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Impulsados por razones voluntarias o forzosas, los movimientos migratorios han existido desde la aparición del hombre sobre la tierra. Lo cierto es que los seres humanos desarrollamos amor por la tierra que nos vio nacer, acrecentándose por la familia, los amigos y por  las querencias que guardan un lugar especial dentro de nuestros afectos. En ocasiones, ese amor patrio se ve empañado por circunstancias que nos obligan a convertirnos en emigrantes, en búsqueda de la calidad de vida –paz, bienestar, justicia, trabajo, etc.- que resulta imposible obtener en el país natal.

Venezuela históricamente fue un país de inmigrantes; llegaban de todas partes del mundo motivados por las condiciones excepcionales que ofrecía el país. Una economía en crecimiento, basada en la riqueza petrolera, estabilidad política, calidez y hospitalidad de su gente, un clima envidiable bañado con la luz de un radiante sol; en definitiva, las oportunidades ideales para iniciar una nueva y buena vida.

Venezuela recibió con los brazos abiertos a europeos, asiáticos, a latinoamericanos de todas las latitudes de la región, especialmente, a los hermanos colombianos. Les dimos un hogar, familia, trabajo, educación y oportunidades para que algunos se hiciesen ricos.

Esa realidad cambió abruptamente con el inicio de la revolución chavista. Dejamos de ser un país atractivo para propios y extraños. Ya algunas encuestas reportan que por lo menos la mitad de los venezolanos desea emigrar, sumado a los dos millones y medio que han salido del país.

La primera ola migratoria temporal de los venezolanos tuvo lugar en las décadas de los 70 y 80, cuando muchos viajaban a Florida (USA) y a Aruba de vacaciones, empujados por la fortaleza del bolívar que puso en moda el “ta barato, dame dos”. Eran tiempos felices; donde quiera que llegábamos éramos bien recibidos porque teníamos dólares a manos llenas. Nos convertimos en los nuevos ricos latinoamericanos.

Después, a propósito de las Becas Gran Mariscal Ayacucho, muchos de los becarios que estudiaron en el extranjero regresaron al país, pero al cabo de un tiempo emigraron para trabajar en empresas de otras naciones que demandaban sus conocimientos y habilidades.

Con la llegada de Chávez al poder, se instaura un proceso de polarización e inestabilidad políticas que fomentó la emigración de venezolanos, en búsqueda de la tranquilidad y la seguridad que ya no era posible tener en Venezuela. Mucho de ellos se convirtieron en exiliados, con las prerrogativas que les brinda la institución del asilo político.

Así, nos convertimos en los “balseros del aire”, especialmente, jóvenes profesionales pertenecientes a las clases media y media-alta. Los destinos más demandados eran Estados Unidos, Colombia, Chile, Argentina, España, entre otros. Se hizo costumbre oír a amigos y familiares que sus hijos, nietos, hermanos, sobrinos o primos dejaban el país porque “esto no lo aguanta nadie”.

En la medida que avanzaba la revolución chavista, miles de venezolanos abandonaron el país por falta de empleos u oportunidades para progresar, a pesar de ser profesionales y con experiencia laboral. Nos fuimos quedando sin los talentos necesarios para administrar a PDVSA, a empresas y a las universidades nacionales; pero nos quedaba el consuelo oír que los venezolanos eran los inmigrantes más preparados y calificados de Latinoamérica; presentes en grandes empresas petroleras, prestigiosas universidades, bancos y en las diversas actividades del quehacer de los países donde llegaban.

Esa emigración se masificó a partir del 2012, cuando ya era evidente la descomposición y destrucción del país por culpa de la dupla Chávez-Maduro. Dejamos de ser los “privilegiados balseros del aire”, encabezados por jóvenes de clase media. Ahora la emigración no discrimina edad, género, condición socio-económica y nivel de instrucción. Ya no importa trabajar en actividades relacionadas con la profesión u oficio, porque cualquier trabajo es bueno para ganarse la vida y paliar las profundas carencias vividas en Venezuela.

Nuestros jóvenes y no tan jóvenes, por falta de dinero para comprar un pasaje aéreo, se van por tierra al lejano Chile, Perú o Argentina, atravesando caminos, ríos y montañas, en un periplo que puede durar más de 10 días, con la esperanza de encontrar un trabajo que les permita sobrevivir. Otros pasan a hurtadillas la frontera colombiana o brasileña para tratar de aliviar la pobreza y el hambre que asesina a sus comunidades. A pesar de las inmensas dificultades, del futuro incierto, del riesgo de convertirse en ilegales, muchos de los emigrantes afirman “yo no regreso a Venezuela, porque para atrás ni para agarrar impulso”. Pareciera que la precariedad con la que algunos  venezolanos viven en el extranjero, es minúscula en comparación con la desgracia y la tragedia de vivir en un país gobernado por una mafia incapaz, corrupta y tóxica que decidió entronizarse en el poder y destruir todo lo que encuentra a su paso.

El buen trato que otrora recibíamos en el exterior, es ahora un borroso recuerdo del pasado. Muchos de nuestros compatriotas son discriminados; está aflorando la xenofobia que maltrata aún más la deteriorada imagen de los venezolanos en el mundo. Las malas noticias son cada vez más frecuentes; “mendigos venezolanos piden limosna en las calles de Brasil”; “banda de venezolanos asaltan viviendas y propiedades en Miami”; “los venezolanos le quitan el trabajo a los panameños”; “se limita acceso de turistas venezolanos a Curazao y Aruba”; “miles de venezolanos huyen por hambre a Colombia”. Estas historias tristes y dolorosas las oímos a diario; nos llenan de pena y nos preguntamos, ¿por qué ahora los venezolanos somos despreciados y discriminados en naciones con las que hemos practicado históricamente la solidaridad y la cooperación?, será ¿por qué no tenemos dólares para gastar y ahora necesitamos de ellos para sobrevivir a la pobreza que nos heredó la revolución chavista-madurista?

Debemos recordar que nuestra patria acogió con cariño y respeto a sureños que huían de las dictaduras de sus países; muchos se convirtieron en profesores e investigadores universitarios. Los europeos que llegaron de la guerra y la postguerra, con una mano atrás y otra adelante, encontraron en Venezuela el hogar y la esperanza que habían perdido. Los colombianos, especialmente, han  formado parte de nuestra cotidianidad; están en nuestras familias, hogares, empresas, negocios y haciendas. A todos les agradecemos su enorme contribución y amor por nuestro país, pero ahora que estamos pasando la peor tragedia de nuestra historia, desearíamos que el mundo tratase a nuestros hijos, familiares y amigos como alguna vez los inmigrantes fueron tratados en nuestra tierra, con cariño, respeto y solidaridad; y, en caso que algunos venezolanos se comporten indebidamente, sean castigados con justicia. La inmensa mayoría de los venezolanos emigrantes, son personas buenas, trabajadoras y talentosas; permítanles que contribuyan con el progreso de sus naciones.

Por el momento no nos queda más que orar para que les vaya bien y puedan alcanzar sus sueños. Con la esperanza que en algún momento regresen a su patria, porque Venezuela seguirá siendo su hogar, esa querencia que aún palpita en lo más profundo de sus corazones. Los recibiremos con los brazos abiertos, convencidos que juntos reconstruiremos la Venezuela libre, grande y próspera que estamos anhelando. Dios los bendiga con abundancia.

 

@EfrainRincon17|Profesor titular de LUZ

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