alcance.

 

Periodista

 

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