10 de Abril de 2018

NÉSTOR NAVA|Solos

La crisis venezolana sigue en ascenso, sin que hasta el momento sea posible apreciar una alternativa que haga permeable la situación para los ciudadanos, quienes diariamente enfrentan el difícil reto de tratar de mantenerse con vida sin  sucumbir en el intento.

A pesar de la tan cacareada promesa de acabar con la pésima situación, el régimen lo único que ha logrado es colocar al borde del exterminio a la población, que se desespera cada vez más ante el derrumbe del modo de vida que tanto costó mantener durante años. Carencia de efectivo para movilizarse, escasez de medicinas, subida frenética de los precios de los alimentos y los apagones que se intensifican ponen al borde del abismo la paciencia y el temple del ciudadano.

Es inevitable el derrumbe del sistema, debido a la serie de irregularidades que se descubren cada semana, los desfalcos y constantes desplantes del régimen se producen sin que se pronuncie ningún sector, ni tampoco se dan explicaciones; basta observar lo que ocurre en todas las regiones con los censos para obtener la caja Clap, que suele cobrarse por adelantado, con la promesa de entregarla con todos sus insumos, pero solo unos pocos privilegiados la obtienen. El resto, que resulta ser la mayoría se queda con las manos y bolsillos vacíos.

La inoperancia oficial raya en el peor de los descaros, al manifestarse una indiferencia sin precedentes ante las vicisitudes que afronta la población. Como se ha venido mencionando desde hace semanas, el factor económico no representa prioridad para el régimen, que lo único que hace es abonar el terreno para asegurar su permanencia en el poder. No obstante, cada paso que se da no solamente constituye un avance en sus intereses particulares, sirve para agregar argumentos para cuando llegue el momento de hacer justicia y colocar cada cosa en su lugar.

Basta observar el destino del ex mandatario brasilero, Luis Inacio Lula Da Silva, quien a pesar de su popularidad y apoyo multitudinario, no pudo evitar ser enjuiciado y condenado a prisión por corrupción. Si bien es cierto que el ex mandatario de izquierda creyó tener la sartén por el mango y que su popularidad lo salvaría, la realidad resultó ser nefasta para él: los próximos doce años los pasará tras las rejas.

El destino de Venezuela es ciertamente uno de los fenómenos sociales más complejos de analizar, debido a la incesante presión internacional que se cierne sobre el gobierno, que aparentemente ha logrado sortear todos los obstáculos para salir airoso de cada hecho polémico en que se ha visto envuelto. Muchos han desistido de continuar aquí y se han ido a otras latitudes. Nadie puede juzgarlos, así como tampoco puede juzgarse a quien asume la decisión de permanecer dentro de Venezuela.

Aunque aparentemente estamos solos esperando la estocada final del régimen, no hay que perder la noción de la oportunidad, que implica necesariamente analizar con cabeza fría cada una de las variables que entran en la ecuación. La incesante tensión con Estados Unidos, España, Alemania e Inglaterra, la supuesta alianza incondicional con Holanda, el marcaje de terreno de Rusia y China, convierten a Venezuela en un terreno volátil, incapaz de soportar a largo y mediano plazo la presión a que se encuentra sometido.

La interrogante de rigor ¿por qué no hay una intervención internacional que permita fulminar al régimen? La explicación viene dada por el siguiente hecho: es necesario llevar la situación al extremo, que no exista ninguna salida electoral para que de manera unánime se produzca el cese en funciones del gobierno y sus colaboradores.

Aunque pareciera una misión imposible, debemos recordar que las sanciones establecidas contra genocidas, criminales de guerra y narcotraficantes de alto nivel siempre se han generado como resultado de crisis humanitarias graves, que sobrepasan los límites.

Para algunos este argumento parecerá sin fundamento, sin embargo hay un indicador que no debe ser subestimado: aún hay personas que actúan como si nada estuviera ocurriendo, disfrutan de viajes, comidas en restaurantes caros, esparcimiento en discotecas. Esa es una imagen que se vende, tratando de demostrar que en Venezuela todo sigue “excesivamente normal” como diría el obstinadamente longevo Cicerón caraqueño.

Días antes de su caída, Nicolae Ceausescu, hacía despliegues de poder, comandaba intimidantes desfiles y ostentaba un poder absoluto. Obsequió suntuosos regalos a sus jefes militares para garantizar su lealtad incondicional, pero eso no lo salvó de su final repentino y contundente.

Los venezolanos nos metimos solos en este laberinto. Solos hemos tenido que recorrerlo durante años. A pesar de las amenazas del chavismo, solos podremos salir de esta infernal pesadilla, aunque deba sacrificarse a quienes no ceden en su afán de exterminar a quienes se mantienen dignamente de pie sin hincar la rodilla ante un modelo fracasado y retrógrado. La suerte está echada. Parafraseando al más grande receptor del beisbol todos los tiempos, Yogi Berra, “esto no se acaba hasta que se acaba”. No hay que tirar la toalla cuando se acerca la hora decisiva.

 

@navanestor24|Periodista|Profesor universitario|navanestor24@gmail.com

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