2 de Diciembre de 2017

NÉSTOR NAVA|Chacumbele y los chacales

La arremetida de un sector de la revolución hacia sus propias filas marca la desesperación e impotencia por el desliz de dimensiones inmensas que representa la dolarización por vía de hecho de la economía venezolana. El hecho de no poder contar con suficiente flujo de caja ha precipitado las intrigas fratricidas de quienes juraron hace dieciocho años estar juntos por siempre luchando por la revolución.

Execrar a Rafael Ramírez, Eulogio del Pino, José Vicente Rangel del oficialismo es la prueba fehaciente de la necesidad que tiene el régimen de chivos expiatorios, de fichas sacrificables para apelar a la lástima popular. Someter al escarnio a su propia gente de confianza le daría (en teoría) un nuevo respiro a Maduro, con el cual podría ingeniar una distracción que opaque la crisis que estrangula a la población, una devaluación inducida que no rindió los frutos que se esperaba, sino que está cavando la tumba del chavismo.

Ni la figura de la Constituyente ha podido ofrecer el esperado (y ansiado) revivir económico, algo impensable para quienes hicieron planes para tener un diciembre marcado por una nueva alza de los precios del petróleo, la recuperación de la confianza en el país nuevas inversiones y la resurrección del socialismo del siglo XXI. Nada más lejos de la realidad, el régimen se ha convertido en un cadáver insepulto, en un adefesio que nadie sabe cómo logra sobrevivir.

La destitución de Ramírez, cuya baza era ser primo hermano del tristemente célebre Carlos el Chacal, el peor terrorista del mundo, marca el derrumbe de las esperanzas para el régimen, que ve contadas las alianzas que le quedan. La cuenta regresiva sigue su marcha, esta vez no hay salvación.

No hay una salida clara, a pesar de querer distraer a la opinión pública con las cacareadas reuniones del diálogo que no ocupan ni le interesan a nadie, no existe fórmula que detenga el proceso de destrucción de quienes están probando mismo que han dado al país: desprecio, odio, destrucción y la condena del pueblo que se siente defraudado por tanta mentira, corrupción e incompetencia roja.

Sin lugar a dudas, la revolución atraviesa una crisis interna que sólo es comparable a la desmesurada inflación que experimenta Venezuela. La fluctuación de la divisa norteamericana ya genera angustia en máximo nivel, ante la imposibilidad técnica de sustentar los gastos diarios. Ya no es un asunto de especulación, es una cuestión de vida o muerte conseguir la comida en cada hogar, en cada rincón del país, esto dejó de ser tema fronterizo para convertirse en calamidad nacional, a pesar de los esfuerzos del régimen por impedir que la verdad sea dicha.

La economía le está pasando la madre de las facturas a los jerarcas revolucionarios, que por primera vez, no encuentran la salida ante una situación que ellos mismos generaron. Le salió carísima la jugada de apostar a la liberación del dólar, porque si bien es cierto que los precios fluctúan de modo incontrolable, por otro lado las necesidades y consecuencias se sienten en todos los estratos de la sociedad, en especial, en aquellos sectores que se sintieron representados por la coalición roja.

Este diciembre no habrá ferias en la avenida Bolívar de Caracas, ni bailantas en las plazas, no hay presupuesto ni pueblo que esté dispuesto a seguir danzando al ritmo de una música que dejó de tener ritmo hace tiempo. La justicia tarda a veces, pero llega reclamando lo que le pertenece, cobrando los intereses caídos, sin compasión alguna.

Para quienes apostaban a la reconciliación nacional, es pertinente refrescarles la memoria: ninguna tiranía cae sin estruendo ni sangre, no hay dictador que entregue el poder sin arrastrar una cadena de víctimas. Los decesos de niños en los hospitales por causa de enfermedades que estaban erradicadas, como la difteria, por la ausencia de medicamentos y desnutrición deben servir para recordar la necesidad de poner orden de una vez en Venezuela.

No es un asunto de dejarlos ir y ya. Necesario es asegurar que el cambio sea contundente y sentar precedentes para que nadie vuelva a sucumbir a la tentación de convertir este país en su guarida particular al margen de la ley.  Es prioridad rescatar la sociedad desde las bases, erradicando todo vestigio de impunidad, corrupción y abuso.

Que nadie se equivoque. Ciertamente Chacumbele acabará solo, pero es necesario evitar que los seguidores pretendan reclamar, como chacales frente a la carroña, una “herencia” que únicamente serviría para seguir hundiendo a Venezuela. Justicia con severidad es lo que se requiere. Por los vientos que soplan, es lo que vendrá más pronto de lo que muchos creen, no habrá garrotes, ni chequeras que impidan que las cosas vuelvan a tomar su curso.

 

@navanestor24|Periodista|Profesor universitario|navanestor24@gmail.com

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