3 de Octubre de 2017

NÉSTOR NAVA|En un país donde la vida no vale nada, la muerte tiene un precio

Trazar el destino de una nación es tarea de todos, no es la prerrogativa de un grupo reducido de gobernantes. Desde siempre, el término “democracia” ha significado justicia, verdad, honor y lealtad, que parecen hacerse extraviado en Venezuela. No existe justicia, el honor no se divisa, la verdad se fue con la lealtad, lejos al parecer. Esto no es el guión fatalista de una obra trágica, se trata de la amarga realidad que azota a la Venezuela de hoy, que atormenta a quienes no encuentran una salida ante la crisis.

La reciente semana estuvo marcada por varios hechos puntuales: el colapso del sistema bancario nacional, con la reiterada ausencia de efectivo, la caída de los puntos de venta y de la plataforma de los bancos, perjudicando a millones de personas que se vieron imposibilitadas de hacer sus compras y demás diligencias al no tener los recursos para resolver prioridades.

En segundo lugar, la alarmante crecida del Lago de Valencia, que sigue amenazando a los pobladores de la ribera aragüeña, quienes ven con impotencia como sus casas, sus bienes y sus hijos son amenazados con la irrigación de las aguas, que teñidas de negro, siguen causando estragos sin que el gobierno local ni el nacional presten atención alguna. Por favor, hay que entender que primero está el envío de recursos a México, República Dominicana y demás países que han sufrido los embates de terremotos y huracanes, lo que sea por lavar la paupérrima imagen del narcorégimen.

Como si fuera poco, la difusión en las redes de la improvisada sala de partos en un centro médico en donde las mujeres dan a luz sobre las sillas que antes servían de asiento para los pacientes que esperaban su turno, ante la impávida reacción de médicos y funcionarios “no se puede hacer más” fue su respuesta, ante la pregunta inquieta de quienes presenciaron el hecho. Hace recordar la frase “no importa que andemos desnudos, no importa que no tengamos que comer, lo importante es la revolución” que pronunciaba el extinto fundador del peor gobierno que ha tenido el país.

Un legado de tragedia, que se evidencia en el pánico colectivo que genera cada incremento salarial, es el único país donde un empleado anhela que los montos se mantengan estables, sin que hasta el momento su deseo se haya cumplido. De cara al próximo proceso electoral del 15 de octubre, la nación sólo quiere tener garantía de poder vivir dignamente, encontrar el sustento diario, alimentos, medicinas, sobre todo esto último, cuando han reaparecido enfermedades que antes se mantenían a raya. Ahora el pronóstico es otro: hospitales sin médicos ni medicinas, panaderías sin pan, bancos sin dinero, farmacias sin medicinas.

Lo más patético fue el gran apagón del viernes en la península de Paraguaná, donde funcionan dos grandes refinerías que en el pasado eran ejemplo de autogeneración eléctrica, sólo que esta vez el vicepresidente de la ANC, Aristóbulo Istúriz no aclaró si era culpa de la iguana, del imperio o de la ultraderecha.

Cuando se ve la desesperación por el brote de sarampión en Valencia y Maracay, sin que la población pueda tener garantía de las vacunas necesarias para evitar su propagación, es evidente que hasta la muerte se ha vuelto costosa, tampoco hay insumos para dar una sepultura digna a los deudos, los costos de los servicios funerarios se han disparado de un modo intempestivo, prácticamente inalcanzables.

Los venezolanos parecieran estar a la deriva, resignados a esperar lo peor, sin que se vea una luz en el camino, ¿cuál es la salida? La respuesta no tiene un solo indicador, es importante enfocarse en hacer frente a la crisis sin rendirse. No hay que entregarse al destino incierto, es responsabilidad de cada uno decidir que rumbo tomar, pero cualquiera que sea la decisión es importante tomarla en función del triunfo de la libertad. ¿Quién dijo que todo está perdido¿ ¿Quién dijo que la pelea terminó? Nos enfrentamos a una guerra de desgaste, en donde es crucial mantenerse en pie hasta el final.

Quienes se tambalean son aquellos que a pesar de sus gritos y amenazas cada día están más solos, quienes son declarados personas “non gratas” alrededor del mundo por su nutrido prontuario. Que nadie se rinda y que nadie se desespere, aunque ahora el río está revuelto, hay que saber visualizar la desembocadura, para que podamos decir más pronto que tarde “la muerte tenía un precio”.

 

@navanestor24|Periodista|Profesor universitario|navanestor24@gmail.com

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