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EFRAÍN RINCÓN ¡Venezuela en las calles!

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Durante las últimas semanas, buena parte de los venezolanos hemos salido a las calles a protestar contra la ruptura del hilo constitucional propiciada por el régimen de Nicolás Maduro, bajo la actuación cómplice del Tribunal Supremo de Justicia, constituyéndose en una dictadura oficial e identificada por el mundo entero.

Son muchas las situaciones acontecidas durante este difícil mes de abril. Nos llegan noticias de diversas fuentes, unas confiables, otras producto de chismes y comentarios, y otras  cocinadas en los laboratorios del gobierno, con el propósito de generar incertidumbre, desmoralización y división entre el vasto sector de la oposición venezolana. En lo que si pareciera existir consenso a nivel de la opinión pública, es que el régimen está utilizando la represión de manera desproporcionada y criminal, como nunca antes lo había hecho. La brutal represión del régimen, en mi opinión, pretende dos objetivos: 1) proyectar la gobernabilidad y el control que perdió hace bastante tiempo, con la idea de mantener el apoyo irrestricto de la minoría que lo secunda; y, 2) sembrar el miedo y la desesperanza en el pueblo venezolano para que nos desmotivemos y pensemos que nada puede hacerse contra el régimen, pues, el cambio no es posible.

Sin intención de dictar cátedra y mucho menos diseñar el decálogo perfecto para salir de la crisis, me parece pertinente expresar ciertas reflexiones en torno a la difícil situación por la que atraviesa Venezuela. En primer lugar, los escenarios políticos no son iguales, aunque lo parezca en nuestra memoria. Los acontecimientos del 2002, 2003 y 2014 difieren de los del 2017. Tanto el gobierno como la oposición experimentaban situaciones diferentes a las actuales; el primero, mucho más fuerte y con más recursos que ahora, y la oposición más unida y enfocada estratégicamente que antes. Los acontecimientos imperantes en un momento determinado influyen en el comportamiento de los actores políticos.

En segundo lugar, resulta inapropiado afirmar que la pesadilla revolucionaria tiene más de 18 años; seguramente para los que aspiramos vivir en una sociedad realmente libre y democrática, la revolución ha sido una estafa histórica desde sus inicios, pero para la inmensa mayoría de los venezolanos -especialmente los sectores populares- el calvario empezó con la muerte de Chávez y el colapso total de la economía dirigida por Nicolás Maduro. Antes del 2012, apoyado por los extraordinarios ingresos petroleros gracias al precio de 120$ por barril, el régimen sorteó con relativo éxito las desviaciones estructurales de la economía, a través de un excesivo y descontrolado gasto público y en una poderosa capacidad distributiva plasmada en las misiones, afianzando un modelo populista y perversamente asistencialista. Hoy, la fuerza de los hechos corrobora que la gigantesca montaña de dólares que manejó a discreción Chávez y Maduro, sólo ha servido para enriquecer a la élite revolucionaria –la boliburguesía-, porque la pobreza y la miseria del pueblo venezolano ahora son mayores que hace 18 años atrás.

Simultáneamente, mientras el régimen daba pan y circo al esperanzado pueblo chavista, preparaba todo el andamiaje político, militar e institucional que le permitió atornillarse en el poder. Han sido dieciocho años de intensa preparación y organización para que la revolución se quede indefinidamente en Venezuela. El régimen tiene todos esos años de ventaja sobre la oposición; durante este tiempo compraron conciencias, corrompieron lealtades, envenenaron sentimientos y, sobre todo, acumularon la fuerza militar y la de los colectivos paramilitares para orquestar escenarios de violencia y conflictividad en los que ellos tienen todas las de ganar. Esa situación ha hecho mucho más difícil materializar una salida pacífica, constitucional y electoral como la que aspiramos la inmensa mayoría de los venezolanos. Pero, a pesar de todas las maquinaciones y aberraciones del régimen, el juicio infalible de la historia nos dice que este ciclo político está por cerrarse para dar paso a un nuevo ciclo en el que la libertad y la democracia predominen en la sociedad venezolana.

Un tercer aspecto que deseo exponer es lo referente al mito, esparcido como pólvora,  que el chavismo jamás se equivoca. Eso es una falso. Se equivocó Chávez en 1982 cuando fracasó su asonada golpista; se volvió a equivocar en 2007 cuando pensó que la mayoría apoyaría su desquiciado plan de la reforma constitucional; y, recientemente, se equivocó Maduro con el dictamen de las sentencias 165 y 166 del TSJ, pensando que la ruptura del hilo constitucional tomaría por sorpresa a una oposición dividida y desarraigada popularmente, y a una sociedad inerte que se cruzaría de brazos frente a una nueva tropelía del régimen. El régimen se equivoca porque sus dirigentes no terminan de conocer el material con el que estamos hechos los venezolanos. Y, durante estas protestas, siguen equivocándose al reprimir con violencia y brutalidad las manifestaciones pacíficas escenificadas a lo largo y ancho del país; con semejante comportamiento están enterrando el poco apoyo internacional que les queda, dejando al descubierto su vocación definitivamente dictatorial y autoritaria. El mundo sabe hoy, gracias a las equivocaciones del régimen, que Venezuela es una dictadura, legitimando los esfuerzos de quienes luchan por el rescate de la libertad y la democracia de la nación.

En cuarto lugar, resulta temerario afirmar que debido a las torpezas de la oposición, los venezolanos nos encontramos en un hoyo sin salida. Ciertamente, la oposición venezolana se ha equivocado muchas veces, especialmente, en el 2005 cuando decidió no competir en las elecciones parlamentarias, pero también son muchos sus logros y esfuerzos para impedir que este régimen se eternice en el poder. Sin la organización y lucha cívica de la oposición venezolana, resultaría imposible admitir que los que nos oponemos al gobierno somos más del 80% de la población; de lo contrario, hubiésemos sido una nueva Cuba, cuyos habitantes han soportado resignados su desgracia por más de 50 años. En momentos cruciales, los partidos y movimientos políticos han actuados unidos y han acompañado al pueblo en sus principales demandas. En esta oportunidad, la MUD está en calle con la gente; sus dirigentes han liderado todas las manifestaciones pacíficas, exigiendo concretamente la convocatoria a elecciones generales, el respeto y reconocimiento de la Asamblea Nacional, la apertura del canal humanitario, la libertad de los presos políticos y la eliminación de las inhabilitaciones arbitrarias. Sin duda, la oposición está enfocada estratégicamente y está haciendo lo que debe hacer, impidiendo que el cambio político se produzca por la violencia; siguen abogando por el cambio a través de mecanismos constitucionales, aunque ello signifique redoblar la paciencia y perseverancia de un país que clama libertad, justicia y progreso.

Finalmente, en la actualidad existen muchos más motivos para protestar que hace meses o años atrás. Hoy existe más conciencia en los sectores populares que la crisis económica, principal problema de los venezolanos, es culpa del modelo ideológico imperante, razón por la cual la solución estriba en un cambio de rumbo político que restituya la democracia y la normalidad del país. Venezuela está resteada, los venezolanos nos mantendremos en las calles. Unidad, organización, inteligencia y perseverancia para salir victoriosos en esta oportunidad que debemos aprovechar al máximo. El futuro nos pertenece.

 

@EfrainRincon17|Profesor titular de LUZ

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