31 de Marzo de 2018

JOSÉ MANUEL RODRÍGUEZ|Pequeñas equivocaciones

“No es digno de mandar a otros hombres aquel que no es mejor que ellos”.

Ciro el Grande

En esta semana mayor, los venezolanos tenemos mucho que pensar, meditar y reflexionar ante lo que nos está sucediendo. Padecemos en carne propia el suplicio de habernos equivocado buscando el cambio para una sociedad que venía en franca decadencia y que terminó de sucumbir a veinte años de un pésimo gobierno.

Siempre he considerado que llevamos en la sangre una especie de “mesianismo caribeño” que nos incita a perseguir ciegamente al hombre, mas no a lo que realmente ofrece y representa. Esto nos ha cobrado nuestra inmensa inmadurez política como pueblo.

Un gobernante no puede, ni debe, ser un líder carismático que por sus encantadoras palabras o cadencia populachera nos convenza fácilmente con “ese es el tipo, es pueblo y habla como yo”. Un gobernante debe ser un gerente, curtido en las luchas políticas y con experiencia en el desempeño de las funciones que demandará el mandato popular para regir los destinos de la nación y no aquel que nos va a llevar a “cruzar el Jordán”.

Sobrados ejemplos tenemos en la historia reciente, de los cuales pareciera que no hemos aprendimos nada. Es como si al estimular el populismo exacerbado a través de un discurso bufo, vacío, lleno de insultos hacia el adversario y de promesas baratas, nos hicieran sentir tomados en cuenta, cuando en realidad solo es una burla gigantesca a quienes después tendrán que sufrir por los delirios de poder del elegido. Aunado a que sus amigos y familiares más cercanos, una vez ungidos de poder, se olvidaran de todo lo prometido y repartirán migajas o palos sea cual fuere el caso, de forma discrecional, sobre aquellos que inocentemente los eligieron.

La elección de un gobernante aparte de ser un ejercicio serio, debe ser un acto estudiado y de conciencia, un acto ciudadano. Ser gobernante no es un juego de poderes, es una responsabilidad demoledora que define el bienestar y el progreso de toda una nación, razón por la cual tienen que gobernarnos los comprobadamente mejores. Eso depende de nosotros, los ciudadanos quienes elegimos. No podemos por menos entonces asumir “nuestros barrancos”, aceptar la alícuota de culpabilidad y hacer el aporte necesario desde el civismo y total apego a las leyes de la República, para enmendar la equivocación cometida.

Y es que, por un mal gobernante se nos ha ido la vida después de veinte años.

 

Ingeniero|Analista político|@ingjosemanuel

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