Verdades y Rumores| Diario Digital de Interpretación y Opinion

DE INTERÉS

SAINETE EN CÁPSULAS|En la búsqueda de un pueblo para la libertad

ANÁLISIS PAÍS|Una nueva fractura afecta a la oposición venezolana

NOTAS LIBERTARIAS|Ley o garrote

SIN ANESTESIA|Jugando con la esperanza

ANTONIO CASELLA ¿Negociar? Si

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on email
Email
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on telegram
Telegram

Solo la democracia ofrece reglas claras para la confrontación política. Las dictaduras son en esencia la inexistencia de reglas para la convivencia dentro de la diferencia. La experiencia de otros países indica que la confrontación pura y simple a estos regímenes y a diversas formas políticas tiránicas las más de las veces produce resultados inesperados y,  generalmente, no deseados. Para éstas toda disidencia es considerada enemiga y, por consiguiente, debe ser destruida; la violencia y la imposición le son consustanciales. Y esa violencia posee una tendencia a la escalada: a mayor resistencia de la población mayor la violencia estatal. Lo contrario también es un dato a tener en cuenta: el aumento de la violencia estatal incrementa la posibilidad del uso de la fuerza por parte de los que la adversan.

Entrar en esa vorágine de violencia y de pasiones desenfrenadas solo sería conveniente para la cúpula que gobierna, la cual crea y se recrea en la violencia. Es aquí donde entra la negociación; la considero un espacio más de la lucha política, que no necesariamente es contradictoria con otros espacios y que puede generar logros que de otra forma no se obtendrían y evitar desastres que otras formas de lucha no podrían.

A veces, conversando con amigos y conocidos, expreso mi opinión más compacta y sintética sobre la posible negociación entre los demócratas y el gobierno, les digo: ojalá alguien esté negociando o, por lo menos, creando las condiciones para que esto se produzca. Por supuesto, esa posición genera reacciones adversas, agresivas en ocasiones, cuestión que me parece que no carece de cierta razón.

Los antecedentes obligan a la prudencia en esta materia. Tanto Chávez como Maduro han invocado y utilizado el diálogo y la negociación como un artilugio político para darse tiempo y avanzar en, o recobrar, posiciones. Agreguémosle a ello los errores cometidos por la oposición a finales del 2016 y el coctel está servido para la duda y la desconfianza y, en algunos casos, para la negativa más rotunda.

Sin embargo, la oposición organizada ha recobrado parte de los apoyos perdidos en 2016. La ciudadanía movilizada en contra del gobierno es de una fuerza y decisión considerables. La popularidad del gobierno ha caído enormemente (por cierto, esto parece hacerlo extremadamente peligroso). Sectores del propio chavismo se han venido sumando a la lucha en contra del gobierno. La comunidad internacional comparte la tesis de que este no es un gobierno democrático y ha mostrado disposición de participar en la búsqueda de una salida.

¿Sería necesario abandonar la calle, la protesta, la consulta ciudadana ante la posibilidad de entablar negociaciones con el gobierno? La respuesta es un claro y diáfano no; es obvio que eso sería un error que sería utilizado por el gobierno para seguir avanzando en sus propósitos. ¿Los posibles acompañantes internacionales de las negociaciones serían los mismos actores del 2016? No; estos deberían gozar de la confianza de las partes o por lo menos deberían ser escogidos a partir de un método diseñado para tal fin. ¿Los actores que se sentarían a la mesa serían los mismos del año 2016, es decir, MUD y gobierno? Pienso que no, ha aparecido en escena un nuevo actor, la disidencia chavista, e imagino que esta no se sentiría adecuadamente representada por ninguno de los otros dos actores; adicionalmente, si este nuevo actor se sienta en una mesa de negociación abriría un cauce para que importantes sectores chavistas que hasta ahora no se han manifestado en contra de la ruptura del orden constitucional ni de la amenaza constituyentista, así lo hagan.

Cuál o cuáles serían las exigencias que a esa mesa de negociación llevarían los demócratas. Por supuesto, el retorno a la democracia y al estado de derecho. Ahora bien, eso tiene varias lecturas, una es la renuncia de Maduro y sus seguidores, la instalación de un gobierno de transición y la convocatoria a elecciones generales en un tiempo prudencial. También podría significar, la suspensión inmediata de la convocatoria inconstitucional a la constituyente, la escogencia de nuevos magistrados del TSJ y de nuevos rectores del CNE, el respeto absoluto a las competencias de la Asamblea Nacional y el Ministerio Público, la liberación de los presos políticos, la creación de una Comisión de la Verdad creíble y avalada nacional e internacionalmente que investigue los casos de violación de los derechos humanos y convenir un cronograma electoral. Cualquiera sea la interpretación, habría que agregar la apertura del canal humanitario y con urgencia la formulación de una política económica alternativa, porque, de lo contrario, el agravamiento de las condiciones de vida de la población pudiera atentar contra los propios acuerdos que se lograsen.

Por último, ¿cuándo sentarse a negociar? Aquí solo debo decir que si no se discute, si no se habla abiertamente de ello y se vence cierto temor a ser etiquetado de traidor o vendido o blandengue, no se comenzará jamás. Mientras más tarden los actores políticos en hacerlo, la probabilidad de que la lógica de la violencia nos alcance a todos se incrementa.

 

@acasellam|Politólogo|Profesor de LUZ

¡SUSCRÍBETE! La información de alto valor estratégico es una inversión para lectores inteligentes…

ACEPTAR TODAS LAS COOKIES    Más información
Privacidad