17 de Marzo de 2018

NÉSTOR NAVA|Echándole gasolina a un país en llamas

En esta grave hora, cuando recrudece la situación de abastecimiento eléctrico, agravada por el decreto de “uso racional de la energía” en los estados Barinas, Mérida, Táchira y Trujillo (aunque suenan también Falcón y Zulia como los próximos), los ciudadanos enfrentan la peor temporada de sus vidas, con la amenaza de varios aumentos salariales que serían aprobados por la Presidencia de la República antes de las elecciones de mayo.

Los hospitales de la capital zuliana, el Chiquinquirá, Coromoto, Universitario, Adolfo Pons, adolecen de varias deficiencias, además de haberse declarado en un inminente cierre técnico debido a la falta de insumos y la contaminación de sus pabellones y áreas de atención a los pacientes. La paulatina desaparición de los medicamentos ha traído la muerte a más de un enfermo, poniendo en jaque la posibilidad de salvar vidas y restablecer la salud en recintos que en el pasado eran referencia obligatoria en materia de atención médica integral y que ahora no son ni la sombra de esa impecable reputación de tiempos históricos.

En horas de la noche no es posible encontrar una calle con perfecta iluminación, todo está en penumbra, los semáforos en muchas ocasiones trabajan a media marcha, mientras que las farmacias de turno han menguado producto de la inseguridad reinante en nuestras ciudades. Definitivamente la crisis venezolana llegó a un nivel de indescriptible deterioro, que no augura nada bueno para quienes deben salir todos los días a ganar el sustento que les permite sobrevivir.

La nueva modalidad de criptomoneda no termina de convencer a una población hastiada de tanta burla y corrupción del sector oficial, mientras que sus promotores diariamente declaran que está cerca el final de la crisis económica, sin presentar argumentos que sean convincentes. Lo único que el ciudadano común sabe es que cada día el dinero vale y rinde menos, poniendo en tres y dos a quien intenta comprar lo estrictamente necesario y de interés prioritario: la comida.

Por otro lado, la diáspora creciente no ha hecho más que complicar las posibilidades de acceder a créditos en el sector bancario, debido a que no es rentable para una entidad financiera otorgar un préstamo o crédito a quienes no dudarían en irse del país a la primera oportunidad que se presente.

Sin efectivo, sin chequeras, sin plástico para las tarjetas de débito y crédito, son limitadas las oportunidades que ofrecen los bancos a la población, que no encuentra respaldo en las organizaciones que deberían aprobar instrumentos crediticios para la adquisición de viviendas, vehículos, electrodomésticos, remodelaciones y otros. Por el contrario, los bancos lo único que ofrecen – y en contadísimas ocasiones- son cantidades paupérrimas de dinero a sus clientes.

El sector educativo no escapa a los embates de la crisis, cada vez son menos los estudiantes que asisten a colegios y liceos, mientras que la máxima casa de estudios de occidente, la Universidad del Zulia, se ha visto obligada a compactar horarios para mantener sus puertas abiertas a duras penas.

Por si fuera poco, la delincuencia desatada no cesa de generar pérdidas a la población, aprovechándose de las interrupciones del servicio eléctrico para hacer de las suyas. También las calles son tierra de nadie a cualquier hora, en autobuses, y vehículos particulares, son contadas las personas que jamás en la vida han enfrentado un robo a mano armada, buena parte de la población vive con miedo, va al trabajo con miedo y hace la compra con miedo. La delincuencia genera cada vez más zozobra y angustia, haciendo mella en la integridad de los ciudadanos, quienes se sienten acorralados sin posibilidad de escape.

La escasez de alimentos es, junto con el tema del agua potable, la mayor angustia de los venezolanos, que van perdiendo peso corporal en la medida en que se devalúa su poder adquisitivo. Aunado a esto, el incremento de patologías como diabetes, enfermedades coronarias, cáncer y padecimientos renales merman la resistencia de los venezolanos, que cada vez están más vulnerables y sin expectativas de una vida larga y saludable.

La angustia ante el aumento de la presión de todas estas variables es lo que provoca ese sentimiento de desesperanza, incertidumbre, depresión y en el peor de los casos, fatalismo. No es posible encontrar alicientes ante un panorama turbulento, que derrumba cualquier intento por mantenerse a flote. Por otro lado, el afán desmedido del régimen por buscar chivos expiatorios, en lugar de solucionar problemas no facilita las cosas a la población, que no sabe a qué temerle más, si a las dificultades o a las “medidas contra la pobreza” dictadas desde Miraflores.

Sea cual fuere el camino a seguir, es indudable que nos encontramos en una carrera de resistencia, donde sólo los más fuertes podrán llegar a la meta. Ahora es cuando debemos mantener el paso, sin darnos por vencidos.

 

@navanestor24|Periodista|Profesor universitario|navanestor24@gmail.com

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