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Desde hace algún tiempo vengo afirmando que estamos en presencia del quiebre histórico de un ciclo político en Venezuela. Las manifestaciones de cambio son mayoritarias; las encuestas más reputadas del país proyectan que más del 80% de los venezolanos demanda un cambio del rumbo político de la nación, profundizándose el rechazo y la deslegitimidad del régimen con el peor desempeño durante la era democrática. Este es un régimen que no sólo se muestra incapaz para resolver los graves problemas, heredados por el modelo ideológico impulsado por Hugo Chávez, sino que rompió el hilo constitucional y viola flagrantemente los derechos fundamentales de los venezolanos, convirtiéndose en la nueva dictadura de Latinoamérica.

El fin está cerca pero eso no significa que el cambio político sea inmediato, ni mucho menos mágico. Estamos frente a un proceso inédito y, como tal, debemos analizarlo; deben decantarse un conjunto de acontecimientos, orientados por la radicalización y la represión brutal del régimen, para que se inicie una nueva etapa donde prevalezca la democracia y la institucionalidad republicana y tengamos, al fin, un gobierno normal en una sociedad normal.

Me confieso optimista por convicción, aunque esté consciente de las dificultades que impiden que se materialice cuanto antes el cambio en Venezuela. Realmente, lo que deseamos es el alumbramiento inmediato de un mejor país, pero eso cuesta mucho más de lo que pensamos porque, citando una frase de Ángel Oropeza, “para el régimen de Nicolás Maduro, el gobierno es un negocio y el país es su botín”, y por ese hecho están tratando por todos los medios de conservar el poder, sus prebendas, intereses  y garantizar la impunidad ante los tribunales de la República.

Estoy convencido también que los pueblos no tienen últimas oportunidades; todo lo contrario, creo en la capacidad permanente para reinventarse y luchar para alcanzar un mejor porvenir. Pocos son los pueblos que se cruzan de brazos esperando su destrucción. Siempre existen condiciones y oportunidades para que las sociedades combatan lo que les impida vivir en normalidad. En tal sentido, la multitudinaria marcha del 19-A, en Caracas y todas las capitales de la República, es uno de esos acontecimientos que demuestra la capacidad de lucha de los venezolanos para rescatar la libertad secuestrada y la democracia pisoteada por la mafia gobernante. Es una prueba irrefutable del coraje y valentía de nuestra gente.

He escuchado muchas veces “si no es ahora, no es nunca”, o “esta es la última oportunidad de Venezuela”; les confieso que de tanto oírlas me producen escozor, porque son frases que niegan la fuerza y reciedumbre de una sociedad que jamás se conformará con vivir en una tiranía que, además de robarle su libertad, le arrebata las oportunidades para vivir dignamente. Después que el régimen impidió la realización del referéndum revocatorio, en octubre del año pasado, el silencio y la apatía se apoderaron del alma de los opositores, señalando a la MUD de incapaz y colaboracionista con el régimen al permitir iniciar un diálogo con éste. Dentro de este escenario, los líderes de la MUD, que en otrora levantaban pasiones y apoyo multitudinario, fueron víctimas de un profundo rechazo. A partir de entonces, la oposición venezolana vivió uno de sus más oscuros episodios. La contundente victoria de las parlamentarias del 6D-2015 y otras hazañas lideradas por la oposición, fueron echadas en el baúl del olvido. Como si fuera poco, el germen de la división hizo su entrada triunfal en las filas opositoras, impidiendo la concertación de una estrategia unitaria que permitiese trabajar a favor del cambio político en Venezuela.

Pues bien, bastó que el régimen cometiese otro zarpazo contra la libertad y la democracia, propiciando un golpe de Estado continuado contra la Asamblea Nacional y la Constitución Nacional, para que el pueblo saliera a las calles a manifestar su descontento y protestar por la situación de postración imperante en el país.

Esa nueva oportunidad permitió que la dirigencia opositora dejase a un lado sus particulares intereses para reconstruir una unidad lastimada pero absolutamente vigente. Los dirigentes democráticos, en estos momentos difíciles, han dado un claro testimonio de compromiso y lealtad con el pueblo venezolano; han manifestado la importancia absoluta de la unidad para alcanzar los supremos objetivos de la nación. Y, lo que es más importante, han actuado con estrategia, firmeza e inteligencia en esta nueva lucha que irremediablemente nos llevará a la fase de la resistencia.

El pueblo que no es pendejo ni estúpido, como algunos piensan, actúa en consecuencia. Si la dirigencia opositora está unida, entonces, vale la pena mantener la lucha en las calles hasta alcanzar el cambio político en Venezuela. Hoy vemos a un pueblo que, a pesar de sus problemas y profundas carencias, se empina sobre las adversidades para evitar que estos forajidos nos terminen de robar el país. Un pueblo lleno de fuerza, fe y esperanza para continuar una dura lucha contra la tiranía y la ignominia. Ese pueblo está exclamando a todo pulmón que no descansará hasta lograr la victoria popular, a pesar de la represión y el amedrentamiento de los que se enorgullece el régimen.

Hoy estamos más conscientes que ayer que el fin está cerca, pero nuestra Venezuela nos exige mayores esfuerzos y sacrificios para salir victoriosos de esta pesadilla que ya se torna insoportable e inaguantable. Hoy sabemos que lo que poco nos cuesta resulta efímero en el tiempo, exactamente igual que el agua en nuestras manos.

Para rescatar la libertad de Venezuela, necesitamos seguir cultivando la inteligencia y la sindéresis de los venezolanos, y la unidad indestructible de los dirigentes, partidos políticos y sociedad civil; sólo así lograremos más temprano que tarde la nueva independencia de Venezuela.

 

@EfrainRincon17|Profesor titular de LUZ

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