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EFRAÍN RINCÓN|Desobediencia cívica en millones

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Lo que sucedió en Venezuela el domingo 16 de julio fue la demostración más impresionante de desobediencia cívica que se haya visto en América Latina y, probablemente, en el mundo entero. Ese día, millones de venezolanos reiteramos el espíritu cívico y democrático que nos caracteriza y la voluntad indoblegable de lucha por la libertad de nuestro país.

Fue una manifestación multitudinaria, extraordinaria y ejemplarizante. El país se movilizó espontáneamente, a pesar de las amenazas de un régimen que hace uso del miedo y del chantaje para mantener el minúsculo apoyo popular del que alardea. Atrás quedó la idea que no seríamos capaces de organizar semejante hazaña en apenas tres semanas. La organización de la consulta popular fue impecable, nada que envidiarle a los procesos comiciales celebrados en países desarrollados. Demostramos que los venezolanos nos crecemos en las dificultades, convencidos que la expresión libérrima de nuestra opinión es un ingrediente poderoso para la solución de la espantosa crisis que estamos viviendo.

A pesar que la consulta popular del 16-J no puede ser concebida como un proceso comicial tradicional, ese día los venezolanos revocamos a Nicolás Maduro y rechazamos mayoritariamente la constituyente comunal. El 14 de abril de 2013, Maduro ganó la presidencia con 7.587.579 votos y la Consulta Popular alcanzó  7.676.894 voluntades, resultado suficiente para revocarlo en caso que hubiésemos celebrado el referéndum. Lo que pretendieron esconder en octubre del año pasado, quedó en evidencia el domingo 16-J. El régimen no tiene pueblo, ni fuerzas ni músculos, para ganar una elección en condiciones donde prevalezca la normalidad institucional. Ese día rechazamos categórica y mayoritariamente la ANC; nos opusimos a esa locura que el régimen quiere imponernos con el objetivo de perpetuar en el poder un modelo político que destruyó al país y sumió a los venezolanos en la más grande miseria que nunca antes habíamos vivido.

El pueblo se expresó multitudinariamente, haciendo uso de un mecanismo constitucional que le otorga legitimidad a la protesta y a la desobediencia cívica que, amparadas en el artículo 350, nos convoca a desconocer a la tiranía que pisotea la libertad que consagra la democracia. Nos hicimos oír con fuerza en el mundo y ahora la causa de la libertad tiene más amigos a montón. La respuesta internacional es expresión que la crisis venezolana dejó de ser un problema local para convertirse en preocupación mundial. Hoy más que ayer los ojos del mundo están puestos en Venezuela.

El 16-J, los venezolanos reiteramos el deseo de solucionar la crisis pacífica y electoralmente. No tenemos armas ni balas, no creemos en la violencia que pueda desembocar en una guerra fratricida que aumenten los sufrimientos y angustias de los venezolanos. La desobediencia cívica no puede ser interpretada como el comportamiento violento de la sociedad, sino como una  la posición firme y legítima de millones de venezolanos en contra de un poder que viola nuestros derechos fundamentales y secuestra la libertad, la armonía y la sana convivencia social. Frente a la imposición del régimen, tenemos la obligación política y moral de desobedecer la tiranía.

Ahora, ¿qué va a pasar después del 16-J? Definitivamente el caso venezolano es un hecho inédito. No me cansaré de decirlo. Hemos hecho todo cuanto está permitido legal y constitucionalmente para que el régimen abandone la arrogancia y permita que los venezolanos vivamos en paz; sin embargo, observamos que las voces radicales del régimen, empezando por Maduro, Adán Chávez y Cabello, hacen caso omiso del 16-J y amenazan con usar las armas de la República para asesinar a los opositores; o, que nos muramos de hambre porque la revolución se mantendrá contra viento y marea.

En el fondo esas declaraciones desnudan la terrible debilidad del régimen. Tienen armas, instituciones genuflexas, vocación autoritaria y delincuencial, pero no tienen pueblo ni razón. Ellos son un error en la historia de este país; representan el lado más obsceno, inmoral y grotesco de la sociedad venezolana; ellos son la barbarie y todo aquello que nos llena de profunda pena y vergüenza como país decente. Sin embargo, por ahora, tienen el poder y, por tal razón, la mayor responsabilidad para contribuir con la solución de la crisis del país o, por el contrario, terminar de hundirnos en el estiércol de la pobreza, la indignidad y la tiranía.

Democracia y progreso o tiranía y miseria. Allí están las dos opciones que tenemos los venezolanos. La consulta del 16-J es la defensa popular de la primera opción. En consecuencia, en honor a los 7.676.894 venezolanos que manifestamos nuestra voluntad de cambio el 16-J, estamos comprometidos a seguir luchando por que la democracia y la libertad sean una realidad en Venezuela. Ello implica hacer uso de la política en grande, no del voluntarismo ni la impulsividad radical de ciertos grupos que desean que Maduro se vaya mañana. Ese es el deseo de más del 80% del país, pero las cosas deben hacerse bien para que terminen bien. Ello supondría incorporar en esta lucha ciudadana la palabra negociación, asumiendo los riesgos que esto supone. También implica tomar decisiones responsables, patrióticas y de largo alcance –no sólo ver el presente sino también el futuro-, a pesar que unos pocos satanicen una negociación con el régimen, porque lo que no debemos permitir es que ellos continúen desangrando el país a expensas de nuestro dolor.

Es el momento de hablarles claro a los venezolanos. El discurso opositor debe plantear los pro y los contra de una negociación; qué cosas debe ceder el régimen y cuáles los demócratas, a fin de aligerar el fin de esta tragedia que amenaza con consumirnos por completo. En este sentido, es crucial insistir para que la comunidad internacional presione al gobierno para que retire la ANC y muestre señales claras de sentarse para negociar una salida de Maduro. Es vital conversar con los factores del chavismo democrático, incluyendo al estamento militar para que, desde la óptica de una política racional, pueda frenarse la locura constituyente y dar pasos firmes hacia la conformación de un gobierno de transición y de unidad nacional, fiel representante de la pluralidad que por mucho tiempo existió en el país.

Hagámosle caso a la inteligencia y a la racionalidad política. Hagamos esfuerzos para vencer la llamita anárquica que todos tenemos en el alma. Lo más importante es el país y, por ende, el presente que garantice un futuro que nos conduzca a una sociedad normal, libre y democrática. Nosotros tenemos la razón, los votos, el apoyo internacional, el amor por la libertad y la democracia; nosotros somos los nuevos libertadores de esta patria; por tales razones, anulemos el sentimiento de revancha y exclusión que impida que nuevos aliados se suman a esta lucha existencial. Construyamos puentes y hagamos lo que debemos hacer, evitando el derramamiento de más sangre inocente y el hambre de nuestra gente, para que Maduro pueda irse y nos quedemos los demócratas para iniciar la construcción de una mejor Venezuela. Convirtamos esta desobediencia cívica millonaria en la mejor arma para lograr la negociación que más nos convenga a todos los venezolanos.

 

@EfrainRincon17|Profesor titular de LUZ

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