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Cuando un régimen, como el de Nicolás Maduro, basa sus pírricas victorias en el sufrimiento y en la muerte de sus conciudadanos, estamos frente a una tiranía cuya crueldad no tiene límites, pues, su vocación genocida es la única opción que tiene para mantener el poder usurpado.

Lo que vimos el pasado 23 de febrero no nos debe sorprender a los venezolanos; la represión y la violencia se han convertido desde hace tiempo en el guion de este régimen delincuente y forajido, que al sentirse perdido recurre a la fuerza para esconder la debilidad que lo persigue como una sombra. Los que sí debieron sorprenderse son algunos actores internacionales que, escudados en una neutralidad cómplice, todavía abogan por un diálogo con el régimen para resolver el conflicto venezolano. La alta comisionada para los derechos humanos de la ONU, ex presidenta Bachelet, bastante parca en sus declaraciones, ha manifestado su repudio por la violencia del régimen que no sólo impidió el ingreso de la ayuda humanitaria sino, lo que es peor, incendiaron tres gandolas con alimentos y medicinas destinadas a aliviar el sufrimiento de miles de venezolanos, cometiendo así un delito de lesa humanidad. Ante los ojos del mundo, el peor rostro del régimen quedó desnudo; quienes dudaban de semejante atrocidad, allí están los resultados, sumado a las palabras de la señora Delcy Rodríguez que textualmente afirmó, “ayer solamente vieron un pedacito de lo que nosotros estamos dispuestos a hacer”. Como dirían los abogados, “a confesión de partes relevo de pruebas”.

Dentro de un escenario polarizado como el que actualmente caracteriza a Venezuela, tendríamos que admitir, entonces, que en los sucesos acontecidos durante los días 23 y 24 de febrero, existe un ganador y un perdedor. Si escuchamos solamente las declaraciones del usurpador y de su camarilla, ellos ganaron ese round con un costo que hará más difícil su salida pacífica del poder, aunado al creciente repudio mundial por semejante crueldad. El régimen está agotando aceleradamente cualquier proceso de negociación que permita el cese a la usurpación y la conformación de un gobierno de transición; todo parece indicar que escogieron el camino de la violencia y la radicalización; están dispuestos a matar e incendiar el país para mantenerse en el poder. Ello traería consecuencias funestas para el régimen, las cuales repercutirán en la población venezolana. Pero créanme, esa supuesta victoria es el presagio de una derrota contundente y definitiva, porque nunca la crueldad ha sido aliada de victorias permanentes en el tiempo.

Por otra parte, es conveniente decir que el “supuesto derrotado” por el régimen -el pueblo venezolano dirigido por el presidente encargado Juan Guaidó-, no ha colocado todas las piezas del ajedrez; perdiendo hemos ganado porque el juego apenas comienza con el apoyo contundente de la comunidad internacional, más comprometida que nunca con el rescate de la libertad y la democracia en Venezuela, entendiendo que todas las opciones para resolver la crisis están sobre la mesa. Con un pueblo movilizado en la calle que clama libertad y justicia, y que no está dispuesto a seguir sufriendo esta tragedia humana impuesta por el régimen usurpador, a pesar de una aparente desesperanza después del 23-F. Con una fuerza armada que no termina de dar el paso final pero que, sin duda, está experimentando un quiebre progresivo en sus estructuras de mando que afianzan el debilitamiento del régimen. No por casualidad el régimen ha echado mano de colectivos, presidiarios, guerrilleros colombianos y toda suerte de organizaciones irregulares para defender a la revolución; la lealtad de las fuerzas armadas al régimen está a prueba.

A pesar de las dificultades, no es el momento de lamentaciones y de frustraciones, a pesar de la legitimidad de esos sentimientos. Todos queremos salir cuanto antes de esta tragedia inhumana e injusta, pero la política no nos provee de soluciones mágicas e inmediatas, especialmente, en el combate contra un régimen que por espacio de veinte años destruyó la institucionalidad republicana del país; pulverizó la economía nacional transformándonos en la nación más pobre de la región; propició el éxodo de casi 4 millones de compatriotas que literalmente fueron obligados a huir de su tierra; permeó en las entrañas de la sociedad el cáncer de la corrupción y de la impunidad; inoculó el germen del odio y la división social; desarticuló y desinstitucionalizó a las fuerzas armas; y, violó la soberanía nacional al permitir que la inteligencia cubana se convirtiera en el verdadero gobernante  de Venezuela. Por si fuera poco, este régimen ha mantenido relaciones directas y muy lucrativas con el narcotráfico, se alió con el terrorismo internacional y abrió las fronteras de Venezuela para que fueran usadas como aliviadero de la guerrilla colombiana.  Apreciados lectores, ¿les parece poco todo lo que este régimen ha hecho durante dos décadas?; tanto daño que podríamos calificarlo desde ya como la peor desgracia que hemos soportado los venezolanos en toda nuestra historia republicana.

Pues bien, con esa realidad nos estamos enfrentando una vez más, pero ahora en condiciones mucho más favorables y alentadoras que antes. Hemos avanzado muchísimo en apenas un mes. Hoy existe plena convicción internacional que Maduro es el usurpador del poder en Venezuela; que el régimen es asesino y violador confeso de los derechos humanos. Hoy existe una clara visión que el régimen de Maduro se constituye en una amenaza para la seguridad y la estabilidad de Latinoamérica y de otros países democráticos del planeta.

La estrategia de los factores democráticos venezolanos se mantiene incólume; con el pasar de los días se acrecienta la presión internacional, así como la esperanza de un pueblo que se resiste a vivir en esclavitud, pobreza y rodeado de muerte. La comunidad internacional, especialmente Estados Unidos, Colombia y Brasil, están comprometidos con la libertad de Venezuela; no nos dejarán solos y harán todo cuanto puedan para liberarnos de esta tragedia. Seguramente vendrán días muy difíciles, en el que nos invada la incertidumbre y la desazón por no haber alcanzado el objetivo. Tengamos fe porque estamos frente al quiebre inexorable de un ciclo histórico para dar paso a uno nuevo, en el que los venezolanos podamos vivir por siempre en libertad, con seguridad y con bienestar para todos.

Venezuela está sufriendo un parto doloroso, pero más pronto que tarde disfrutaremos de la alegría que nos acompaña el nacimiento de una nueva vida, el nacimiento de una nueva Venezuela que con el trabajo fecundo de sus hijos la haremos grande como siempre la soñamos.

 

@EfrainRincon17|Profesor Titular Emeritus de LUZ 

 

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