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Empeñado en hacerse llamar presidente, un personaje de dudosa procedencia pretende seguir condenando a muerte, por hambre o enfermedad, a millones de venezolanos que claman por derechos reiterada y empecinadamente negados por el Estado que los vio nacer.

Ni siquiera hoy, cuando la creolina o el kerosene se han convertido en la opción terapéutica para cientos de adultos y niños, se les permite a los ciudadanos una atención medianamente digna que tampoco sería financiada por quienes aún fungen como gobierno.

Se trata de la ayuda humanitaria, ésa de la que se viene hablando desde hace rato, pero que está varada en media docena de puestos fronterizos, y que representa la promesa, la mano solidaria que les devuelva la esperanza en la vida.

A ellos no les interesa quien encarne esa mano amiga, de dónde venga ni qué intenciones traiga. Solo les importa que, tras el desdén con el que han sido tratados durante años por quienes se han hecho llamar gobierno, esa solidaridad es su única esperanza de vida en lo inmediato.

Es lógico que lo piensen, si ya se cuentan por miles los venezolanos que han dejado su último aliento por obra del hambre o de un montón de padecimientos que habrían sido completamente curables si tan solo se hubiese dispuesto de la atención oportuna, la cual, por cierto, tampoco llegó tardíamente.

Y es que la medicina en Venezuela, otrora orgullo de los nacionales de este país, tiene más de medio siglo de atraso, no sólo porque en veinte años no logró avanzar ni un palmo, sino porque lo que se había logrado en progreso, fue destruido por el desprecio, la indolencia, la maldad o… todas las anteriores, de quienes tenían la responsabilidad de garantizar un derecho humano irrenunciable.

Lo cierto es que, sólo a título de ejemplo, desde el Programa de Ayuda Humanitaria para Venezuela, cuentan que en el oriente del país están añadiendo cuatro gotas de creolina al agua que consumen los enfermos de malaria para completar el tratamiento, mientras que para los parásitos en niños se usan las mismas cuatro gotas, pero de kerosene, recurso terapéutico inaceptable para un país repleto de recursos humanos y naturales.

Ni hablar de las penurias y angustias de los enfermos con cáncer, de quienes deben ser sometidos a diálisis periódicas, los desnutridos, los afectados por enfermedades infecto-contagiosas y hasta apendicitis, uno de cuyos afectados murió esta misma semana porque, tras un recorrido por cinco hospitales, no encontró donde ni como ser operado.

Como estos casos hay miles de historias, diarias y dolorosas, en un país donde la ayuda debe llegar clandestinamente, porque quienes tienen el monopolio de las armas amenazan con utilizarlas para impedir que millones de venezolanos sigan viviendo.

Y aunque, según reportan algunos medios digitales, el Presidente interino anunció el ingreso de un lote de esa ayuda, aún falta mucho para paliar las necesidades de los más urgidos. Y no es justo depender de las miserias personales de quienes apelan a la “dignidad y autonomía patria” para negarle la vida a sus connacionales, porque entregar solidaridad no puede ni debe ser una actividad clandestina.

En ese contexto, si algo parece retratar esa miseria humana es el mensaje transmitido desde una emisora canaria: “Hay 12 niños que han muerto y otros tantos que aguardan infame turno, hay dos camiones cruzados, paredón de la vergüenza, que impiden que el camión humanitario, repleto de compasión y lástima, pueda llegar hasta el hambre y salvar algunas vidas que se apagan sin remedio, ante el aullido de madres que gritan su impotencia. En el puente de Tienditas hay dos vagones cruzados, dos muros de soberbia y cobardía, que un tirano ha colocado para que la vida de los niños se apague con el hambre que tendría solución si dejaran pasar a esos camiones piadosos, conducidos por organizaciones que ponen parches a la soberbia de los tiranos. Cuando importa más la soberbia que la vida de los niños, el monstruo queda desnudo, aunque los espadones que le acompañan y que han manchado el honor que juraron, cuando aún no estaban corrompidos, se intenten convencer de que las peludas garras y las fauces sanguinolentas, son apacibles patas y mandíbulas de cordero…”.

 

@YajaHernandez|Periodista|Profesora universitaria

 

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