15 de Octubre de 2017

LUIS VICENTE LEÓN ¿Qué por qué voto?

Porque mis abuelos y mis padres se sacrificaron para tener ese derecho y no creo que haya alguna forma mejor de expresarme que votando.

Porque aún cuando el ejercicio de ese voto esté sesgado, hacerlo masivamente limita más al adversario que dejarle el camino libre para que haga lo que le dé la gana.

Porque siento que en estos últimos años nuestra democracia ha sido debilitada a tal punto que exige un esfuerzo gigante para rescatarla y ese proceso de recuperación nos pide que ejerzamos (o intentemos ejercer) los derechos que ella implica, empezando por el voto.

Porque si no hay unidad de criterios entre quienes quieren pensar como yo, prefiero votar para expresarme explícitamente y que se entienda con voz alta mi deseo, que asumir que mi silencio será interpretado adecuadamente.

Mi voto no legitima lo malo, ni de los propios ni de los contrarios. Legitima mi derecho a expresarme y deslegitima a quienes intentan evitar que mi voto tenga la potencia del cambio. Levanto, con mi voto, el espíritu de lucha por mi derecho, y si el mismo es coartado por otros, es votando como aumentan los peligros de su acción abusiva, mientras que abstenerme pone en hibernación mi derecho, pues en ese caso no ha sido violado por nadie más, sino por mi mismo.

No voto sólo cuando pienso que voy a ganar ni voto a ganador. Voto por lo que creo. Si me tocó ser minoría en buena lid, defiendo igual mi derecho, pero especialmente el de quienes piensan distinto a mí. Pero si mi voto es burlado, entonces se convierte en el disparador de mis acciones para defenderlo, con todos los mecanismos que me entrega la Constitución y las leyes, incluso cuando las mismas estén tan birladas como mi voto.

Votar no significa que esté de acuerdo con todo lo que han hecho quienes están de mi lado. Entiendo que parte del problema que explica, porque tanta gente está reacia votar en esta ocasión tiene que ver con una cadena de errores cometidos y la falta de sinceridad de los líderes sobre las posibilidades reales de sus acciones políticas pasadas. Comparto la tesis de que muchos tuvieron miedo de expresar con sinceridad los riesgos y posibilidades reales.  Pero no es entregándole en bandeja de plata el poder al adversario que castigo a los míos. Si quiero cambios internos, participo en los partidos, motorizo transformaciones institucionales, reto liderazgos equivocados y propongo alternativas modernas de transformación hacia el interior de mis grupos. Pero cuando hay una elección como ésta, que compromete la capacidad de mostrar la fuerza de mi grupo y de presionar al adversario, entonces voto.

Pero mas allá de los temas filosóficos, hay una razón empírica que no puedo olvidar. El país tiene una posición clara, contundente y mayoritaria sobre lo que quiere a futuro y tiene derecho a mostrarla. Si no voto, contamino el resultado y abro la puerta para que muchas zonas presenten un resultado distinto al deseado por la mayoría, y en otras reduzco tanto la diferencia que la pongo papaya para que la opacidad y el abuso de poder dominen el resultado de la elección y envíe a Venezuela y al mundo un mensaje equivocado, pero sustentado en un regalo que le garantice con la abstención.

Claro que quienes quieren abstenerse tienen derecho y sus argumentos son importantes. Pero el resultado de su acción es contraria a lo que buscan y favorece a su adversario mayor. Ejercer el derecho a votar, en estas circunstancias, no garantiza la solución de los problemas ni va a rescatar mágicamente la democracia ni va a presionar los acuerdos inmediatos para rescatar los equilibrios. Pero el voto es un ingrediente indispensable para cada una de esas recetas y sin él, ninguna sabe a democracia.

Párate de esa cama y vota.

 

luisvleon@gmail.com|El Universal

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