Verdades y Rumores| Diario Digital de Interpretación y Opinion

DE INTERÉS

CAIGA QUIEN CAIGA|Leopoldo no lo dirá, pero lo hará

VERDADES Y RUMORES|Las lecturas y dudas que deja la huida de Leopoldo López

EFRAÍN RINCÓN|Los desafíos de la democracia en América Latina

ANTONIO DE LA CRUZ|Escenario electoral presidencial en Estados Unidos

EFRAÍN RINCÓN|El espíritu del 23 de Enero

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on email
Email
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on telegram
Telegram

Al igual que 59 años atrás, Venezuela está viviendo la oscuridad de la dictadura y la ignominia. La élite gobernante pretende entronizarse en el poder, haciendo uso del poder que le otorgan las instituciones al servicio de una parcialidad política y un sector de las fuerzas armadas que inescrupulosamente viola el juramento de defender la Constitución y las leyes de la nación.

El 23 de enero de 1958, el país unido decidió dar un paso al frente para derrocar la tiranía perezjimenista y construir un destino más promisorio para los venezolanos. En ese momento histórico, la nación se impregnó del espíritu patriota que venció la mezquindad y los intereses particulares prevalecientes en tan difíciles circunstancias. El 23 de enero fue una jornada histórica que nos mostró a nosotros y al mundo entero que los venezolanos estamos hechos de libertad, dignidad e infinitas fuerzas para trabajar por un país donde todos cabemos y hacemos falta.

El 23 de enero fue la meta donde exitosamente culminaron los esfuerzos de todos los sectores de la sociedad venezolana. Los políticos, a pesar de la persecución, la cárcel y el destierro implantados por la dictadura, mantuvieron la lucha desde la resistencia, dejando a un lado sus aspiraciones individuales para enfocarse en un objetivo supremo: la libertad y la democracia de Venezuela. El sectarismo y la arrogancia característicos de la revolución de octubre de 1945, dio paso a la racionalidad, el entendimiento y la unidad de los líderes y partidos políticos. Tuvieron la inteligencia y el desprendimiento suficientes para superar las diferencias y asumir el compromiso de construir la democracia y enarbolar las banderas de la libertad, la justicia y el progreso. Con los errores que hayan podido cometer, los políticos del 58 tuvieron una visión de largo alcance que permitió que disfrutáramos, por espacio de 40 años ininterrumpidos, de la estabilidad institucional más larga de la era republicana.

La Iglesia desde los púlpitos mantuvo su posición crítica contra la tiranía, expresando con valentía el mensaje de fe y esperanza sustentado en la defensa de los derechos fundamentales de los venezolanos, así como el llamado contundente para romper las cadenas del despotismo y la esclavitud de la dictadura. El mensaje pastoral de Monseñor Arias Blanco puso de manifiesto que para la Iglesia, la libertad y la dignidad de sus hijos son un don maravilloso de Dios por los que debemos luchar hasta alcanzarlos plenamente.

Las universidades y los estudiantes se unieron alrededor de los ideales de la libertad, haciendo uso de la rebeldía y criticidad que les son inherentes. Frente a circunstancias donde privaba la barbarie, nada mejor que la educación y las ideas para fortalecer la civilidad que permitiría el parto de la democracia y el sistema de libertades que nunca más deben ser irrespetados por nadie, a pesar del poder que posea.

Los trabajadores y los empresarios también se unieron, en la convicción que la democracia es el único sistema que permite el desarrollo humano y la prosperidad material, fundamentada en el respeto de la propiedad privada y el fomento de las iniciativas individuales. Ciertamente, la dictadura de Pérez Jiménez construyó gran parte de la infraestructura del país en el siglo pasado, pero ¿de qué valía el progreso si los venezolanos vivíamos en una cruenta dictadura castradora de las capacidades y talentos de la sociedad? Empresarios y trabajadores antepusieron sus naturales diferencias para unirse en búsqueda de una nación donde el progreso no fuera privilegio de una minoría.

Finalmente, los militares de la época cumplieron con su deber sagrado de defender la soberanía y la independencia de la patria. No se dejaron comprar ni manipular por el militar dictador que bien pudo ofrecerles privilegios y prebendas a cambio de su cómplice silencio y tolerancia con el régimen. Militares dignos al servicio de la nación y no de una parcialidad política. Militares que usaron el poder de las armas en favor de los venezolanos, nunca en contra de ellos; armas al servicio de la libertad y no de la dictadura; armas que lucharon contra la corrupción de un régimen que menoscabó la calidad de vida de la población. Militares de los que nos sentimos orgullosos porque su conciencia y dignidad fueron sus bienes más preciados.

Ese espíritu de patriotismo y unidad indoblegables nos hacen mucha falta en estos momentos. Es necesario inspirarnos en el espíritu del 23 de enero para vencer la barbarie, la injusticia, la pobreza y la corrupción de un régimen que no cree en la libertad ni en la democracia. Es hora de dejar a un lado las diferencias que nos dividen y unirnos alrededor del supremo propósito de liberar a la patria de la oscuridad que nos impide caminar seguros hacia un mejor destino. La consigna de hoy debe ser Unidad, Unidad y más Unidad, porque de lo contrario la división nos devorará y permitirá que este régimen inmoral y corrupto controle definitivamente la vida y el destino de cada uno de nosotros.

No hay excusas ni pretextos para fortalecer la unidad nacional y así empinarnos sobre las dificultades que nos impiden ser un país al servicio de la libertad, la grandeza y la prosperidad basada en el ingenio y trabajo productivo de cada uno de los venezolanos. Hacer lo contrario sería hipotecar nuestro futuro y perder la oportunidad de vivir en la Venezuela maravillosa que palpita con fuerza en nuestros corazones.

 

@EfrainRincon17|Profesor titular de LUZ

¡SUSCRÍBETE! La información de alto valor estratégico es una inversión para lectores inteligentes…

ACEPTAR TODAS LAS COOKIES    Más información
Privacidad