19 de Marzo de 2018

LUIS RIOS|Protocolo de Groningen: cuando la vida no es una opción

“La muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo, y para muchos un favor”.

Séneca

Desde muy temprana edad, nos enseñan casi que como una tradición universal, que la vida implica las capacidades de nacer, crecer, metabolizar, responder a estímulos externos, reproducirse y morir. No deja de ser un tema controversial, puesto que existen varias concepciones de lo que deberíamos entender por “vida”, entre las que encontramos el movimiento como una característica que define a la misma; mientras que otras consideran que los seres vivos guardan su información genética en forma de ADN, o que la vida se basa en el carbono.

Es prácticamente imposible unificar las definiciones en un único rasgo central, y esto se debe precisamente a la complejidad de la vida. Pero dentro de esa dinámica evolutiva, y casi en el olvido voluntario, está la muerte, considerada como la finalización de las actividades vitales de un organismo, que en el caso de la realidad humana, sería la cesación irreversible de toda actividad en el encéfalo. Desde el punto de vista social y religioso se suele considerar a la muerte como la separación del cuerpo y el alma, que implicaría el final de la vida física pero no de la existencia. La creencia en la reencarnación también es bastante común.

Es una verdad incontestable, que a casi todos los seres humanos nos cuesta aceptar la muerte, cuando esto es lo único seguro que tenemos, ya que forma parte del proceso natural de vivir. Sin embargo, la tomamos tan poco en cuenta, que vivimos como si nunca fuéramos a morir. Esta situación se torna más dramática e inaceptable cuando se trata de recién nacidos. Si bien, existe un gran número de neonatos con deficiencias físicas o mentales, que pueden permanecer con vida gracias a las nuevas tecnologías, también existen muchos niños que al nacer, por diversos factores: malformaciones físicas, cromosómicas, o que padecen un sufrimiento grave, continuado y sin forma de alivio, que luego de la realización de los estudios correspondientes, tienen un pronóstico certero, claro y desalentador de incompatibilidad con la vida.

La eutanasia, como elemento que integra el concepto de “muerte digna”, se aplica en todos los hospitales y clínicas públicas y privadas del mundo, sin ningún tipo de control, de un modo silencioso y al margen de la ley. Y digo, al margen de la ley, porque muchos son los países que no tienen una legislación sobre el tema. Pero, el hecho de que por convicciones o razones éticas, morales o religiosas la ignoremos, no pensemos en ella, no se legisle al respecto e incluso se sancione como delito, no impide que siga sucediendo; por eso, las cifras sobre este asunto seguirán permaneciendo ocultas. Esto no tiene que tomarnos por sorpresa o alarmarnos, puesto que morir es una realidad inevitable y hasta necesaria en muchos casos, por eso, ha llegado el momento de hablar abiertamente sobre esta cuestión, incluso, cuando se refiere a recién nacidos; y en ese aspecto, los avances de Holanda en esa materia resultan pertinentes y esclarecedores.

Si bien desde el año 2000, Holanda legalizó la eutanasia para pacientes que no pueden decidir por sí mismos, en el año 2005 fue más allá, al aplicar la eutanasia a recién nacidos que sufren por enfermedades graves y malformaciones congénitas. El “protocolo de Groningen”, debe su nombre al hospital universitario en donde nació la idea, y consiste en un documento, que fue elaborado conjuntamente con la Fiscalía de ese país, que regula el procedimiento a seguir para aplicar la eutanasia a recién nacidos dentro de márgenes legales aceptables.

Para los médicos que sigan los cinco criterios establecidos en el referido protocolo, además de saber que la eutanasia neonatal es éticamente aceptable, también les ofrece la certeza jurídica de que no serán perseguidos ni procesados por provocar intencionadamente la muerte de un neonato con muy mal pronóstico de vida. Estos criterios son: a) el diagnóstico y pronóstico deben ser seguros; b) debe establecerse con certeza que el sufrimiento es incontrolable e intratable; c) el diagnóstico, el pronóstico y el sufrimiento insoportable deben ser confirmados por al menos un médico independiente; d) los padres deben dar su consentimiento informado, y e) el procedimiento debe ser realizado de conformidad con la praxis médica generalmente aceptada.

La polémica está servida, no faltarán quienes aseguren que la vida y la muerte son decisiones que escapan al control humano y que solo Dios puede tomar; que es un asesinato encubierto; que muchos niños a pesar de sus inconvenientes podrían tener vidas satisfactorias o que los padres podrían solicitar la eutanasia para evitar cuidar un niño en estas condiciones por las dificultades que ello acarrea; en fin, no dejará de ser una resolución difícil y un asunto altamente escabroso, pero hay que abordarlo, ya que ignorándolo o escondiéndonos en principios éticos, morales o religiosos no vamos a resolver el problema de los recién nacidos con un pronóstico sin esperanzas y con un sufrimiento incontrolable.

Y ya para terminar, cito las palabras de uno de los impulsores del susodicho Protocolo, Eduard Verhagen, pediatra y abogado adscrito al hospital universitario de Groningen, cuando dice: “Es esencial comprender esta distinción. No es lo mismo poner fin deliberadamente a la vida de un bebé sin posibilidades de supervivencia después de haberse asegurado de ello conforme a un estricto código de conducta, que hacerlo cuando un adulto enfermo lo pide”.

Aunque nos cueste reconocerlo, siempre existirán casos de recién nacidos en donde la evidencia científica indicará que la muerte resulta inminente e inevitable, y que lo mejor que podemos hacer por estas criaturas y la de su familia, es renunciar a una prolongación precaria y penosa de su existencia.

 

@LuisRiosDiaz|Abogado|Instagram: @Abog.luisrios

¡SUSCRÍBETE! En tiempos de gran incertidumbre la información clave es esencial…

Tags: , , , ,

advert
Peliculas Gratis Directorio web Gratis Musica online gratis