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“Procure recordar que la tolerancia se convierte en un crimen cuando se tiene tolerancia con el mal” 

Thomas Mann

William Melchert-Dinkel, de 57 años, casado y padre de dos hijos, exenfermero con licencia de Minnesota, Estado Unidos, obsesionado con el suicidio y el ahorcamiento, participó durante varios años usando su computadora en chateos cibernéticos con 15 a 20 personas en todo el mundo, logrando sellar pactos suicidas, con la falsa promesa de morir también, con unas 10 de ellas aproximadamente, entre las cuales habían adolescentes. En las condiciones de los acuerdos, los suicidas debían capturar sus últimos momentos con una cámara web, para que William y otros participantes afectos a estas sádicas prácticas pudieran observarlos.

Para conseguir sus propósitos, creó cuentas ficticias de correo con los seudónimos Li Dao, Falcon Girl y Cami D, haciéndose pasar en oportunidades por una cariñosa y afable enfermera a favor del suicidio y en otras por una mujer deprimida de unos 20 años, para buscar intencionadamente y conseguir por Internet a personas vulnerables, débiles o devastadas emocionalmente con el propósito de asesorarlas e incitarlas a acabar con sus vidas.

Celia Blay, una maestra británica jubilada que vive en Maiden BradleyWiltshire y un amigo, lograron seguirle la pista cibernética a este depredador y reunir suficientes pruebas de sus actividades. Luego de la denuncia y posterior investigación, el Departamento de Policía de Saint Paul y el Grupo de Trabajo de Delitos contra Niños en Internet de Minnesota, pusieron fin a las retorcidas andanzas de William.

Al final de un largo proceso judicial, resultó condenado a 3 años de prisión, pero la pena fue suspendida y se le obligó a cumplir 360 ​​días en la cárcel más libertad condicional durante 10 años, por el delito de ayudar al suicidio de Mark Drybough, de 32 años, de Coventry, Inglaterra, quien se ahorcó; como también, por el delito de intentar ayudar al suicidio de Nadia Kajouji, de 18 años, de Brampton, Ontario, Canadá, quien finalmente murió saltando de un puente a un río helado, en lugar de ahorcarse, como presuntamente se lo había sugerido en línea Melchert-Dinkel; sin embargo, el exenfermero confesó a las autoridades que tuvo éxito en al menos cinco ocasiones.

Este caso debe plantear una exhaustiva reformulación del derecho penal aplicable, pues estamos en presencia de una nueva casta de criminales cuyo terreno de cacería es vasto, denso e inacabable, como lo es el Internet. La aparición del ciberespacio ha conducido a la globalización, cuya esencia es haber convertido el mundo en un laberíntico campo espacial inmenso, profundo y extenso, caracterizado por la inmediatez; pero también, por una intensidad que atraviesa en todas las direcciones el sistema global afectando directamente las actividades políticas, sociales, económicas, intelectuales, espirituales, de entretenimiento, entre otras.

El fenómeno de la “revolución digital” surgido de las nuevas tecnologías de la información, ha provocado una intensificación antes desconocida en las interacciones, las interconexiones o la interdependencia de la comunidad mundial; así como también, ha abierto la posibilidad para la comisión de delitos a través de las mismas, lo cual, ha planteado serios interrogantes para el derecho que parece no saber cómo resolverlos, ya que ofrecen unas ventajas inusuales para el atacante como son: el anonimato y la no necesidad de su presencia física para cometer el delito, por lo cual, nunca pone en riesgo su vida.

Ahora bien, el exenfermero William Melchert-Dinkel, fue condenado únicamente por dos delitos: ayudar al suicidio de Mark Drybough, y por intentar ayudar al suicidio de Nadia Kajouji. La ayuda al suicidio consiste en la cooperación que una persona le brinda a otra, que ya ha decidido quitarse la vida, para que ejecute tal acto. Aunque generalmente el móvil de estas conductas, es decir del que ayuda, es el respeto, el afecto, la piedad o la sumisión; no se puede excluir, a aquellos individuos que actúan movidos por la mayor indiferencia a la vida de un semejante, y que con su influjo psicológico directo, son capaces de mover en ese sentido la voluntad de un sujeto en minusvalía emocional.

Si bien los jueces con competencia en la materia criminal en el mundo, comúnmente están atados y limitados de manera hermética a lo que la ley les preceptúa en cuanto a la imputación de un delito y su correspondiente pena (Principio de Legalidad), no es menos cierto, que existe cierta movilidad en el compendio de posibilidades delictuales que contienen los distintos códigos, para castigar con mayor severidad algunas conductas.

En este caso encontramos a un individuo profundamente perturbado, altamente peligroso, con una personalidad psicópata, que desprecia la vida, obsesionado con el suicidio, el ahorcamiento y que se deleita con la muerte violenta de otro ser humano, que es capaz de prevalerse con premeditación y alevosía de las tendencias suicidas de otras personas para convencerlas de llevar a cabo tal acto, con el agravante de obligarlos a transmitirlo en vivo a través de las redes sociales para su propio disfrute, y también, para la aberrada complacencia de otros internautas enfermos como él.

El comportamiento criminal de William Melchert-Dinkel, ha debido ser castigado de forma ejemplarizante por el juez como un homicidio en su configuración plena o con la calificación más grave, ya que presenta el elemento moral, en el cual se deja ver el dolo o la macabra intención de matar en una forma descabellada; pero ante la imposibilidad material de causarle la muerte a sus presas, por encontrarse a kilómetros de distancia de ellas, ejecutaba todo un plan bien elaborado para verlos acabar con sus vidas. Es indudable, que este individuo es un potencial homicida que teniendo la oportunidad de matar por ahorcamiento a una persona, no dudaría en hacerlo, porque esa es su fijación obsesiva y principal estímulo.  

Es menester insistir, en que si bien en los casos antes planteados, los suicidas en forma voluntaria y violenta se quitaron la vida, lo que de entrada vacía de contenido la calificación de homicidio, en todo este entramado resultó indispensable el elemento moral del convencimiento arduo con ánimo de causar daño, planeado, engañoso y perverso que indujo a las víctimas a tomar la fatal resolución; por lo cual, no se puede hablar de que la decisión final fue totalmente voluntaria, sino que resultó como consecuencia directa de los señalamientos, frases y palabras que recibieron las personas de parte de William por medio del ciberespacio; entonces, no hay la menor duda de que no los auxilió o ayudó, sino que los asesinó.

En otras palabras y haciendo un ejercicio analógico, William es una suerte de “autor intelectual” de unos homicidios, en donde los “cómplices” que ejecutaron la muerte son los propios suicidas, y cuyo fútil e innoble móvil es el placer de la muerte en sí misma y no alguna desavenencia, enemistad, interés económico u odio hacia esas personas, lo que decididamente lo convierte en un ser despiadado, sin empatía, indiferente ante el dolor, el sufrimiento ajeno y que refleja una personalidad psicopática extrema.    

Las legislaciones penales del orbe deben considerar como graves los delitos existentes y castigarlos severamente, cuando se use la Internet como medio de comisión o como facilitador en la perpetración y continuación de los mismos, por cuanto atacar o amenazar a través de las redes, significa un protuberante retraso equivalente a todos los adelantos logrados por estas. Si bien, ha comenzado la búsqueda de una ética universal que regule el espacio virtual, con la propuesta hecha por el padre de la web Berners-Lee, para la elaboración de una “constitución global” que proteja a los usuarios, parece que por ahora esta idea es solo una tarea de soñadores.

 

Abogado|@luisriosescribe|luisriosescribe.wordpress.com

 

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