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Nicolás Maduro no tiene las cosas fáciles. Aunque intente aparentar y hacer creer lo contrario, su situación es cada vez más complicada. No solo tiene que lidiar con la pésima gestión gubernamental que encabeza, que no da pie con bola y llena de hambre y miseria a un país cada vez más destruido, sino que además su desprestigio a nivel internacional va en franco incremento.

Fuera de nuestras fronteras, Nicolás está muy rayado, pues es reconocido y señalado como el principal responsable de un gobierno con demasiados síntomas de férrea dictadura, que tiene secuestrados y maneja a su gusto los poderes públicos y no respeta las instituciones que no se quieren alinear a los intereses del PSUV. Es el caso de la Asamblea Nacional, cuya mayoría opositora está atada de manos por los trucos y trampas legales que monta el Ejecutivo Nacional, en complicidad con otros poderes, como el Tribunal Supremo de Justicia que en un año emitió casi 50 sentencias que torpedean y anulan las acciones del Parlamento escogido por el voto popular.

Pero a Nicolás también se le conoce en el exterior por ser el primer mandatario del gobierno más corrupto de toda la historia venezolana. Ya los casos de robo al patrimonio nacional por parte de la insaciable marabunta chavista se tornaron harto conocidos, gracias en buena medida a la investigación, seguimiento y difusión que los medios de comunicación nacionales e internacionales han hecho de los delitos contra el patrimonio público. Un ejemplo de ello son los negocios turbios montados en el país por la gigantesca contratista brasileña Odebretch, en complicidad con funcionarios gubernamentales venezolanos, cuya notoriedad mediática se ha exponenciado en las últimas semanas por los escándalos que se destaparon en otros países de Latinoamérica.

Al esposo de Cilia Flores esa mala fama pareciera que le resbala, que lo tiene sin cuidado. Esa piel de cachicamo la heredó de su amado padre putativo, el finado Hugo Chávez, su antecesor y precursor de este desmadre llamado Revolución Bolivariana. Sin embargo, hay dos cosas que deben preocupar sobremanera a Maduro: los narcosobrinos y, ahora, Tareck El Aissami.

El asunto de los sobrinos de su esposa capturados por la DEA y juzgados en Estados Unidos por narcotráfico debe, aunque nunca haya soltado prenda al respecto, causarle cierto escozor. En alguna madrugada, seguramente los sollozos de Cilia, sufriendo por sus amados sobrinos, lo habrán sacado de su sueño. Y es que esa presencia de narcotraficantes en el entorno familiar no le hace bien a la imagen de ningún político, menos si se es presidente de una república. Las confesiones de esos muchachos deben angustiar al presidente. No solo lo poco publicado en los medios, sino especialmente lo que han mantenido en sumario las autoridades norteamericanas. Sabe que junto con la condena de los narcosobrinos vendrán cosas muy malas para el gobierno y sus testaferros. Y eso le asusta.

Pero el peor sobresalto lo recibió en los últimos días, cuando su flamante y recién nombrado vicepresidente, el cuestionado Tareck El Aissami, fue acusado por el Departamento del Tesoro norteamericano de facilitar, proteger y supervisar grandes cargamentos de drogas desde Venezuela con destino a México y Estados Unidos, mientras fungía como Ministro del Interior y posteriormente como Gobernador del estado Aragua. La acusación fue acompañada de una medida de congelación de sus bienes Ya El Aissami, polémico representante del sector más rancio y radical del chavismo, en el pasado había sido vinculado con hechos delictivos vinculados con drogas y lavado de capitales. En este sentido, había sido acusado por sus antiguos compañeros Walid Mackled y Rafael Isea. También sus acciones han sido denunciadas en repetidas oportunidades por dirigentes de la oposición venezolana. Por si fuera poco, a El Aissami se le ha relacionado con grupos terroristas del Medio Oriente como el Estado Islámico y Al Quaeda.

Este grave señalamiento que desde el gobierno de Trump se hace a un alto funcionario venezolano es una suerte de mensaje al régimen chavista. Eso lo sabe Maduro, quien mira a su alrededor y se ve rodeado de una camarilla de reconocidos corruptos, narcotraficantes y violadores de Derechos Humanos. Muy escasos y endebles son los argumentos que tiene para defender a su equipo de confianza, pero está convencido de que los necesita para mantenerse en el poder. Igual todos ellos saben bien lo que les espera una vez que salgan del gobierno. Por eso se sostienen con garras y colmillos a Miraflores para evitar comparecer ante la justicia, sea nacional o extranjera, una vez que dejen su zona de confort.

Allí estará entonces Nicolás Maduro pensando preocupadísimo en cómo salir de todas las joyitas que le rodean dentro del gobierno, viendo que uno es peor delincuente que otro. Pero de pronto piensa en todo lo que les espera fuera del gobierno y se le pasan las ganas de sustituirlos. “Esto es lo que hay”, termina murmurando para sí mismo.

@AugustoLaCruz

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