10 de Junio de 2018

JOSÉ MANUEL RODRÍGUEZ|Indolencia criminal

No confundas la paciencia, coraje de la virtud, con la estúpida indolencia del que se da por vencido.”

Mariano Aguiló

Es realmente aterrador ver el marasmo al que ha sido arrastrada la sociedad venezolana.

Hemos perdido la capacidad de asombro ante hechos que en condiciones normales, a los ojos de cualquier mortal serían poco menos que abominables.

Vemos con indiferencia la muerte de niños y ancianos por falta de tratamientos médicos, no solo para patologías terminales, sino para dolencias fácilmente tratables en la emergencia de un hospital, como un ataque de asma, por no contar los médicos tratantes con los recursos más elementales para tratarlos. Los hospitales venezolanos se han convertido en antesalas de la morgue.

Gente muriendo de inanición, niños desnutridos, padres y madres desesperados por no poder darle de comer a sus hijos ya ni siquiera por la escasez, sino por una hiperinflación que no les permite adquirir el pan nuestro de cada día.

Aquellas cifras alarmantes que ponían en vilo a la población y que daban cuenta de la violencia callejera que la delincuencia ha impuesto como única ley, dejaron de asombrarnos, hay cosas más importantes de que ocuparse. Ya las muertes de ciudadanos a manos del hampa no es noticia.

Estados completos víctimas de racionamientos inclementes de servicios tan básicos como la luz y el agua, se han venido convirtiendo en un modo de vida. La costumbre termina por imponer su macabra rutina a un pueblo que sin alternativas a la vista, decide doblegar su voluntad o emigrar de forma desesperada hacia un futuro incierto en países desconocidos. Nos estamos acostumbrando a estar jodidos.

Los testimonios de los presos políticos recientemente liberados son desgarradores, dignos de una película de terror de Stephen King. Tortura psicológica, física. Métodos brutales para inducir el miedo y el silencio.

Nos hemos convertido en una sociedad donde el sufrimiento y la necesidad de uno se convierten en la oportunidad y el beneficio del otro. Se ha creado un sub mundo en donde la miseria, la enfermedad y el hambre se han convertido en un negocio, campea a sus anchas el espíritu insaciable del lucro personal por sobre la condición humana. La especulación, el trapicheo y el mercado negro se hicieron cosa de todos los días.

Todo esto pasa ante la mirada indiferente de una clase gobernante que se llama humanista y obrerista y que habla de beneficiar y defender al pueblo, olvidándose de que pueblo son más de 30 millones de venezolanos que padecen día tras día su obcecada e infinita hambre de poder.

La crisis venezolana, incluida la moral, ha rebasado a la clase política. Un gobierno incapaz de forma voluntaria o no, indiferente a lo que está sucediendo y factores “opositores” a la oposición que en su afán de perseguir y repartirse un poder que aún les está lejano no permiten llegar a acuerdos que definan una estrategia única, con un camino único y un fin unitario que nos permita enrumbar el país hacia un cambio imperantemente necesario. Estoy seguro que muchos de esos líderes políticos, todos los del gobierno y algunos de la oposición no saben cuánto cuesta un kilo de arroz o un pollo, ni tan siquiera un medicamento o han tenido en su vida que hacer una cola para cobrar una pensión de vejez. El sufrimiento ajeno no es importante, en aras del beneficio propio.

El bienestar de una sociedad es el fin primigenio de sus actores. No permitamos que la indolencia y la indiferencia sigan consumiendo lo poco que va quedando de nuestra amada Venezuela. Las sociedades sanas se basan en el ejercicio pleno de la ciudadanía, cumpliendo con los deberes y reclamando los derechos.

Ciudadanos somos todos, así que la responsabilidad de recuperar a Venezuela, también es de todos.

 

Analista|Consultor político|@joserodriguezasesor

josemnrbconsultor@gmail.com

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