20 de Septiembre de 2017

NÉSTOR NAVA|Te rompo las piernas y luego te vendo las muletas

El descaro del régimen no conoce límites. Frente al incremento de la escasez de efectivo, la depreciación de la moneda, le pérdida de poder adquisitivo de la población cada día se hace más evidente. Administrar de modo eficiente el dinero se ha vuelto una cuestión de vida o muerte para los venezolanos, quienes diariamente afrontan la difícil labor de elegir cómo pagar sus compras, tratando de preservar el efectivo hasta el último momento.

Las colas interminables en los bancos, que duran en promedio dos horas y media, tienen como resultado la obtención de una paupérrima suma que no alcanza ni siquiera para una compra en la panadería, en ocasiones representa la necesidad de elegir drásticamente entre irse caminando a casa con un poco más de alimento comprado en el abasto o comprar lo estrictamente esencial para tomar el transporte y evitar ser asaltado en el camino a casa. Difícil elección en un país donde las panaderías exhiben anaqueles vacíos por falta de harina, se ofrece café amargo por falta de azúcar y la leche es la gran ausente en las neveras del ciudadano.

Ante esta desidia, los planes de ayuda social del régimen, dirigidos a combatir la “guerra económica auspiciada por el imperio” pretenden presentarse, al menos desde el sistema nacional de medios públicos, como una especie de justicia social que frenará el desabastecimiento y el hambre. Sumado a esto, las noticias que anuncian la llegada al país de lotes de billetes del nuevo cono monetario que supuestamente acabará con la falta de efectivo.

Nada más lejos de la realidad. La capacidad de respuesta del sector público no sustenta la demanda que tiene la población en materia de dinero en metálico, hasta ahora no se ha podido detener la fuga del capital al otro lado de la frontera, en donde florece la venta de dinero frene a la mirada impotente de quienes observan en las mesas los billetes que deberían estar en los bancos y cajeros automáticos.

Aunado a esto, las crecientes denuncias sobre la corrupción y tráfico de influencias en la red de distribución, ahora en la mira de la comunidad internacional, ha generado molestia en el sector oficial, que alega “el desarrollo constante de un plan contra el pueblo, para inducir el hambre y generar la sensación de escasez”. Basta observar las largas colas que diariamente se hacen frente a los bancos públicos y privados, que rara vez terminan con el rostro sonriente de los clientes. Al contrario, cada vez se hace más frecuente el regreso de los ciudadanos con las manos vacías por la ausencia de circulante.

La promesa de un nuevo cono monetario que ayudaría a frenar la especulación, que acabaría “para siempre” con las colas frente a los bancos representa un fallo más en la hilera de desaciertos del régimen, que de manera impávida está viendo como se agota su repertorio de distracciones, frente a una ciudadanía cada vez más incrédula y decepcionada de la clase gobernante. No se puede pretender respeto cuando se mata de hambre a quienes tienen el poder de decidir qué destino político desean seguir.

El establecimiento de límites en las transacciones agrava aún más la situación, no se tiene solamente un control de cambio que impide la adquisición de divisas extranjeras, ahora se debe asumir la prohibición de retirar más de cierta cantidad –írrita en opinión de los expertos- de efectivo. La constante promesa del gobierno de habilitar más puntos de venta en un país que cada vez se queda más aislado por el colapso de servicio de internet no deja de generar molestias y angustias en quienes siendo víctimas son tratados como el peor de los agresores, con una hilera de falsas promesas que cercenan la libertad de acción de todos.

El sentir de la población se compara al de una persona a quien le quitan la posibilidad de moverse de un modo arbitrario, coercitivo y acto seguido le dicen “para que camines otra, tengo en oferta este par de muletas, paga y son tuyas”. El despotismo benevolente, que ahora sólo aparece en los libros de historia, como un fenómeno que azotó el mundo hace más de trescientos años, pareciera estar en plena madurez en Venezuela. Sin embargo, la presión internacional está demostrando que hay cosas que por maduras, caen por su propio peso.

 

@navanestor24|Periodista|Profesor universitario|navanestor24@gmail.com

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