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En Semana Santa es bueno reflexionar sobre Dios, el Inconmensurable sin origen que no tiene principio ni fin, creador de todo lo visible (mundos densos) y lo invisible (dimensiones y planos).

Según lo explican las escrituras hindúes y la Cábala hebrea, Dios está más allá de la comprensión de la mente y del intelecto. Aún cuando éstos sean poderosos, su alcance es insuficiente para abarcar a Dios, habida cuenta de que lo finito (mente e intelecto) no puede abarcar ni comprender lo infinito (Dios). Por esa razón surge en mucha la gente la duda y se preguntan: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué no viene en auxilio de las víctimas de la maldad y los abusos del hombre? Estas dudas siguen en la mente que no comprende aquello que no tiene principio ni fin.

Dios es la esencia de la existencia misma: Se halla en la creación entera, en el cosmos inconmensurable, en las galaxias infinitas, en el vacío sin fin –el Dios trascendente, que todo lo penetra y traspasa–, y el Dios inmanente, que está en el átomo mismo de todas las criaturas vivas. Dios es Amor, Luz, Energía, Vida, Naturaleza y Espíritu sembrado en el corazón de los seres pensantes.

Quien sienta a Dios, por lo general goza de gran felicidad y alegría, paz mental y liberación. Dios le ha regalado al hombre el Libre Albedrío para que pueda forjar su propio destino, sus obras, misiones, tareas y deberes mediante el buen discernimiento, que es una facultad para saber escoger el buen camino en la diversidad.

Por lo general, por culpa del egoísmo, el hombre tiende a confundir las cosas, haciendo aquello que no es conveniente, lo que siempre le acarrea sufrimiento y dolor –el pecado–.

Pero hay algo determinante que los hombres suelen incomprender o que pasan por alto: La sanción al quebrantarse La Ley Divina. Dios respeta sus propias leyes, muy señaladamente la del Libre Albedrío. Cuando el hombre actúa en la cotidianidad ante el prójimo, lo hace libremente, sin coacción divina, sin presión de Dios, ni amenaza alguna de su parte. Pero lo que muchos desconocen por falta de inentendimiento de las Leyes Divinas es que la sanción no es otra cosa que las consecuencias de cada acción buena o mala que el hombre comete, lo que en las religiones de la India se denominan Karma.

Dios no castiga a nadie; somos nosotros mismos los que nos castigamos con el proceder equivocado, violento y tramposo. Por eso Cristo y Pablo en el Nuevo Testamento  hablaron tanto sobre la Ley de la Siembra: Cada quien cosecha de lo

que sembró y no otra cosa. Es famoso el karma que produce frutos dulces (Dharma) cuando las acciones en vida son nobles, justas, santas y serviciales; o frutos amargos (Karma) cuando ha sido lo contrario.

 

Abogado

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