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Muchas son las conversaciones que he tenido con varias personas sobre eventos inesperados que han tenido que enfrentar o están atravesando en su vida, como la pérdida de su trabajo, enfermedades, muerte de un familiar, ruptura de una relación de pareja, u otras situaciones que hayan roto con su estabilidad; eventos no esperados pero que son parte de la dinámica de la existencia humana en esta tierra y deben ser enfrentados, con paciencia e inteligencia para evitar colapsar.

Según investigaciones realizadas por psicólogos, los seres humanos a través de la inteligencia emocional, contamos con la capacidad de interactuar con un mundo que tiene muy en cuenta los sentimientos y engloba habilidades como el control de los impulsos, la autoconciencia, la motivación, el entusiasmo, la perseverancia, la empatía, la agilidad mental, rasgos de carácter como la autodisciplina, la compasión o el altruismo, que resultan indispensables para una efectiva y creativa adaptación social, contando con la capacidad de percatarse de los propios sentimientos, así como los de los demás y gestionarlos de forma beneficiosa.

El psicólogo, Daniel Goleman, ha planteado conceptos sobre Inteligencia Emocional, considerando que el ser humano desde el punto de vista fisiológico como social desarrolla la importancia de utilizar positivamente las emociones y orientarlas hacia la eficacia del trabajo personal y las relaciones con otras personas, así mismo ha utilizado el término de Competencias Emocionales, que determinan el modo en que nos relacionamos con nosotros mismos, como también plantea la noción de Conciencia Emocional, como la capacidad de reconocer el modo en que nuestras emociones afectan a nuestras acciones y la capacidad de utilizar nuestros valores como guía en el proceso de toma de decisiones.

En tal sentido, indistintamente a la situación inesperada que estemos viviendo, se ha demostrado que los seres humanos tenemos la capacidad de afrontar cualquier adversidad, todo va a depender de la conciencia que tengamos de nosotros mismos y nuestra propia capacidad de auto confianza para salir adelante, Richard Boyatzis define la conciencia de sí mismo como: “la capacidad de permanecer atentos, de reconocer los indicadores y sutiles señales internas que nos permiten saber lo que estamos sintiendo y de saber utilizarlas como guía que nos informa de continuo acerca del modo como estamos haciendo las cosas”.

Ciertamente, ir de la teoría a la práctica no es nada sencillo, sin embargo autores como Robert Kaplan, han planteado algunas acciones que nos permiten identificar las necesidades a mejorar, identificando los signos inequívocos para lograr precisar los “puntos ciegos”, más comunes que no nos permiten avanzar. Un primer punto ciego; la ambición ciega, competir en lugar de cooperar; plantearse objetivos poco realistas; realizar esfuerzos desmedidos; la intromisión en asuntos ajenos; la sed de poder; la necesidad insaciable de reconocimientos; la preocupación por las apariencias y la necesidad de parecer perfecto.

Según Goleman, la función de estos puntos ciegos no es otra que la de impedir que la gente llegue a conocerse así misma, puesto que tal cosa les obligaría a admitir algo, sus propios errores, que no están dispuestos a reconocer, propiciando el desapego con la realidad  “todos compartimos esa tendencia a la negación, una estrategia emocionalmente cómoda que nos protege del hecho de reconocer nuestras verdades más crueles, una actitud defensiva, en suma, que puede adoptar múltiples formas: minimizar los hechos, soslayar información crucial, racionalizar y buscar “buenas excusas”, recursos, todos ellos, que cumplen con la función de distorsionar nuestra realidad emocional”.

Los puntos ciegos, al ser identificados pueden también corregirse, todo dependerá de la capacidad de reconocimiento y necesidad de cambio de la persona, dejando a un lado la soberbia, la falta de humildad, el egoísmo, la arrogancia, y la ausencia de principios y valores. No se trata sólo de conocer nuestras fortalezas y debilidades: también de reconocer y gestionar bien nuestras emociones y cultivar la confianza en nosotros mismos, dejar a un lado el autoengaño, atender y conocer la opinión sincera de las personas que nos quieren, respetan y valoran, conocernos y confiar en nuestras capacidades en palabras de San Agustín “Conócete, acéptate, supérate”, ya que el no hacerlo nos convierte en “analfabetos emocionales”.

 

@AlfonsoZulia|Politólogo|Abogado|[email protected]

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