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La era de despojos por la cual transita la patria venezolana también arrasó el miedo. Quedan rastros, inevitablemente, de temores profundos a la inseguridad, al hambre y, sobre todo, a un futuro incierto. Pero ya NO a quienes escogieron el terror y la represión como forma de gobierno.

Para muestra están los ya incontables botones esparcidos en varios estados del país, no solo en sus capitales, también al interior de esas ciudades y de sus numerosas veredas, calles y avenidas que hoy están incorporadas a la protesta.

El miedo paralizante está desapareciendo, a pesar de los uniformes, las motos, las bombas, los perdigones y hasta las balas. Los muchachos, y también los menos jóvenes, parecen estar dispuestos a resistir en busca de un futuro ahora esquivo, ante un presente que amenaza su estómago, su bolsillo y hasta la vida misma.

Resisten porque Venezuela se está cayendo y se le está viniendo encima a todos y cada uno de quienes en ella habitan, y porque hay una generación decidida a detener la demolición de la patria.

Y es que mientras se gestaba el desmadre, crecía un nuevo venezolano sin que  nadie lo sospechara.

Cuando se incubaban los temores por el adoctrinamiento hacia una “cultura” semejante a la que dolorosamente exhibe “el mar de la felicidad” (que a no dudar existe: el aleccionamiento, claro está), crecía, calladita, una generación tatuada por la herencia de la libertad, legada por abuelos demócratas y valerosos, que irrumpió en 2014 con la fuerza de la dignidad y la decisión de apropiarse de su destino.

De nada han valido las bravuconadas de quienes duermen plácidamente en las noches de insomnio venezolano, ni los zarpazos traidores de los que, armados hasta los dientes, pretenden disuadirlos de su ilusión de verdadera patria, tampoco los ruegos llorosos de padres angustiados ni de parejas enamoradas. Nada ha sido suficiente. Y todo parece indicar que no lo será, porque cuando la apuesta es por el futuro, el decoro no conoce límites.

Lo hacen apelando a la desobediencia que les consagra la misma Constitución tantas veces esgrimida, otras tantas violada y ahora miserablemente amenazada por quienes la promovieron, sin que nada haya sido suficiente para disuadirlos.

Por eso se están convirtiendo en la verdadera esperanza en el todavía joven siglo XXI, en tanto son semilleros de una dignidad fundamentada NO en un adoctrinamiento odioso y vergonzoso, como al que han sido sometidos muchos de sus congéneres, sino a fuerza de observación y de anécdotas.
Porque ellos quieren vivir en el país donde crecieron sus padres, un país que miraba hacia el futuro y el progreso, y no al devenir de oprobio hacia donde una caterva de incapaces y corruptos pretende conducirlos

Esa es la apuesta del venezolano que nació, creció, se hizo adolescente y nadie se dio cuenta… hasta el Día de la Juventud de 2014.

Desde entonces mucha sangre ha corrido por las calles de Venezuela, pero no se detienen en su irrenunciable decisión de vivir en libertad. Y hoy, tres años después, ese esfuerzo parece estar potenciado, a pesar de los insultos, las descalificaciones, las lacrimógenas o la letalidad de los proyectiles. A pesar de las bravatas, los barrotes, las torturas o la justicia militar. Nada ha impedido que mantengan intacta su dignidad ante la opresión. Nada ha permitido que se dobleguen ante la infamia.

Impetuosos y decididos, lucen, como si fuera un tatuaje, los ropajes de aquellos que libraron la independencia de otro yugo, en fehaciente demostración de que la genética es inequívoca.

Los gochos irrumpieron ataviados de Miranda, El Precursor… El Negro Primero, con su coraje y lealtad, está en cada gesto de una juventud urgida de libertad y dispuesta a hacerse de su propio futuro… Páez, El Centauro del Llano, guerrero irrenunciable, se hace presente en cada acción, temerarias algunas de ellas, pero definidas en sus propósitos… Y en casi todos habita un Urdaneta, El Brillante, el estratega, gracias a cuyo ingenio se lograron infinidad de triunfos en las batallas libertadoras.

Las estudiantes, las madres, las amas de casa, las trabajadoras, honran a Luisa Cáceres de Arismendi, personificando su propio temple. Mientras no pocas jóvenes, universitarias muchas de ellas, optaron por rendirle honores a la altiva e impetuosa Ana María Campos

Tal como lo hicieron esos caídos, que arrugan el alma, cuando prefirieron el riesgo de la inmolación, dejando su vida en el camino, por una patria en peligro, al estilo de Antonio Ricaurte en San Mateo, cuya existencia se apagó en un polvorín.

Todos ellos, al igual que hace más de dos siglos atrás, enfrentan la brutalidad de serviles y despiadados uniformados. Y en muchas de sus batallas, incluso las presentes, luchan contra un extranjero y sanguinario Boves, aunque el de hoy carezca de la valentía del Urogallo.

¿Y Bolívar?, se preguntarán… No, bolívar no, está muy devaluado.

 

@YajaHernandez|Periodista|Profesora universitaria

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