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Dieciocho mil bolívares diarios necesita cada hogar venezolano para cubrir el costo de la canasta alimentaria familiar.

La aparentemente exagerada afirmación encuentra respaldo en el más reciente estudio realizado por el Centro de Documentación y Análisis para los Trabajadores (Cenda), cuyos resultados revelan que el costo de los alimentos para una familia de cinco  miembros, hasta finales del año pasado,  era de 544.990,78 bolívares.

La cifra, discreta en víspera de hiperinflación, pero impagable para cualquier trabajador venezolano, sugiere que se necesitan 756 bolívares por hora para acceder a una alimentación como Dios manda. O, lo que es lo mismo, si la familia no tiene como ganarse 12 bolívares por minuto tendrá que resignarse a comer fallo… si es que come.

Las razones son múltiples, pero una elemental es que el recién estrenado salario mínimo en Venezuela, estipulado en 40.638 bolívares, está muy lejos del costo de la canasta básica, para cuya adquisición se necesitan trece sueldos de esos que acaban de aparecer en Gaceta Oficial.

Dicho de otra forma, el salario mínimo que entró en vigencia el 15 de enero, si acaso alcanza para comer dos días y un poquito más.

Los cálculos no incluyen productos de higiene personal, limpieza del hogar ni medicamentos, por cuanto éstos, junto a los alimentos, forman parte de la Canasta Básica Familiar, cuyo costo alcanzó a 575.328,04 bolívares en el ocaso de 2016, aunque hoy día, con absoluta certeza, supera en mucho una cifra que, por si sola, ya es inalcanzable para la mayoría de las familias venezolanas.

Pero más allá de las cifras y la palabrería inagotable que éstas provocan, está la dolorosa realidad de sus consecuencias, misma que se observa cuando miles de venezolanos escarban entre la basura, en el desaliento cotidiano, en las emergencias hospitalarias… y hasta en las funerarias, suponiendo que se pueda pagar el servicio.

Y es que el hambre tiene al país a las puertas de la hambruna, aunque hay quienes aseguran que ya cruzó el umbral.

La pediatra y nutricionista del Instituto Autónomo Hospital Universitario de Los Andes, Nolis Camacho, sostiene que: “Sí hay hambruna en Venezuela”, bajo el argumento según el cual hay escasez de los productos básicos que debe tener una familia para llevar una adecuada alimentación que le permita un estado nutricional normal.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación define la hambruna como: “La carencia grave de alimentos, que casi siempre afecta un área geográfica grande o un grupo significativo de personas. La consecuencia, generalmente, es la muerte por inanición de la población afectada, precedida por una grave desnutrición o malnutrición. La inanición es una condición patológica en la que la falta de consumo de alimentos amenaza o causa la muerte”.

La definición parece describir al país de la revolución colorada, aunque el problema no es sólo de escasez. Los costos, hoy día, conspiran más contra la alimentación del venezolano que la ausencia de productos en los anaqueles, que ya es bastante decir. Aunque cualquiera sea el caso, el resultado es el mismo: hambre, desnutrición y muerte.

Así funciona, ni más ni menos.

De ello da fe la investigadora de la Universidad Central de Venezuela, Susana Rafalli, quien asegura que la velocidad de crecimiento de la desnutrición se va a acelerar, con el agravante que serán los niños menores de 5 años quienes sufrirán las peores consecuencias, porque produce un rezago intelectual en los individuos.

En su condición de experta en seguridad alimentaria, la investigadora revela que: “La desnutrición aguda en niños preescolares proyectada para 2017 aumentará 3% con respecto a 2016, y afectará a 12% de los aproximadamente 3.200.000 niños que hay en Venezuela”. Un oscuro panorama para más de  350.000 niños y, con ellos, para el futuro del país.

Lo más doloroso es que no hay límites para la desnutrición: “El tope es que empieza a aumentar la mortalidad…”.

El pronóstico, en ese contexto, apunta al aumento de la malnutrición, cuyos tentáculos se harán de la población general, con las inevitables muertes por hambre, cuya presencia ya empezó a ensombrecer la cotidianidad venezolana.

Y es cuando el futuro se borra, porque tal como lo dijo Seneca: “Todo lo vence el hombre, menos el hambre”.

 

@YajaHernandez|Periodista|Profesora universitaria

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