26 de Septiembre de 2018

ALEXIS ANDARCIA|La risa del régimen

“Reírse parece que es bueno”.

Recuerdo a Pedro Saborido.

Estoy frente a la tv, pasando los canales. Me detuve ante la risa del auditorio que tenía a Nicolás Maduro de “orador”. Me detuvo la risa ¿De qué se reirán? Me pregunté. Resultó ser de cualquier cosa. En resumen,  de disfrutar el poder.

Ver ese auditorio de risas y aplausos,  me llevó a mis asuntos; luego, a mi familia y amigos; más allá, a la calle de las colas en las estaciones de gasolina y los bancos, los comederos de basura…

Hay mucha literatura, buena y mala, sobre nuestra propensión a la risa y el humor; en el caso de los zulianos, especialmente el maracucho, hacer chiste de la desgracia. Sin embargo,  tengo la percepción de que eso ha cambiado y, hoy, no es tan cotidiana como en otros tiempos. La risa no está en la calle; por el contrario,  prevalece el mal humor, la dureza.

Es bien conocido que la risa es una respuesta condicionada por variables como la circunstancia,  la oportunidad, la educación  y la cultura, el estado de ánimo. En síntesis,  depende de quien recibe el estímulo. De allí que, por simple deducción,  ese auditorio tenía razones para reír.

Esto lo pensé, un poco después, para responderme a mi impulsivo “¡De qué se reirán estos malditos!”. Pues, naturalmente, existe una clara sumisión de quien se ríe ante quien hace reír; máxime, cuando se trata de un auditorio subordinado por relaciones de poder.

No es fácil reír en estos tiempos; diría que se ha vuelto exclusivo. Mis admirados humoristas venezolanos la tienen difícil; aun cuando, siempre habrá razones para reír, las variables juegan en contra; digamos, para no ser determinista, que escasean auditorios. Después de todo, la risa suele hacer bien, pero también es dañina.

Hay risas que causan terror y espanto, como aquella del militar nazi, en la película Bastardos sin gloria, interpretado por Christofer Waltz. La de los sicópatas. Aun, guardando distancias y diferencias, la de los niños a cierta edad, cuando no han establecido sus contenedores.

En fin, que reírse y provocar risa, es tan serio como extraordinario, responsable y de consecuencias. La implícita evasión que le da contenido, suele no ser siempre bien recibida. Por lo general, la prepotencia del poder,  obvia esta característica.

Puede que Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Padrino López y compañía,  hayan sucumbido a la evasión; al punto de hacerla “real”. Puede que interpreten ese auditorio como el paradigma del ejercicio político; incluso, como país.

También,  puede que yo haya perdido capacidad de reír…

No obstante, desde aquellas salidas llaneras de Herrera Campins, pasando por los narcisistas monólogos de Chavez, nunca como en estos tiempos,  había costado tanto reír. Sólo imaginen, qué será de la risa de quienes aplaudieron ¡exprópiese!

En teatro se dice que una de las cosas más difíciles de la actuación es hacer reír. Lograrlo, no sólo depende de la buena interpretación actoral o del libreto, en gran parte, del público y su circunstancia. Existe una amarrada relación entre risa y bienestar. No por casualidad, el espectáculo florece en las sociedades de mayor y mejor calidad de vida.

¿De qué se ríen los del régimen?

Razones tendrán. Además,  es gratis. Solemos reírnos de la muerte, aun cuando no la hemos vencido y nos espera; sin embargo, es una interesante evasión.

 

Periodista

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