11 de Junio de 2018

LUIS RÍOS|Alfie Evans: la eutanasia o la vida

“La muerte no está más cerca del anciano que del recién nacido; tampoco la vida”.

Kahlil Gibrán

La noticia conmovió al mundo: el niño Alfie Evans, había muerto tras una larga batalla judicial liderada por sus padres que movilizó hasta al Vaticano y contó con el apoyo del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, para lograr prolongar el tratamiento y con ello su vida en contra la opinión de los médicos quienes alegaban que no había cura posible para su trastorno. El niño estuvo desde diciembre de 2016 en coma, y conectado a una máquina que lo mantuvo con vida en el hospital infantil Alder Hey de Liverpool, después de ser derrotado por una misteriosa enfermedad neurodegenerativa.

Ante la obstinada negativa de los padres, el mismo centro médico, luego de agotar todas las opciones científicas, solicitó a los tribunales británicos la autorización para desconectar al bebé del aparato de ventilación mecánica, y permitirle morir dignamente en un ambiente tranquilo y sereno. La justicia finalmente les otorgó el permiso para proceder a interrumpir el soporte artificial que lo mantenía con vida, fundamentándose en la irreversibilidad  de la enfermedad cerebral; sin embargo, muchas fueron las solicitudes que los padres intentaron para contradecir la antedicha decisión judicial, los cuales resultaron inútiles. Incluso, los padres presentaron un último recurso ante la Corte de Apelaciones del Reino Unido con el propósito de que les dejaran trasladar a su hijo a Roma para continuar con el tratamiento y su cuidado, específicamente al centro pediátrico Bambino Gesú, que es parte de la red del Sistema Nacional de Salud en el área extraterritorial administrada por la Santa Sede (Vaticano), pero esta petición también les fue negada. Finalmente la orden judicial se cumplió y el niño Alfie Evans fue desconectado, y falleció el día 28 de abril de 2018.

La eutanasia, es la muerte provocada con la intención de evitar prolongar inútilmente el sufrimiento insoportable de un enfermo o de alargar artificialmente su vida, cuando se encuentra afectado de procesos incurables o en fase terminal. La misma es legal en el mundo solamente en 5 países, a saber: Holanda que fue el primer país que la legalizó, Bélgica, Luxemburgo, Colombia y Canadá, y tiene básicamente dos modalidades que son, la eutanasia activa, que es causar deliberadamente la muerte de forma indolora, y la eutanasia pasiva, que consiste en precipitar la muerte mediante la abstención de efectuar actos médicos necesarios para la continuación de la vida.

Si bien, teóricamente el Reino Unido se proclama contrario a la eutanasia, la justicia británica no; ya que ha tomado algunas decisiones en este espinoso tema, al autorizar en al año 2015 a los médicos a que desconectaran del soporte vital, contra la voluntad de los padres, a una niña que había sufrido daños cerebrales irreversibles, al quedar sin oxígeno durante el parto ocurrido en un vehículo. También, en el año 2017, autorizó en contra de la voluntad de sus padres la desconexión de las máquinas que mantenían con vida al bebé de 8 meses Charlie Gard; y lo mismo ocurrió en este caso que nos ocupa, de Alfie Evans, cuando los tribunales concedieron tal permiso en contra de la obcecada postura contraria de sus papás.

No es un debate sencillo, y las posiciones son encontradas hasta el punto de que, los que se oponen a estas decisiones judiciales sobre la eutanasia o a su legalización, argumentan entre otras cosas que es una inmoralidad, o un plan que involucra a los médicos, tribunales y al sistema como tal, que buscan condenar a muerte o acabar con la vida de las personas violando su dignidad, e incluso, que de aprobarse o aceptarse, comenzaría una “carnicería” o matanza indiscriminada de personas.

El punto nodal, es que la humanidad sigue y seguirá enfrentando situaciones extremas como estas, que escapan del campo de lo posible científicamente en cuanto a la curación, la recuperación o la salvación de vidas, cuando su viabilidad biológicamente hablando es inútil.

Sin embargo, el caso de Alfie Evans no fue poca cosa para el juez que tuvo que tomar la decisión de desconectarlo, debido a que teniendo las opiniones de los médicos tratantes y del personal sanitario externo independiente que corroborara tal pronóstico de irreversibilidad, debía decidir además si autorizaba la eutanasia activa o pasiva; es decir, si ordenaba que le provocaran la muerte o que se prescindiera de los soportes artificiales que lo mantenían con vida para que ocurriera su deceso forma natural; y ante tal dilema ético y legal, optó por el segundo escenario. Pero, qué hubiera ocurrido si una vez autorizados los médicos para proceder a retirar los aparatos, ¿el niño hubiera permanecido con vida indefinidamente?

Ejemplo de ello, entre otros, está el famoso caso de la joven estadounidense Karen Ann Quinlan, quien entró en coma un 15 de abril de 1975, como consecuencia de la ingestión de alcohol y barbitúricos sufriendo un daño cerebral incurable, y a pesar de que su familia logró un año más tarde una sentencia que permitió que fuera desconectada de un respirador artificial para que muriera, continuó viviendo una vida en estado vegetativo durante toda una década sin la respiración asistida, lo que provocó graves repercusiones morales, familiares y evidentemente económicas, pues tuvo que ser trasladada a su casa para su cuidado hasta el día que murió. Surge la pregunta ¿Cuánto sufrimiento y gastos se hubieran evitado si la decisión judicial hubiera ordenado la eutanasia activa?

Otro escenario en el caso de Alfie Evans, es que, ante tal pronóstico certificado médicamente en cuanto a lo invariable de su condición, ¿tenía sentido alargar penosa e inútilmente su vida pensando en la posibilidad de una cura, recuperación o de su salvación? Aunque no resulte sencillo de acpetar, no creo que realmente ese niño hubiera podido sobrevivir, y continuar tercamente ejecutando por todos los medios posibles actos médicos sobre su cuerpo para tratar de salvarlo o prolongar su vida, y por tanto retrasar el advenimiento de su muerte, por el deseo de sus padres o por compasión, hubiera llevado a perjudicarlo más y a un sufrimiento desproporcionado, innecesario e irracional. Esto es lo que se conoce con el nombre de distanasia o ensañamiento terapéutico.

Si bien, no se puede negar que en el mundo han ocurrido recuperaciones “milagrosas” de algunos pacientes graves o en fases avanzadas de la enfermedad o terminales, no se les puede otorgar un valor exacerbado o pensar de que siempre van a ocurrir, porque en realidad estos casos son muy aislados y contados dentro de la experiencia universal, y por lo tanto, no sirven como criterio para definir o dejar de aplicar la eutanasia.

El derecho a la vida, constituye sin dudas, el primero y más grande de los derechos del hombre y de eficacia universal, y mientras pensemos en ello como un derecho absoluto, que no admite restricciones, será difícil que se dé una legalización de la eutanasia en muchos países, y sobre todo, además, por la poderosa influencia de ciertas orientaciones religiosas y políticas; por tanto, quedará de parte de los tribunales y de los jueces que se atrevan, flexibilizar el marco jurídico para dar cabida a la misma.

Para finalizar, considero, desde el punto de vista ético y moral, que la eutanasia debe ser legalizada pues su existencia jurídica no determina necesariamente su aplicabilidad o no, ya que puede ser utilizada como un medio para aliviar a los pacientes terminales, siempre y cuando se haya analizado científicamente y con suficiencia esta opción.

 

@LuisRiosDiaz|Abogado|Instagram: @Abog.luisrios

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