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Históricamente, las desigualdades estructurales de las sociedades latinoamericanas han sido caldo de cultivo para los movimientos populistas. Esta tendencia política apela al pueblo para acceder al poder, partiendo de la idea que el mismo está conformado por las clases sociales bajas, sin privilegios económicos y políticos. En tal sentido, los líderes populistas se presentan como redentores de los humildes, enfatizando que todos los males que padece el pueblo son culpa de la élite dominante enquistada en partidos políticos tradicionales, ubicados normalmente en la derecha conservadora.

Con el advenimiento del siglo XXI, el populismo llegó al poder en varios países latinoamericanos, bajo la égida de Hugo Chávez y de Fidel Castro y con el financiamiento de la portentosa chequera petrolera venezolana. De esa manera, se instauró una alianza política integrada especialmente por Venezuela, Brasil, Ecuador, Argentina, Bolivia, Paraguay y Cuba, para fortalecer a la izquierda revolucionaria y preservar los espacios conquistados en la región.

Sin embargo, a partir del segundo decenio del siglo XXI, el barco populista latinoamericano empezó a hacer aguas, con la destitución del presidente Fernando Lugo en Paraguay; la destitución de la presidenta Dilma Rousseff y el encarcelamiento de Lula Da Silva en Brasil; la derrota electoral del kirchnerismo en Argentina; el cambio de brújula política en Ecuador por parte de Lenin Moreno; la profunda crisis económica venezolana que limitó substancialmente el financiamiento a los aliados ideológicos; la crisis política que actualmente enfrenta Daniel Ortega en Nicaragua; y, además, la pérdida del predominio de los Castro, con excepción de Venezuela donde aún mantiene el control, debido al insípido liderazgo de Miguel Díaz-Canel y a la severa crisis económica que experimenta la isla.    

Cuando pensábamos que el populismo estaba derrotado en América Latina, o por lo menos atravesaba por serias dificultades, reaparece con la victoria de la dupla Fernández-Kirchner en las primarias argentinas (PASO) del domingo 11 de agosto, aventajando con 15% al presidente Macri. Bastaron menos de cuatro años para que el populismo atrajera la atención de la mayoría de los argentinos, a pesar de la corrupción, la destrucción económica y el debilitamiento institucional que sufrió el país durante la era kirchnerista. En cuestión de horas, Cristina de Kirchner pasó de victimaria a redentora del pueblo argentino, atrapado en las garras del neoliberalismo del “inefable” Mauricio Macri.

Estas elecciones PASO se constituyen en una gran encuesta nacional que anticipa los resultados de las presidenciales del próximo 27 de octubre. Parece difícil que Macri pueda superar esa ventaja en apenas dos meses, con lo cual podríamos hablar de un cambio de gobierno en Argentina. ¿Qué pasó?, ¿cuáles son las razones del triunfo del populismo?

Lo primero que debo expresar es que, a pesar de la destrucción que deja a su paso, el populismo en Latinoamérica sigue siendo popular. El discurso de salvación de los más pobres, las promesas sociales extravagantes que difícilmente las cumplen y el verbo encendido contra una derecha que sólo defiende los intereses de una minoría privilegiada, encuentran eco en la mayoría de los ciudadanos, integrada por estratos sociales bajos o por una clase media que coquetea con ideas progresistas que permitan elevar su influencia social y su bienestar económico.

La otra razón es la falta de inteligencia estratégica de la derecha para comunicar los logros en gobierno, y generar una matriz de opinión que responsabilice a los populistas de la tragedia que debe ser corregida, a través de ajustes y sacrificios necesarios para alcanzar el mayor nivel de bienestar para la sociedad en general. Resulta inexplicable que los ciudadanos soporten largos períodos con gobiernos populistas que destruyen la economía, vulneran la institucionalidad democrática, saquean el erario público e irrespetan los derechos humanos elementales; mientras  que la paciencia es cortísima frente a gobiernos democráticos con ideas de libre mercado que promueven una sociedad basada en el trabajo productivo, la competitividad en todas las áreas y la defensa de la iniciativa privada, a fin de minimizar progresivamente las relaciones de dependencia con el Estado.  

Definitivamente, la falta de un discurso creíble, convincente y conectado con las mayorías nacionales, impide que los ciudadanos puedan comprender la necesidad de políticas de ajustes, en circunstancias adversas propiciadas por gobiernos populistas incapaces y corruptos, para construir mejores condiciones que garanticen la perdurabilidad del progreso del país y de sus ciudadanos. Es necesario un discurso articulado que elimine, en las mentes de la gente, las ideas a favor de programas asistencialistas para que los pobres sigan siendo pobres, para dar paso a ideas que defiendan el trabajo, la educación y la igualdad de oportunidades, como elementos fundamentales para erradicar la pobreza y convertir a las personas en ciudadanos.

Ese es el reto de los argentinos y de Latinoamérica en general: seguir siendo pobres para legitimar a gobiernos populistas, o elegir gobiernos probos, eficientes y transparentes que combatan efectivamente la pobreza y las desigualdades para construir sociedades democráticas y con equidad social.

 

@EfrainRincon17|Profesor Titular Emeritus de LUZ 

 

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