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Todavía nos falta escuchar muchas historias de venezolanos que han emigrado a diferentes latitudes del planeta. Sigue siendo un fenómeno inédito para el país; no teníamos cultura migratoria y ahora encontramos a venezolanos en cualquier parte del mundo. Los países con mayor recepción de nuestros migrantes son los latinoamericanos, España y Estados Unidos; pero la verdad es que, hoy día, los venezolanos están en los rincones más apartados de la tierra.

Hemos escuchado historias de emigrantes que nos llenan de profundo orgullo venezolano. Por ejemplo, gracias al talento y experiencia de técnicos venezolanos, la industria petrolera colombiana (ECOPETROL) ha elevado substancialmente su producción, superando la producción petrolera de Venezuela. También nos llena de emoción saber que nuestros médicos son reconocidos por su profesionalismo y mística de trabajo en Chile, Estados Unidos y Ecuador, constituyéndose en referencia de grandes centros hospitalarios. Las universidades norteamericanas están llenas de jóvenes venezolanos talentosos que superan el mejor promedio de los estudiantes de ese país. Esas son gratas noticias que proyectan el buen país que somos y que deseamos proyectar al mundo entero.

Dentro de la cotidianidad laboral, nos llegan datos que hablan muy bien del desempeño de los venezolanos. Son trabajadores a tiempo completo; lejos quedó la costumbre de mirar el reloj para salir del trabajo exactamente a la hora que culmina la jornada laboral, sin dar nada extra a la empresa. Son serviciales y con disposición para colaborar en lo que haga falta para optimizar el trabajo. Son capaces y quieren aprender para ser los mejores. En su inmensa mayoría son gentiles, bien educados y respetuosos, sin olvidar la camaradería que sólo los venezolanos somos capaces de ofrecer.

Pero indistintamente de esas buenas noticias, se manifiesta el dolor por haber dejado a su tierra, a sus familias, a sus afectos, a sus recuerdos. El nombre de Venezuela ronda permanentemente en sus corazones, convirtiéndose muchos de ellos en verdaderos ciudadanos que desde la distancia luchan para que la libertad y el progreso regresen pronto a su nación.

Hay otras historias llenas de tristeza y de angustia. No todo es color de rosa fuera de casa, a pesar de las fantasías que vemos por las redes. La verdad cierta es que son millones los venezolanos que literalmente han huido del país para evitar morirse de hambre; muchos de ellos no tienen ni idea del destino a donde se dirigen; sin planificación, sin la probabilidad siquiera de encontrar un empleo digno.  Van a la buena de Dios, esperando por un samaritano que no los deje perecer. De esa manera se van tejiendo las historias dolorosas de la diáspora venezolana.

En Colombia, por ejemplo, tienen plenamente identificado al migrante venezolano. Muchos de ellos viven en las calles, deambulando por las plazas; venden caramelos y café en avenidas y lugares públicos; limpian parabrisas y, lo más lamentable, algunos son pordioseros que piden limosnas para impedir que sus hijos mueran de hambre. Otras historias nos dicen que, en ciertas ciudades latinoamericanas, la delincuencia se ha incrementado con la presencia de venezolanos que se dedican a robar y a extorsionar en búsqueda de un dinero que no pueden o no desean ganarse decentemente. Estas historias nos hacen mucho daño, pues, empañan la buena imagen de la mayoría de los venezolanos, promoviéndose así la xenofobia que empieza a crecer peligrosamente en algunos países, especialmente, en Ecuador y Perú.

Sin duda, la diáspora venezolana es una de las consecuencias más dramáticas e inhumanas de la revolución del siglo XXI. El sufrimiento del emigrante es inconmensurable, dejando desprovisto al país del recurso humano y del talento profesional que con seguridad vamos a necesitar en la reconstrucción de la nación. Son innumerables las historias de ancianos que están solos porque sus hijos se fueron del país, conviviendo con sus recuerdos, tristezas y la esperanza de que algún día pueda hacerse realidad el añorado reencuentro familiar. Son muchos los niños que crecen sin la presencia de sus padres que tuvieron que huir del país. para buscar afuera el alimento que les permita sobrevivir la espantosa crisis en la que está sumida la infancia venezolana.

Ciertamente, los países receptores de nuestros emigrantes realizan esfuerzos importantes para tratar de mitigar sus sufrimientos y carencias; los programas sociales de los gobiernos, iglesias e instituciones filantrópicas se han incrementado substancialmente para atender a nuestros hermanos en el extranjero; muchas gracias por su invaluable ayuda. Ese gesto profundamente humano debe quedar por siempre en nuestras memorias, porque la gratitud es uno de los valores más excelsos del ser humano.

Pero, en honor a la verdad, la diáspora no se detendrá hasta tanto los venezolanos podamos celebrar el final de la usurpación del régimen madurista. Una vez que eso suceda, con seguridad serán millones los que regresen al país, aliviando la pesada carga que han generado a los gobiernos de las naciones receptoras. Sólo con un gobierno de transición podremos normalizar el flujo migratorio venezolano; de seguir Maduro en el poder, la diáspora se incrementará de manera alarmante poniendo en peligro la normalidad y estabilidad de la región.

Dios permita que las dolorosas experiencias que nos deja la diáspora se transformen en condiciones favorables para los migrantes y refuercen el amor entrañable por la tierra de la que huyeron, a la que más temprano que tarde retornarán para reunirse con sus familias y contribuir con el reto gigantesco de reconstruir a Venezuela.

 

@EfrainRincon17|Profesor Titular Emeritus de LUZ 

 

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