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Cada vez es más frecuente ver en Venezuela, conductas que se alejan del ideal de una convivencia pacífica y racional, sobre todo en quienes tienen la responsabilidad de ejercer, o bien aspiran, la conducción política del país.  La polarización de nuestra sociedad ha llegado al extremo de ponerse en práctica la persecución y eliminación física de quien piensa distinto: hay quienes se creen dueños de la verdad y tratan de imponerse por considerar que el otro es un ser enajenado y sin derechos.

La situación no es muy distinta a la que vivimos recientemente en los años 60 y 70 del siglo pasado: los grupos de izquierda que pretendían asumir el control político del país fueron perseguidos por los representantes del bipartidismo (AD-COPEI), lo que suscitó una respuesta violenta por parte de aquellos y, en consecuencia, la política como puente para el entendimiento fue borrada del escenario nacional. El resultado de esta tensión partidista e ideológica no pudo ser otro que un número indeterminado de víctimas, en su mayoría producto de la violencia que provenía del Estado. Hoy, los actores políticos se ubican en planos diferentes: el Estado es controlado por quienes dicen ser representantes de la izquierda, y desde esta posición desconocen a sus adversarios, hasta el punto de ejercer sobre ellos la violencia, con un alto grado de responsabilidad en parte de las muertes acaecidas en las protestas de los últimos meses.

¿Cuál es el origen de esta lamentable situación? Podemos precisar que la respuesta a esta interrogante se encuentra en nuestra historia, tanto aquella que heredamos del pasado como la que estamos haciendo en el presente. Quienes actualmente ocupan las instituciones del Estado venezolano, repitieron e incluso profundizaron los dos grandes errores de sus antecesores puntofijistas: mantuvieron la dependencia estructural del país en relación con el rentismo petrolero, sin echar las bases de una economía productiva que sirviera de soporte a la inversión social; a la par, dieron rienda suelta a la corrupción, la cual avanzó y penetró en todos los ámbitos de la vida nacional, sin una respuesta política contundente que impidiera la complicidad y la impunidad.

Estas circunstancias de naturaleza histórica llevaron al descalabro de la actual dirigencia nacional, la cual se encuentra atrapada en su temor de perder el poder, a tal punto que ha renunciado al ejercicio de la política en el marco de la democracia. En efecto, la negación del adversario y la imposición de una Asamblea Nacional Constituyente al margen de lo contemplado en la Constitución, no son expresiones de un orden democrático.

Ante una crisis de esta magnitud, que trasciende el hecho político y desestabiliza las condiciones económicas y sociales de Venezuela, es imperativo el ejercicio de la sensatez. La política de la sensatez es una manera de expresar la voluntad que debe existir en todos los planos de la vida nacional, especialmente en el plano político, de reconocer a quien piensa distinto, a aquel que tiene la pretensión de llegar o de mantenerse en el poder. Las pasiones, el odio, la desconfianza hacia el otro, deben canalizarse lejos del ejercicio de la fuerza; optemos por la negociación como vía para una convivencia en la que nadie tiene por qué renunciar a sus convicciones ideológicas, pero si es necesario desechar todo tipo de absolutismo: una Constituyente para aferrarse al poder, o una salida inmediata del actual gobierno.

La política de la sensatez también implica ponernos de acuerdo en relación con las decisiones que han de tomarse para sacar a Venezuela de su crisis moral e institucional. Nuestro problema va más allá de un conflicto político o de un desbarajuste económico: nos encontramos en una etapa de decadencia, de postración nacional, que exige de un proyecto nacional a ser implementado en consenso.

Pongamos en práctica la política de la sensatez y habremos salvado a Venezuela de su destrucción. Sólo los insensatos recurren a la guerra, al desconocimiento de la Constitución y la democracia. La patria merece un futuro de paz, sin dogmatismos o imposiciones ideológicas. Incluyamos, sumemos, respetemos el verdadero ejercicio de la política, en una palabra, seamos sensatos.

 

@ReyberParra1|Historiador|Profesor de la Universidad del Zulia

Militante de PUENTE

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