10 de octubre de 2018

EFRAÍN RINCÓN|Voto castigo

En una democracia con elecciones libres y competitivas, el voto es un arma poderosa de los ciudadanos, es una fuerza capaz de cambiar el destino de  la nación. Ciertamente, los comicios son un evento muy importante porque eligen gobiernos federales, regionales o municipales, así como los miembros de los órganos legislativos de la comunidad política. Está claro que en la medida que las sociedades poseen altos niveles de ciudadanía, existe mayor probabilidad de elegir buenos gobiernos o, por lo menos, detener institucionalmente la marcha de administraciones que se constituyen en peligro o amenaza para la sociedad en general.

En tal sentido, los ciudadanos usan el voto para premiar a los buenos gobiernos permitiendo su reelección o, por el contrario, castigan a los malos gobernantes que actúan en detrimento de los intereses de la sociedad. En los sistemas democráticos, el voto es el mecanismo idóneo para cambiar a aquellos regímenes que por su incapacidad son ilegítimos por desempeño. Los electores siempre actúan movidos por las emociones; votan con el “corazón” por lealtad y gratitud hacia su opción de preferencia; votan con el “estómago” para recibir del gobierno los beneficios que permitan paliar sus carencias; o, votan con el “hígado” (rabia, indignación) para castigar a los culpables de sus desgracias. A este último, se le conoce como voto castigo, bastante utilizado en América Latina a causa del desenamoramiento de los electores con dirigentes y partidos políticos corruptos, ineficientes y estafadores de la buena fe de los ciudadanos.

Sobran los ejemplos que ilustran esa realidad. Los argentinos castigaron la corrupción y los abusos de poder del clan de los Kirchner; los colombianos le propinaron una lección a Santos y a sus aliados guerrilleros impidiendo que, por ahora, el comunismo llegue a Colombia; los mexicanos votaron contra la corrupción y la delincuencia institucional encarnada por el PRI y el presidente Peña Nieto. Y, el pasado domingo 7 de octubre, los brasileños le cobraron al Partido de los Trabajadores (PT), a Lula Da Silva y a Dilma Rousseff, todo el entramado de corrupción que en los últimos años protagonizó Brasil con la anuencia y participación de la alta dirigencia del PT. El voto castigo se encargó de defenestrar al populismo de izquierda de los Kirchner y de Lula, la impunidad del PRI  y las aspiraciones comunistas de Petro, evitando de esta manera un “mal mayor” para esas naciones de la región.

Sin embargo, las consecuencias del voto castigo no siempre son favorables para la sociedad en el mediano y largo plazo. Ocurre con frecuencia que después que pasa la emoción de haber castigado a los victimarios, el remedio resulta peor que la enfermedad. De eso sabemos bastante en Venezuela. En 1998, la mayoría de los venezolanos votó para castigar el bipartidismo adeco-copeyano, eligiendo a un “mesías” y “salvador de la patria” llamado Hugo Chávez Frías. Votaron para liquidar el pasado inmundo y corrupto de los políticos de siempre; votaron por un político nuevo e impoluto; un hombre que liberaría al país de la pobreza y la corrupción; un súper héroe que traería orden, progreso y justicia. ¡Y qué vaina nos echamos! Hemos pagado con lágrimas, sudor y sangre la llegada al poder de la peor mafia que nunca antes tuvimos. Una pandilla de delincuentes que saquearon al país y destruyeron todo vestigio de honestidad, decencia y moral en la política. La corrupción que juraron acabar, es ahora la marca que los identifica, con fortunas tan cuantiosas que dejan abrumado a cualquier multimillonario que ha trabajo con tesón su riqueza.

El voto castigo se apropió de la decisión de millones de brasileños para cambiar el rumbo de ese país. Muy probablemente, Jair Bolsonaro se convertirá en el próximo presidente del Brasil, después de haber ganado en la primera vuelta con el 46.6% de los votos, muy cerca del porcentaje (más del 50%) establecido para ganar la presidencia el pasado 7 de octubre. A Bolsonaro se le conoce como un político ultraderechista, admirador de la dictadura brasileña y por sus declaraciones de tinte machista, racista y homofóbica, opuesto a la corrupción protagonizada por Lula y el PT que desmejoró substancialmente la calidad de vida de los brasileños. De acuerdo a la voluntad mayoritaria del país, Bolsonaro representa el cambio y la esperanza que no pudo proyectar Fernando Haddad del PT, quien obtuvo apenas el 28.46% de los votos.

Los retos que debemos enfrentar los latinoamericanos son enormes. El enamoramiento de los ciudadanos con la democracia, el respeto a los derechos humanos, el ejercicio de gobiernos más eficientes y transparentes, la eliminación del populismo de izquierda o de derecha, el rescate de la racionalidad y el sentido común en la política, el acompañamiento a la población a través de programas efectivos de emprendimiento social y económico, la creación y consolidación de una ciudadanía más responsable y comprometida; en fin, necesitamos replantearnos la política más allá del maniqueísmo estéril y los dogmas que impiden ver con absoluta claridad que lo realmente importante es la libertad y la democracia al servicio de mejores ciudadanos.

No es fácil superar los graves problemas que aquejan a América Latina, mucho más complicado en el caso venezolano en el que nos corresponde empezar de nuevo, reconstruir una sociedad de las cenizas que el populismo comunistoide plantó en nuestra tierra y en el alma de millones de venezolanos. Para eso necesitamos unidad, racionalidad e inteligencia para vencer la oscuridad y la pobreza con la que el socialismo del siglo XXI tiñó de rojo el presente y futuro de Venezuela.

Hago votos porque el castigo que los brasileños le propinaron a la corrupción e impunidad, sea el inicio de un cambio cuya luz irradie a Venezuela y a todas las naciones de la región latinoamericana.

 

@EfrainRincon17|Profesor Titular Emeritus de LUZ

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