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Entró al despacho. A esa hora el ministro Rodríguez no había llegado con el resumen de noticias  que le daba todos los días. Mejor así, de las cosas que daban cuenta las noticias ya estaba enterado de todas.

Ahora tenia conciencia que con ellos el país había perdido la oportunidad que alguna vez tuvo. De pronto había adquirido conciencia que él y, antes, Hugo Chávez, se la habían robado y una ola de amargura inundó su corazón, guardó un silencio sepulcral, cuando su mujer lo llamó para el desayuno y, solo pensó que el país se desmoronaba a sus pies y se sentía solo llorando entre los escombros de lo que ellos habían destruido. Desesperanzado, abrumado y desolado se sentía como si proviniera del sobaco de Cristo.

Rodríguez entró sin tocar, se le veía mortificado por la actitud sombría de Maduro. Ver las arrugas en su frente y el pelo entrecano los preocupó mucho mas, pues Maduro lo primero que hacía al levantarse era llamar a su estilista para que le lavara el pelo con romero del huertecito que estaba en el patio del palacio y que se lo pintara con Biguene.

-Que pasa, preguntó el ministro. Nada, le dijo Maduro y continuó: Solo que he estado pensando, interrumpió lo que iba a decir y se desplomó en una de las butacas de su despacho y entonces dijo, como si se lo dijera así mismo: el país,… el país, se repetía y entonces, lloró y mirándolo le dijo:  ya sé la verdad, nosotros jodimos a este país, esa es la verdad y nos guste o no nos guste, aunque la verdad sea fea, brutal, sucia y amarga, esa es la verdad: nosotros jodimos este país.

Rodríguez lo enfrentó y gritándole le dijo que si andaba con esas pendejadas moralistas a estas alturas del partido que renunciara y que le dejara el poder a uno de ellos que ellos si estaban dispuestos a echarles bolas a lo que fuera.

Maduro, lo miró, las arrugas estaban cada  vez más pronunciadas, las ojeras le cogían media cara y musitó bajito, pero Rodríguez lo escucho y lo miró asustado, cuando Maduro dijo, casi entre dientes: haré algo mejor.

Entró al baño se lavó la cara y se mojo el pelo y salió a donde lo esperaba su mujer en la mesa con el desayuno: Seis panquecas, cinco salchichas tipo italiano con hinojos, tres huevos estrellados con el amarillo flojito, seis rodajas de pan blanco, seis lonjitas de tocineta, mermelada de fresa, un termo de café con leche y una jarra de jugo de naranja.

Su mujer se alarmó mucho más que el ministro Rodríguez, cuando Maduro le dijo: Cilita, amor, no tengo apetito. Allí debieron sonar las alarmas, pero Cilia, que estaba preocupada porque sus sobrinos habían decidido no escribirle más pues se sentían abandonados tenía la cabeza en Nueva York.

La reunión del consejo Federal de Gobierno, con todos los ministros, gobernadores y miembros de la FANB estaba a punto de comenzar en el salón Sol de Perú, solo esperaban por él.

Llamo al ministro de defensa y le dijo: esperen 10 minutos que voy al baño. Entró a la habitación, estaba decidido  a ausentarse, borrarse si así puede decirse, enfrentarse a su propia ruina. Se sentó en la ancha cama, acarició el arma que le habían dado para que defendiera la revolución en los terribles días del abril de Puente Llaguno, con lágrimas en los ojos pensó en su mujer y en su hijo y pensó que nadie podría consolarlos ante la devastadora realidad de la muerte de los seres que más se aman. Puso el cañón de su arma en la sien derecha y acabó con su vida.

El terrible ruido que hizo la puerta al ser cerrada con violencia sin intención por parte de su mujer, lo despertó. Estaba sudando, se levanto de un brinco, se agarró la cabeza, busco en las paredes si había salpicadura de lo que quedaba de su cerebro. Su mujer lo miraba extrañada y le pregunto que le pasaba y él le dijo: que pesadilla tan arrecha he tenido Cilita, no sé cómo Alan García pudo hacer semejante vaina.

 

@RojasyArenas

 

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