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Al momento de escribir estas líneas, en la Organización de Estados Americanos (OEA) se desarrolla una reunión del Consejo Permanente para tratar el tema de Venezuela, a propósito del informe del Secretario General, Luís Almagro, acerca de la difícil situación venezolana.

Cualquier cosa puede suceder en ese reunión; desde darle lectura al informe de Almagro y no concluir en nada, tal como ocurrió el año pasado, hasta alcanzar el quorum requerido para aprobar la activación de la Carta Democrática, como mecanismo de presión internacional para coadyuvar con el rescate de la libertad y de la estabilidad institucional de Venezuela, ultrajadas por el régimen del presidente Maduro.

No deseo plantearme expectativas que luego no puedan cumplirse, ya que la política internacional opera diferente a la del ámbito nacional, pues, allí se tejen intereses que resultan desconocidos para buena parte de los ciudadanos comunes. Sin embargo, las alarmas están encendidas y, nuevamente, el continente americano voltea su mirada a una Venezuela que clama paz, justicia y libertad para rescatar la democracia y la institucionalidad republicana que hemos ido perdiendo en estos largos y penosos dieciocho años de revolución. Convencido estoy que la fuerza mayor para salir victoriosos del fango en el que estamos atascados, proviene de la inteligencia, la voluntad y la perseverancia de lucha de los venezolanos; somos nosotros los únicos capaces de cambiar el actual estado de postración por uno más promisorio en el que todos salgamos ganando. La fuerza del cambio radica en los venezolanos que no deseamos convertirnos en siervos y esclavos de una minoría que sólo le ha interesado el poder y la riqueza, sin importarles las nefastas consecuencias que su desgobierno le ha ocasionado al pueblo venezolano.

Pero en circunstancias tan difíciles como las que experimenta Venezuela, la solidaridad y la comprensión internacionales se constituyen en valiosa contribución para la consecución de los propósitos que como sociedad democrática aspiramos. Para el mundo, desde hace algún tiempo atrás, la situación venezolana no es igual a la que el régimen pretende proyectar. La diplomacia de los petrodólares, infalible arma de control usada por Hugo Chávez, hoy se encuentra en franca decadencia porque no hay  dólares suficientes para satisfacer las necesidades y caprichos de los “aliados” ideológicos. El apoyo internacional aplastante e intimidatorio del que se ufanaba la revolución, se ha convertido en el dolor de cabeza de Delcy Eloína quien, haciendo gala de su incapacidad y arrogancia, busca desesperadamente convencer con argumentos sin sentido y chantajes de todo tipo a quienes ya no confían en las maravillas de la revolución.

Por otra parte, la posición asumida por la administración de Donald Trump en relación con Venezuela, parece más vertical y menos tolerable que la de Obama. Los esfuerzos de los congresistas republicanos, como es el caso del senador Marco Rubio, ahora tienen hoy mayor atención por parte del gobierno norteamericano. Tales iniciativas pueden incrementar la presión internacional de los países democráticos del mundo. Asimismo, el informe de Almagro es un fiel reflejo de la realidad venezolana, en la que el hambre, la pobreza, la violación de los derechos humanos, la inseguridad y la desinstitucionalización democrática, son los resultados evidentes de un régimen que proclama abiertamente el autoritarismo militarista. Hoy día, el mundo sabe que los venezolanos no estamos viviendo en democracia, porque una dictadura sustentada en instituciones lacayas secuestró nuestra libertad e independencia.

Si en la OEA la mayoría requerida vota a favor de la activación de la Carta Democrática, sería un avance importante porque el gobierno de Maduro quedaría desnudo y fungiría como el responsable directo de la dictadura que se ha instalado en Venezuela. En un mundo donde la democracia ha logrado aglutinar el mayor consenso en torno a la legitimidad política, la dictadura venezolana sería vista con desconfianza y desprecio por gran parte de las naciones civilizadas del mundo, más no así el pueblo noble de Bolívar.

Es pertinente aclarar que la Carta Democrática no implica ningún tipo de intervención militar ni acciones injerencistas, como lo ha señalado el gobierno de Maduro. Aquí nadie está interesado en que los gringos nos invadan, ni mucho menos que nos matemos unos a otros en una sangrienta guerra civil. Nada de eso es cierto. La OEA, como principal foro diplomático del continente, tiene la obligación política y moral de restituir la democracia, en caso que uno de sus miembros pretenda irrespetarla. Para ello hace uso de los mecanismos pacíficos, más lentos que lo deseado por la mayoría, para contribuir con la solución de la crisis política, en paz y con el mayor consenso posible.

Mientras la OEA discute el caso venezolano, las redes sociales informan que el TSJ elimina la inmunidad de los parlamentarios y ordena a Nicolás Maduro aplicar el Estado de Excepción, incrementando la zozobra e incertidumbre de los venezolanos, apuntando hacia una invasión militar que sólo existe en sus mentes y perjudicaría abiertamente sus intereses particulares. Si la sentencia del TSJ resulta cierta, el régimen estaría jugando con el miedo de los venezolanos, tratando desesperadamente de lograr el apoyo popular que perdió hace tiempo, invocando un nacionalismo patriotero, igual al utilizado por las dictaduras latinoamericanas en su intento de mantenerse en el poder. Después de dieciocho años de fracaso, pobreza y destrucción, el régimen no tiene argumentos sólidos para convencernos a la mayoría de sus buenas intenciones; estamos conscientes que todo cuanto hagan es para entronizarse en el poder y seguir aprovechando las riquezas que les provee la corrupción y la inmoralidad.

Si la Carta Democrática no logra activarse, confiamos que el mundo democrático y civilizado persista en sus esfuerzos e iniciativas a favor de Venezuela porque, en honor a la verdad, el interés internacional ha sido mezquino e incomprensible con la dura realidad venezolana. Lo ideal sigue siendo que la unidad de los venezolanos, liderada por los partidos y organizaciones sociales de toda naturaleza, sea la luz que guie las legítimas aspiraciones de libertad, justicia y progreso de la inmensa mayoría del pueblo venezolano. Ese sería el mejor testimonio que les demos a los pueblos del mundo para que se sensibilicen con nuestra patria y hagan lo necesario para que Venezuela, faro de libertad y democracia en Latinoamérica, brille en un futuro cercano como el sol del mejor amanecer.

 

@EfrainRincon17|Profesor titular de LUZ

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