4 de Febrero de 2016

JUAN PABLO GUANIPA|Seguridad y Justicia

La crisis que vive Venezuela se manifiesta no sólo en los problemas de desabastecimiento y de precariedad en la prestación de servicios públicos. La inseguridad se ha convertido en un asunto que ha vuelto nuestra vida una permanente zozobra y desesperación. Casi nadie se siente seguro en su casa y mucho menos en cada contacto, diario y necesario, con la gente y la realidad que nos circunda. Todos tenemos alguna experiencia, directa o indirecta con la delincuencia. Algunos, muchos, han llevado la peor parte de experimentar la muerte de un familiar muy cercano en manos del hampa. Y todos nos preguntamos por qué y hasta cuándo.

Desde mi perspectiva, dos palabras son claves para abordar este tema que nos preocupa a todos: Prevención y castigo. La prevención es un asunto que involucra a la familia, a los vecinos, a la escuela, a la sociedad y al estado. Todos tenemos una gran responsabilidad en ella. Y aquí me centro en la necesaria atención a los más indefensos de toda esta realidad: los niños y los jóvenes. Si no atendemos a nuestros hijos, si no dedicamos tiempo y esfuerzo para influir en su proceso de formación, siempre en valores y siempre académica, si no les ofrecemos oportunidades de deporte, recreación y buen uso del tiempo libre, no podemos luego responder por la persona que le entregamos a la sociedad. Ese es un asunto de la casa, de la escuela, pero también de la sociedad y del estado.

El castigo también es prevención. Siempre he sido partidario de que todos nos responsabilicemos por nuestras faltas por muy pequeñas que éstas sean. Cuando un niño agrede a otro o realiza un pequeño hurto y no se produce ningún castigo proporcional, la familia y la sociedad están estimulando que la conducta de ese niño se vaya torciendo con la posibilidad de convertirse en un delincuente. La impunidad está haciendo un profundo daño a la sociedad venezolana. Que alguien llegue al extremo de acabar con el don más preciado que hayamos podido recibir, la vida, y que no haya ninguna reacción de un sistema de justicia que literalmente está en el suelo, es algo que debe llevarnos a una profunda reflexión. En Venezuela la vida no vale nada. Y esa responsabilidad debe asumirla el Ministerio Público, el Poder Judicial, el Poder Ejecutivo que controla a los anteriores y que, además, no cumple con su responsabilidad en materia de prevención y de actuación de los organismos de seguridad bajo su cargo. Simón Bolívar lo dijo claramente: “La corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los Tribunales y de la impunidad de los delitos”.

Nuestra justicia está signada por el retraso, la falta de independencia, la partidización, la inadecuada selección de jueces y fiscales, el nombramiento provisorio de jueces para quienes el concurso es la excepción, la corrupción, la prevaricación. La constitución venezolana expresa claramente cómo debe funcionar, pero todos sabemos que lo que allí está simplemente no se cumple. Tenemos que cambiar el sistema de justicia en Venezuela. Llegó el momento de revisar para transformar hacia la excelencia esa labor de impartir justicia, que para cualquier sociedad es sublime, pero para quienes disponen arbitrariamente del poder en Venezuela no es más que el escudo que los libera temporalmente de su obligación de rendir cuentas a Dios, a su conciencia y a todo un pueblo. Que ningún delito ni falta quede impune en nuestro país. Que tengamos una adecuada selección de jueces y que los trabajadores de la justicia sean reivindicados en su estabilidad y bienestar, que todos podamos acceder a la justicia con la convicción de que podemos confiar en que el juez va a decidir ajustado a derecho. Un país puede tener grandes edificaciones y obras, puede tener mucha prosperidad económica, pero si no tiene justicia, necesita empezar de nuevo.

juanpguanipa@gmail.com|@JuanPGuanipa

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