4 de Junio de 2016

YAJAIRA HERNÁNDEZ|El milagro de Chávez

“Para corroborar los milagros de Chávez no hace falta una comisión del Vaticano”.

El comentario, surgido de la mismísima entraña de la revolución en la voz de quien ocupara no menos de cinco cargos diferentes en los gobiernos colorados, Jorge Arreaza, no constituye una blasfemia ni nada parecido, si se toma como cierta la palabra de la Real Academia Española de la Lengua cuando explica que hacer milagros equivale a: “Hacer mucho más de lo que se puede hacer comúnmente con los medios disponibles”. Aunque la RAE no aclara que ello necesariamente implique hacer lo requerido por los peticionarios del prodigio.

Por eso y sin duda ninguna Hugo Chávez lo hizo -el milagro- aunque no el esperado por quienes rogaban por él. De otro modo no se explica que haya sentado sólidas bases para convertir en miseria a un país cuyo gobierno llegó a manejar hasta dos mil millones de dólares, cifra con la cual se puede alcanzar la distancia que hay entre la tierra y la luna ocho veces si se arma una torre de billetes de 100 dólares, de acuerdo con una investigación realizada por un exanalista de datos del Banco Central de Venezuela.

Pero Chávez, ni su gobierno, no sólo no llegaron al satélite inspirador de poetas y enamorados, sino que destruyeron los sueños de aquellos que alguna vez pensaron que el recorrido transitado por el país hasta el inicio de la revolución le permitiría a Venezuela, si no acercarse a la luna, por lo menos trazar mejores derroteros.

Porque sin perder de vista a la tan cuestionada cuarta república, ésa que erradicó males que diezmaban a la población, alfabetizó al país y lo dotó de vialidad, transporte, escuelas, hospitales e infraestructura, por mencionar algunas generalidades, el comandante eterno logró el milagro de destruir, hasta casi desintegrar, lo que tanto le costó en esfuerzo, dinero y sueños a los venezolanos durante medio siglo.

Las menciones no son producto de la letanía eterna de fanáticos opositores criollos, aspirantes a imperialistas, empeñados en difamar al gigante, al líder supremo. Es la dolorosa constatación de una realidad contra la cual se topa, diariamente y cara a cara, la mayoría de quienes les tocó nacer, y tratar de sobrevivir, en un país donde ocho de cada diez medicamentos no se consiguen y donde hay fallas de insumos para la salud por el orden del 96% por ciento.

Aunque con seguridad saltará algún ferviente colorado a recordar que en la “cuarta” también hubo fallas, pero deliberadamente olvidará que, ciertamente, cada año arrancaba con escasez en unos cuantos rubros, lo cual se subsanaba tan pronto los laboratorios reanudaban actividades después de sus colectivas y decembrinas vacaciones anuales. Y también, con absoluta certeza, ese mismo devoto del mentor de la destrucción querrá ignorar que la mayoría de sus coterráneos está sufriendo los rigores de una ausencia de medicamentos, o han muerto por esa causa, producto de la insensibilidad, la incapacidad, la desidia y la ineptitud de un desGobierno que, aun con el fracaso a cuestas y el sol en la espalda, se empeña en profundizar sus costosos errores.

Tan costosos son esos errores que tampoco es capaz ese Gobierno de garantizar herramientas para cubrir una necesidad tan básica como los alimentos, al someter a sus ciudadanos a una severa y peligrosa escasez que no sólo pone en peligro la salud física de los venezolanos, sino que amenaza con hacer emerger una generación mentalmente discapacitada.

Y son sólo algunos de los milagros de Chávez, devenidos en la pesadilla que ha significado para los venezolanos más de doce mil quinientos días de revolución que, como toda enfermedad incurable, en su agonía se esmera en arrasar con lo que quede indemne en el maltrecho cuerpo de un país contra el cual se ha estado ensañando sin misericordia ninguna durante17 años.

Los autores y actores de esa pesadilla, materializados en la persona de todos y cada uno de los que han participados de ese proceso de destrucción colectiva, bajo el efectivo liderazgo del Atila barinés, encarnan, en mayor o menor cuantía, a aquel caudillo de los Hunos que la historia recuerda como paradigma de la crueldad, la destrucción y la rapiña.

@YajaHernandez|Periodista|Profesora universitaria

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