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ÁNGEL ESPINA|El autobús de la indolencia

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Cada mañana para acudir a cumplir con mis compromisos labores, llego hasta la parada de autobuses más cercana a mi casa para esperar pacientemente que, alguno de los pocos carros por puesto que circulan por la ruta lleve un lugar para mí o llegue el “bus rojo” Yutong (que no es de Metromara) y pueda abrirme espacio entre los pasajeros que se acomodan cual juego de tetris, para darle oportunidad a que otros puedan unirse a la divertida distracción de acodarse espalda con espalda.

La travesía inicia desde el mismo momento de ubicar un espacio dentro del sobrepoblado vehículo de transporte público, pero una vez dentro, se denota y refleja la triste realidad que vive nuestro país en cuanto al deterioro social y la falta de afinidad y solidaridad entre nuestros coterráneos.

Rostros de molestia, disgusto, incomodidad y cualquier otro sentimiento desagradable se evidencian en la gran mayoría de los padres y madres de familia que allí convergen, jóvenes estudiantes y trabajadores que buscando la manera de superarse soportan cada día los tropiezos, empujones y hacinamiento en una de las unidades que, afortunadamente, presta el servicio a los desesperados usuarios del transporte público.

Pero en medio de todo este viaje o recorrido, la molestia se apodera de mí cuando un abuelito o una mujer embarazada se monta en la unidad y no existe un gesto voluntario para ofrecerles un asiento por su condición de personas que requieren atención especial, bien sea por edad o por algún asunto médico; valientemente he visto como un conductor de autobús detiene la unidad hasta que le sea cedido un puesto a alguna persona que lo requiera.

Pero ¿Realmente, debe un chofer obligar a que una persona le ceda el puesto a un abuelito, a una mujer embarazada o una persona con discapacidad? ¿Así están actuando nuestros ciudadanos? Recordemos que la ciudad la hace el ciudadano y si esta es la clase de personas que conforman nuestra sociedad, ¿Qué clase de ciudad tenemos?

Con un poco de vergüenza recuerdo cuando en uno de mis viajes a la ciudad de Bogotá me monté en un autobús del Transmilenio, que es el sistema de transporte masivo que desde el año 2000 se utiliza en la capital de la hermana república de Colombia, y me senté en uno de los asientos de color azul que estaban en la unidad, mi sorpresa fue cuando me pidieron que me levantara porque esas sillas eran para personas de atención especial, ¡Si! PARA ESO SON LAS SILLAS AZULES DE LOS AUTOBUSES: PERSONAS CON DISCAPACIDAD O ADULTOS MAYORES O MUJERES EMBARAZADAS.

Tuve que pasar esa pena en otro país para saber el por qué la diferencia de color entre unas sillas y otras en microbuses y autobuses, sin embargo, lamentablemente en Venezuela, muy pocas personas saben el uso que debe darse de estos asientos y cualquiera hace uso de ellos sin el menor remordimiento y respeto por las canas y las barrigas.

Esto es lo que se vive a diario en nuestra ciudad, en nuestro estado, en nuestra patria, esta situación que inicia desde el irrespeto por el asiento de autobús de transporte público hasta la cola en un supermercado para sacar “un regulado” o el irrespeto por la luz amarrilla o roja de un semáforo o del rallado peatonal de un pase en una esquina, esos son los ciudadanos que tenemos.

Por eso quiero invitarlos queridos amigos, a que seamos ciudadanos de primera porque nuestra ciudad la construimos nosotros, no la construyen los concejales, no la construye el alcalde o alcaldesa, no la construyen los políticos, la construimos los ciudadanos.

Dejemos de ser indolentes con nuestros vecinos, compañeros y amigos y retomemos el camino de la tolerancia, el respeto, la gentileza y la amabilidad porque son cosas muy fáciles de dar y sus resultados hacen que ese autobús de la intolerancia, se convierta en el AUTOBUS DE LA ESPERANZA.

 

@AngelEspinaTV|Periodista|Locutor

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