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Los venezolanos queremos un cambio pacífico, constitucional y electoral para salir de la profunda crisis que vivimos. Esa aspiración mayoritaria se concreta a través del voto, derecho fundamental consagrado por los sistemas democráticos. Sin el voto libre y universal, resulta imposible cambiar el rumbo político que permita rescatar la democracia y la reinstitucionalización de la República.   En términos sencillos, aunque incomprensible para el régimen, la crisis puede resolverse si se nos permite votar, con normas absolutamente apegadas a la Constitución a través de elecciones libres y equitativas, para expresar nuestra opinión en torno a la elección de un nuevo gobierno o, por el contrario, el mantenimiento del actual régimen político, pues, la tragedia venezolana no es producto de la actual constitución sino del régimen político imperante.

Esa es la razón que sigue motivando a millones de venezolanos a rebelarse con protestas diarias en las calles de la nación; también es el ideal que inspiró a decenas de jóvenes vilmente asesinados por las fuerzas represivas del régimen. En circunstancias normales, la aplicación de la Constitución sería suficiente para aliviar el dolor y la miseria que esparcen la violencia e incapacidad de un gobierno que escamoteó las esperanzas de un pueblo que aspira vivir en libertad y en paz.

Sin embargo, el régimen se niega a escuchar el clamor popular y presenta como solución la convocatoria a una Asamblea Constituyente Comunal, con lo cual se agrava la crisis, pues, representa la antítesis de la soberanía popular materializada a través del sufragio. Nicolás Maduro, irresponsablemente aferrado al poder, ha presentado unas bases comiciales para esa Constituyente que violan flagrantemente la Constitución. Pretende abolir la universalidad del voto, implementando una elección sectorializada a la usanza del fascismo puro. La pretensión del régimen es ganar la mayoría de la asamblea, haciendo uso descarado de tropelías del CNE, para instaurar definitivamente un modelo comunista al estilo cubano.

Desde hace mucho tiempo atrás, el régimen perdió la vergüenza, ya no cuida ni las formas ni el fondo de sus decisiones ilegales. Como es del conocimiento público, el propósito de una constituyente es la fundación de un nuevo Estado, incluida su Carta Magna, con lo cual todo proceso electoral futuro anunciado por Tibisay Lucena queda supeditado a las nuevas normas constitucionales. A tal efecto, la píldora que pretende endulzar el amargor constituyentista, son las elecciones regionales para diciembre de este año, y de antemano se sabe, que el fin que persigue la Constituyente madurista es la eliminación de todas las elecciones para instaurar una dictadura del proletariado, paso previo al comunismo según la teoría marxista.

Si la crisis venezolana se acrecienta porque el régimen quiere realizar elecciones según sus intereses muy particulares, entonces, el escenario de la violencia va a intensificarse, ya que la válvula de la libertad sigue cerrada por una minoría que se aferra al poder para profundizar la destrucción del país y mantener a salvo las riquezas y comodidades, producto de la mayor corrupción que ha sufrido Venezuela a lo largo de toda su historia.

Los venezolanos queremos votar libremente para materializar un cambio político; la constituyente madurista nos impide una elección universal, pues, la voluntad de Maduro está por encima de la soberanía del pueblo; los venezolanos queremos un nuevo gobierno que inicie la reconstrucción nacional, promoviendo el trabajo productivo, el acuerdo entre los diferentes factores de la patria, la confianza y el respeto, y la unión de todos los venezolanos; la constituyente madurista pretende profundizar el fracaso y la ineficiencia de un régimen que perdió la capacidad para gobernar, promoviendo la corrupción, el estatismo y la pobreza que está asesinando a los venezolanos.

Los venezolanos queremos paz; la constituyente madurista nos ofrece más represión, violencia y cárcel para los que nos oponemos a este oprobioso régimen; los venezolanos anhelamos vivir en libertad, como valor supremo del ser humano; la constituyente madurista nos ofrece una dictadura peor que la que han sufrido otras naciones hermanas, porque ésta además de ser una dictadura incompetente y corrupta, sería una dictadura comunista en la que los ciudadanos seríamos siervos y esclavos de una minoría que sólo puede gobernar a través del terror, el control absoluto y la muerte.

Los venezolanos requerimos de una economía fuerte, vigorosa, eficientemente administrada a fin de propender a una mejor calidad de vida con oportunidades para todos; la constituyente de Maduro empeoraría el desempeño económico gubernamental, pues, han demostrado ser especialistas en inflación, escasez, controles que premian la corrupción y, además, han sido excelentes fabricantes de miseria y pobreza.

En definitiva, los venezolanos nos merecemos ser gobernados por políticos probos, decentes, inteligentes, responsables, sensibles ante el dolor humano y con capacidad y voluntad para que juntos levantemos el país que unos zánganos se propusieron destruir; ya basta de esta escoria que nos ha mal gobernado, entronizando la barbarie, la violencia y el narcotráfico como estandarte de un modelo político que nunca jamás debe repetirse en nuestra sufrida Venezuela.

La constituyente madurista es aún peor de lo desastroso y abominable que ha significado esta revolución troglodita e inmoral. Representa la profundización de los males que hoy nos aquejan; es más de lo mismo; es el pasado y presente que nos arruina como sociedad. El remedio que nos presenta Nicolás Maduro y su combo de radicales y desadaptados, es mucho más grave que la enfermedad que carcome la vida y el espíritu de Venezuela. Por tal razón, continuemos la lucha en la calle de manera organizada, proyectando la unidad inquebrantable del pueblo venezolano, constructor de la libertad y la democracia.

 

@EfrainRincon17|Profesor titular de LUZ

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