11 de Noviembre de 2017

NÉSTOR NAVA|Por unos dólares más

La debacle de la moneda venezolana pareciera no tener freno. El nuevo récord de cotización del dólar, los cincuenta mil bolívares por unidad, deja en evidencia que no existe ningún interés por parte del régimen en controlar una situación favorable a su causa.

Los más escépticos se resisten a creer esta hipótesis, porque encuentran inconcebible el hecho que se esté apostando contra la supervivencia del venezolano. Sin embargo, la realidad del mercado es muy clara: la divisa norteamericana seguirá subiendo porque es la única salida a corto plazo que tiene el régimen para asegurar la relación de dependencia con sus seguidores; por cada dólar vendido, los bolívares se emplean para comprar conciencias a diario.

Los recientes enfrentamientos entre Francisco Ameliach y Rafael Lacava, en medio de polémicas denuncias por acaparamiento de alimentos y dólares pone en el tapete el desespero del sector gubernamental por seguir acumulando recursos para garantizar la supervivencia en momentos críticos. Ya no se trata de actuar con sigilo, se hace a vista plena y sin ningún tipo de contemplaciones, ante la mirada impasible de quienes deberían llamar al orden.

La aprobación expedita de la Ley contra el odio es una artimaña más de los rojos para desviar la atención del punto focal de la crisis, la economía que se desmorona más rápidamente de lo que sube la inflación. De acuerdo a fuentes del sector bancario, no existe suficiente efectivo para cumplir con los compromisos decembrinos, factor que agudizará aún más la crisis por venir, al no poder contar con circulante, la desesperación cundirá entre la ciudadanía, incrementando el descontento y la ira contenida.

Pensar que una ley podrá frenar la caída económica es pecar de ingenuo, un error común entre los tiranos cuando se sienten consolidados y no se dan cuenta de lo cerca que tienen el abismo. Pese a los pronósticos de Schemel, Campos, Stelling y otros tarifados del gobierno, la revolución seguirá descendiendo sus niveles de popularidad, porque al General Hambre no ha sido derrotado jamás por ninguna dictadura.

El retraso de las remesas, la dificultad de transporte, además de la constante falla de los puntos de venta siguen haciendo mella en los ciudadanos, quienes contemplan con desesperación como las cuentas se vacían con celeridad mientras las neveras siguen sin alimentos. Sin embargo, para los defensores de lo injustificable, esto es un espejismo, una “crisis inducida desde el imperio” para tratar de sembrar odio hacia la revolución.

El odio lo sembraron ellos mismos desde el momento en que asumieron el poder, ratificándolo con cada cierre de medios, con cada multa a los comercios con cada hacienda confiscada sin ninguna justificación, con cada asesinato y cada persecución. No es culpa de la población, los únicos responsables son los que tomaron las riendas del poder para traficar con estupefacientes y llenar sus arcas personales, los que jugaron con el hambre del pueblo dejándolo sin comida, sin medicinas, sin dinero y sin esperanzas.

No es posible exigir a los ciudadanos que se sacrifiquen por una causa que jamás ha tomado en cuenta el bienestar social, que no ha hecho aportes al desarrollo económico y que ha generado la mayor inflación y desempleo de toda la historia. El éxodo desesperado que se ve a diario lo ratifica, muchos caen en la obsesión de irse del país sin tener un plan de vida, hecho que se equipara a lanzarse desde las alturas sin paracaídas.

No se trata de rogar por un milagro que salve al país. La búsqueda de una solución ha de salir, como se ha insistido en las últimas semanas, desde nuestras filas, sin esperar que venga del cielo. Nosotros estamos solos en esto y solos debemos salir. Basta de ese criterio mesiánico que espera soluciones milagrosas mientras el resto del mundo forja su futuro.

Las crisis no se superan con lamentos, se superan con esfuerzo, trabajo y enfoque, es imperioso diseñar una estrategia de recuperación económica para Venezuela, no para obtener unos dólares más, sino para encontrar el rumbo al pleno desarrollo económico, reactivación de la producción, generación de empleos y sobre todo, que limpie el nombre del país, que ha sido enlodado por un grupo que cree que su hora no llegará jamás.

Parece que todos los tiranos cometen el mismo error: subestimar la paciencia de los ciudadanos, haciéndolos llegar más allá de su límite. Hay cosas que por maduras se caen, sin que exista mazo que impida la construcción de una nueva sociedad que exige de infinitas maneras un giro hacia el verdadero desarrollo económico, político, social y cultural.

 

@navanestor24|Periodista|Profesor universitario|navanestor24@gmail.com

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