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Cuando los responsables de la salud pública de un país permanecen medio año en el cargo, no es mucho lo que se pueda esperar de su gestión, menos aun cuando falta gerencia y sobra improvisación.

Tal vez eso explique, además de la proverbial incompetencia de quien los designa, porqué un país que había logrado significativos y emblemáticos avances en la materia, se encuentra sumido en la más caótica y vergonzosa catástrofe sanitaria.

Razones sobran. La incompetencia manifiesta del funcionario, quizás producto de una “genética gerencial” heredada de su padre político, exhibe en su record el desfile de por lo menos siete ministros por el despacho de Salud en los eternos 46 meses transcurridos desde que asumiera las riendas de un desGobierno que, sin mucho esfuerzo, ha logrado sumar el rechazo de todo venezolano que se respete.

Y es lógico, porque si algo resiente el criollo es la devastación que, en apenas tres períodos y medio de los de antes, condujo a la salud pública a una crisis humanitaria que arrasó con un sistema sanitario construido con talento y esfuerzo por ocho gobiernos de la tan vituperada cuarta república.

Fue el resultado de un empeño que exhibió con orgullo la erradicación de males que diezmaban a la población y que permitió, gracias a la inversión de tiempo y recursos, que talentosos sanitarias venezolanos erradicaran o, en el peor de los casos, mantuvieran a raya, enfermedades como la malaria, el mal de chagas, la tuberculosis, la difteria, el sarampión y… pare de contar.

Un esfuerzo que quedó derrotado por la incompetencia y la desidia, cuya ‘gestión’ muestra impúdica la presencia de más de cien mil venezolanos afectados por enfermedades transmisibles, mismas que los gobiernos democráticos exterminaron en territorio patrio.

El ‘mérito’ es de trece funcionarios bajo cuya (ir)responsabilidad ha estado el Despacho en tiempos de la revolución colorada. Aunque, en honor a la verdad, es a media docena de ellos a quienes corresponde la mayor cuota de la destrucción. Porque uno es peor que otro. Y quien lo dude tendrá que justificar porqué un país que logró reconocimientos internacionales en materia de salud pública, tiene al sector sumido en una auténtica crisis humanitaria.

Una dolorosa realidad que quedó plasmada en una misiva que cuatro exministros de la otra República, José Félix Oletta,  Ángel Rafael Orihuela, Pablo Pulido y Carlos Walter, dirigieran a la Organización Mundial de la Salud, como un súplica para que volteen la miradas hacia estas latitudes del planeta.

Aunque la comunicación no es nueva, conserva intacta su vigencia, porque allí detallan los pormenores de una crisis humanitaria que está en pleno desarrollo.

Allí se habla, concretamente, del deterioro que ha sufrido el sistema de salud durante los últimos tres lustros y que le impide atender las necesidades de la población: “La carga de enfermedades es compleja…” y el sistema no tiene como responder.

Aunque son planteamientos técnicos, aluden a hechos concretos que contribuyen con el deterioro, como es una deuda superior a los seis millones de dólares en medicamentos, insumos y equipos médicos que explica la gravísima escasez de recursos en el sector y que ubican a Venezuela como ‘el país más vulnerable de América del Sur, respecto a los medicamentos esenciales’.

A ello se añaden los grandes infortunios que sumaron a la tragedia nacional como la escasez de alimentos balanceados, la calidad del ambiente, la inseguridad, la inflación monetaria y la crisis del sector sanitario que: “De no ser atendidas en su conjunto, a tiempo, causará la reemergencia de enfermedades asociadas a la pobreza, con sus graves consecuencias para la salud de la población”

Son consecuencias que ya se observan, se palpan y se sufren en Venezuela, y que ya habían sido advertidas por el profesor de la Universidad de Pittsburgh, Marino González, quien en su condición de experto en políticas públicas, sostuvo que: “Venezuela tiene uno de los sistemas de salud de peor desempeño de América Latina y el Caribe”.

Una realidad que se manifiesta en un incremento del 40% de la mortalidad materna, una mortalidad infantil que triplica la de algunos países latinoamericanos como Chile, el incremento sostenido de enfermedades crónicas y la reinstalación en las comunidades de enfermedades que estaban erradicadas cuando los colorados asaltaron el Gobierno.

Es el saldo trágico de una ineptocracia que no sólo logró dividir familias, sacar lo peor de cada venezolano, descapitalizar de talento al país, arraigar el miedo al presente e inundar de ansiedad el futuro, sino que construyó una Venezuela herida, despedazada y motivo de compasión planetaria.

 

@YajaHernandez|Periodista|Profesora universitaria

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